La lucha por la expresión, de Fidelino de Figueiredo (II de II)

Este libro del crítico portugués (Lisboa, 1888-1967) no solo es un tratado de crítica literaria, sino también un rápido y ameno prontuario de las grandes teorías sobre el origen del hombre, su evolución como especie animal y sus principales inventos.

Ángel Trejo

2020-10-18
Ciudad de México

Las guerras son más cruentas entre quienes hablan una misma lengua.

Este libro del crítico portugués (Lisboa, 1888-1967) no solo es un tratado de crítica literaria, sino también un rápido y ameno prontuario de las grandes teorías sobre el origen del hombre, su evolución como especie animal y sus principales inventos, entre ellas el lenguaje, la palabra, la literatura, etc. Entre sus fuentes más connotadas está el antropólogo estadounidense Lewis Morgan (Nueva York, 1818-1881), de quien recoge el postulado de que el lenguaje fue, tal vez, la primera invención del hombre, a la que siguieron otras no menos importantes, como el uso de la piedra y el palo como armas, y el descubrimiento del fuego.

Los ensayos De Figueiredo incluyen una exploración de las hipótesis más comunes sobre el origen del lenguaje, entre las cuales destaca que un don innato surgió en la imitación de los sonidos provenientes de la naturaleza (onomatopeya) y del impacto sonoro del trabajo, del que también habría derivado el crecimiento de su cerebro. El lenguaje, insiste, ha sido vital para el desarrollo biológico, comunitario, económico, cultural y político del hombre y también, desde luego, para sus eventuales pasiones destructivas contra su misma especie y el entorno natural. Con la finalidad de ofrecer una muestra de su escritura, se reproduce textualmente lo expuesto sobre la importancia de la palabra en el desarrollo de la humanidad. 

“La palabra es factor de unificación de algunos y factor de separación de muchos; porque esa palabra tiene que ser carne de nuestra carne, palabra bebida con la leche materna, empapada en sangre de nuestras experiencias dolorosas, palabra oída en torno al umbral de nuestra puerta, palabra que nos dice que somos diferentes de la turbamulta que pulula sobre la Tierra y que nos afilia a un clan, a una casta, a una clase, a una patria, palabra de esencia unificadora, porque nos clasifica y aisladora porque nos caracteriza. Solo las largas ausencias de la patria nos hacen sentir lo que el idioma significa para definición moral; al oír, al regreso, la propia lengua, hablada con su peculiar espíritu y las sutilezas de sus inflexiones melódicas, tenemos la sensación del músico, por largo tiempo desterrado de su instrumento familiar, el pianista que vuelve al piano, el violinista que vuelve al violín”.

“Hasta para hacer más destructora la guerra es la lengua instrumento indispensable. Las guerras más enconadas son las guerras civiles. Las guerras entre los que hablan la misma lengua y que por eso se conocen bien, en su fuerza, en su debilidad y en todos sus designios. La exacerbación de la guerra actual viene de su aspecto civil; y es la explosión universal de una lucha interna en cada país, entre los que hablan la misma lengua con espíritus contrarios. Por eso cada uno de los grandes beligerantes posee sus aliados y cómplices en todos los países. La intimidad fraternal tanto lleva al amor como al odio. Los odios más virulentos son, precisamente, los de los oficiales del mismo oficio, los que hablan la misma jerga profesional y no pueden ocultar o disfrazar nada al adversario: literatuelos, profesorcillos, burócratas…”.