Covid-19 y desigualdad

La pandemia generará mayor desigualdad y durará más de lo previsto.

Arturo Coronado

2020-10-18
Ciudad de México

Es sabido que las personas con mayores ingresos gozan de mejor salud porque poseen bienes y servicios que les permiten acceder a ella. Eso fue demostrado hace unas semanas por estudios estadísticos de la Secretaría de Salud (SS) y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en los que se comprobó que el 71 por ciento de los fallecidos por Covid-19 tenía como escolaridad máxima la primaria o ningún grado de estudios; el 84 por ciento eran amas de casa, jubilados, empleados del sector público, conductores y profesionales no ocupados y el 46 por ciento desempeñaba una actividad no remunerada. En contraste, solo el tres por ciento de las defunciones habían ocurrido en hospitales o unidades médicas privadas. Es decir, la mayoría de los pacientes de Covid-19 han muerto por no contar con buena atención médica, lo cual evidencia que la desigualdad está provocando también la tragedia.

Por si esto fuera poco, como lo advertimos en una colaboración pasada, la pandemia generará mayor desigualdad y durará más de lo previsto, según estimaciones de autoridades globales como el gerente general del Banco de Pagos Internacionales (BPI), Agustín Carstens, quien además previó más bancarrotas empresariales y “una reasignación ineludible de recursos”. En otras palabras, los ricos serán más ricos y los pobres más pobres. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) estima que el próximo año, la pandemia agregará 96 millones de personas en situación de pobreza extrema, mientras que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que a estas alturas, el 72 por ciento de los trabajadores domésticos habrán perdido su empleo.

¿Cómo revertir esta tendencia? Diversos estudios afirman que existe correlación entre la inversión en el sector salud y el crecimiento económico: a mayores recursos en este rubro, más generación de riqueza. Esto es lógico si consideramos que dicha inversión está dirigida al desarrollo del “insumo” principal de la producción: los trabajadores. Cuando la población de un país es más sana y vigorosa, resiste mejor las enfermedades, a diferencia de lo que ocurre hoy en México, donde mueren 11 de cada 100 personas contagiadas por el Covid-19, cifra que nos ubica como el país con mayor letalidad en el mundo por este padecimiento. Por ello, una mayor inversión en salud nos habría evitado muchos contagios y muertos y, en el largo plazo, nos volvería más productivos, habría mayor riqueza y aun la posibilidad de repartir ésta entre quienes la producen, que mejorarían su calidad de vida y mitigarían la brecha que hay entre ricos y pobres.

Pero en nuestro país vamos exactamente en sentido opuesto a esta lógica. De enero a mayo, en plena pandemia, el Sector Salud sufrió un recorte presupuestal de mil 884 millones de pesos y en el análisis del Presupuesto de Egresos de la Federación (PEF) de 2021, se anunció que el gasto corriente de todo el aparato gubernamental sería recortado en 75 por ciento respecto al de este año. Esto impactará, por supuesto, en las inversiones relacionadas con la adquisición de medicamentos y suministros de laboratorio, arrendamiento de equipos médicos y, en general, con la operación de instituciones sanitarias clave, como los institutos Mexicano del Seguro Social (IMSS) y de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE). Las consecuencias de esta política ya están a la vista: más de 800 mil contagios, más de 83 mil muertes, hospitales “colapsados” y un pésimo control de la reapertura económica, que seguramente provocará un rebrote de la pandemia (según una encuesta del diario El Financiero, el 80 por ciento de los entrevistados considera que habrá un repunte en el número de contagios) lo que, como ya vimos, derivará en mayor desigualdad en la, de por sí muy desigual, sociedad mexicana.

¿Cómo podremos salir de esta crisis?  Eligiendo a un gobierno que tome en serio el impulso a la salud, que propicie el crecimiento económico y que, en suma, permita a los mexicanos contar con las condiciones adecuadas para un desarrollo humano digno. Todo esto solo ocurrirá cuando el pueblo mismo sea el que tenga el poder en sus manos y no espere a que venga un Mesías, a resolver los problemas que nos aquejan desde hace tiempo.