Bolivia, elecciones y lecciones

Las expectativas de éxito para la izquierda de Bolivia no son optimistas porque hay pruebas de que la derecha, apoyada por la Organización de Estados Americanos (OEA), la Unión Europea (UE) y Estados Unidos (EE. UU.).

Luis Antonio Rodríguez

2020-10-11
Ciudad de México

El próximo 18 de octubre, después de casi un año de convulsión social y política derivada de la renuncia forzada del ahora expresidente de Bolivia, Evo Morales Ayma, y de su vicepresidente, Álvaro García Linera, habrá elecciones presidenciales en ese país. Según los sondeos, el candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), Luis Arce se impondría al también opositor Carlos Mesa, al ultraderechista Luis Fernando Camacho (uno de los artífices del golpe de Estado) y a otros candidatos menos representativos, aunque no le alcanzaría para ganar en la primera vuelta, pues necesita más del 40 por ciento y tener más de 10 puntos porcentuales de diferencia sobre el segundo lugar o superar el 50 por ciento de la votación. El escenario se complicó hace unos días para el MAS, cuando la presidenta de facto Jeanine Añez, quien se desplomó en las encuestas, renunció a su candidatura presidencial para no atomizar el voto de la derecha, frenar la posible victoria del partido de Evo Morales en la primera vuelta y ofrecer claras posibilidades de triunfo a las fuerzas conservadoras, particularmente al candidato de Comunidad Ciudadana, Carlos Mesa.

Las expectativas de éxito para la izquierda de Bolivia no son optimistas porque hay pruebas de que la derecha, apoyada por la Organización de Estados Americanos (OEA), la Unión Europea (UE) y Estados Unidos (EE. UU.), está haciendo todo lo posible para detener el hipotético triunfo de Luis Arce y su compañero de fórmula, el excanciller David Choquehuanca. Luis Almagro, secretario de la OEA, que pasará a la historia como uno de los más grandes testaferros del establishment latinoamericano, difundió un mensaje en las redes sociales, donde revela que se reunió con Arturo Murillo, ministro de Gobierno del régimen de facto, quien le transmitió su preocupación sobre un fraude en las elecciones de este mes y que el organismo continental fortalecerá su “misión electoral” para asegurar la voluntad del pueblo, esto será a pesar de que el Tribunal Electoral Nacional (TEN) y los tribunales departamentales fueron renovados en su totalidad por los golpistas.

Sin embargo, el abanderado del MAS también alertó que se está gestando un fraude para hacer ganar al candidato Carlos Mesa. Asimismo, el masista escribió en las redes sociales que sus caravanas de apoyo han sido objeto de agresiones en el departamento de Santa Cruz, donde habita la derecha boliviana más rancia. El gobierno de Añez y las fuerzas conservadoras están acusando también al MAS de proyectar una campaña violenta después de las elecciones, si los resultados no les son favorables, intentando adelantarse a una probable lucha de defensa del voto de la izquierda. Pero eso no es todo: el actual régimen está buscando la posibilidad de que el Tribunal Constitucional Plurinacional suspenda la personalidad jurídica del MAS después del 18 de octubre para arrebatar el control del poder al partido de Evo Morales, en el supuesto de que gane las elecciones.

Un eventual regreso del MAS al poder no es fácil, porque las fuerzas que recurrieron a la violencia, descalificaron las elecciones del año pasado y finalmente lograron conformar un golpe de Estado no cederán el poder sin oponer resistencia; ya que ellos y sus poderosos aliados internacionales saben lo que está en juego. Bolivia posee la mayor reserva mundial de litio, mineral básico para varias ramas industriales, entre ellas las que fabrican automóviles eléctricos y teléfonos celulares; es el principal exportador de gas licuado de petróleo (GLP) en Sudamérica e importante productor de estaño en el mundo. Para las clases poseedoras del continente, estos recursos naturales no deben estar en manos de un gobierno progresista como el de Evo Morales, cuyo mal ejemplo podría irradiar hacia el resto de Latinoamérica con base en sus resultados: tasas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) alrededor del cinco por ciento anual; disminución drástica en el nivel de pobreza, que pasó del 31.2 al 16.2 por ciento; el índice de Gini bajó del 0.59 al 0.43 por ciento (entre más cerca del cero, mayor distribución equitativa), lo mismo que la tasa de analfabetismo: del 13.28 a 5.09 por ciento y niveles de inflación moderados. Es decir, el modelo de crecimiento económico con redistribución logrado por Morales, reconocido hasta por los economistas más alineados con la ortodoxia del pensamiento económico, no debe ser reciclado por otros países porque lo encabezaba un indígena sostenido por “el pobrerío” y no un líder santificado por las fuerzas históricas y hegemónicas de siempre.

De cualquier forma, aunque se configure la derrota de Luis Arce, exministro de Economía de Morales y cerebro detrás del milagro económico boliviano, ésta dejará enseñanzas para las fuerzas progresistas de América Latina y del mundo; la más importante de todas es que no es suficiente el crecimiento económico y el mejoramiento de las condiciones de vida de las clases populares y medias para garantizar su politización y mantener el poder en manos de las fuerzas populares, sobre todo cuando la lucha se da todavía en el marco de una democracia liberal, pues se requiere la organización, concientización y movilización permanentes de las masas.