Crisis entre Armenia y Azerbaiyán puede escalar a México

La disputa entre Armenia y Azerbaiyán se “reeditaˮ hoy, con los auspicios de Occidente, que busca abrir un nuevo foco de tensión contra Rusia e Irán. Simultáneamente, surgen nuevos intereses en ese problema que ya alcanzó un siglo.

Nydia Egremy

2020-10-11
Ciudad de México

La soberanía del enclave armenio de Nagorno-Karabaj representa un conflicto enquistado en el Cáucaso sur que, como toda disputa territorial, se originó por el abusivo reparto colonial europeo. La disputa entre Armenia y Azerbaiyán se “reeditaˮ hoy, con los auspicios de Occidente, que busca abrir un nuevo foco de tensión contra Rusia e Irán. Simultáneamente, surgen nuevos intereses en ese problema que ya alcanzó un siglo.

La violencia resurgió el 27 de septiembre y ha exhibido una dimensión geopolítica, estratégica, étnica, histórica y religiosa del conflicto que ya ocasionó reacomodos regionales e internacionales. Un primer recuento de daños registra 240 muertes –muchos civiles– e incontables heridos. México, a más de 12 mil 500 kilómetros de distancia de ese campo de batalla, sufrió en 2013 un coletazo de esa pugna bilateral que no debe repetirse.

A una semana de que la violencia resurgiera entre Armenia, Azerbaiyán y fuerzas extranjeras, los combates se extienden más allá de la zona separatista. El análisis geopolítico evidencia que están en juego el control del Cáucaso sur y el mar Caspio, los recursos del enclave y la riqueza energética de Azerbaiyán.

El campo de batalla está en el Cáucaso sur, llamado por geoestrategas: “la venganza de la geografía”, pues históricamente, su posición y ricos recursos han generado dinámicas de confrontación que se agudizaron a principios del Siglo XX, cuando se descubrió petróleo en tierra azerí.

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El académico y geopolitólogo mexicano, doctorado por la Universidad Lomonosov de Moscú, describe para buzos las posiciones que desempeñan los actores en el tablero estratégico de Nagorno Karabaj.

“Una vez más, Armenia recibe el apoyo de Rusia y Azerbaiyán –que inició la guerra–; recibe el de Turquía, Europa y EE. UU., que se enfrentan en el terreno militar por el control de la estratégica Nagorno–Karabaj y así desafían a Rusia. Ésta es la tercera guerra entre dos estados exsocialistas soviéticos.

“Por existir ese frente de batalla en su territorio, Azerbaiyán no puede ingresar a la Unión Europea ni a la OTAN. Y aunque es un Estado practicante del Islam, es muy atractivo para Occidente por sus recursos, como el petróleo, y por el hecho de quehace tiempo Europa fracasara en su intento de sacarlo de Asia Central a través de territorio azerí y no por el ruso.

“Occidente perdió en Chechenia, en Moldova, Georgia, Ucrania y Siria. En contraste, Rusia se sobrepuso a la Perestroika, venció a la OTAN en las guerras que ocurrieron en esas naciones. ¡De nuevo, allá ellos!”.

Escenarios a corto plazo

Azerbaiyán sería la afectada, pues si los rusos entraran en combate a favor de los armenios, los aliados de Moscú extenderían más su territorio. Eso ocurrió en Georgia y en Ucrania. Ésa es la estrategia rusa que siguen desde la Segunda Guerra Mundial, cuando el general Mijail Kutuzov dejó avanzar a los franceses, mientras los alemanes llegaban a Moscú y luego los persiguieron a su regreso. Ésta sería la cuarta vez que triunfaría Rusia.

Las montañas caucásicas son un sitio de coincidencia, choque de civilizaciones y culturas. Sus múltiples etnias hablan casi 40 idiomas y se practican diversas religiones con variantes, por lo que el politólogo polaco-estadounidense Zbigniew Brzezinski llamó “Balcanes caucásicos” a Armenia, Azerbaiyán y Georgia, entidades de esa estratégica región.

“Esa disputa no es un conflicto congelado, sino una amenaza persistente a la estabilidad de la región y más allá, porque ninguna parte acepta el status quo”, escribió Carey Cavanaugh, profesor de solución de conflictos de la Universidad de Kentucky. Hoy ningún bando pretende volver al estadio anterior ni regresar sus fuerzas armadas a las posiciones anteriores.

Juego de intereses

El conflicto por el enclave armenio de Nagorno-Karabaj trasciende su diversidad étnica, y este nuevo choque armado entre armenios y azeríes aumenta la probabilidad de que esa dinámica violenta implique a otros actores y añada más complejidad y peligro a la situación.

Estados Unidos (EE. UU.) y Rusia tienen intereses geopolíticos, energéticos y geográficos en el Cáucaso y el conflicto de Nagorno-Karabaj, por lo que han intervenido directa o indirectamente. Para Washington y Moscú, el diferendo por la soberanía del enclave implica riesgos para su seguridad en la región, principalmente energética.

Por ello, no es casual que los choques y treguas entre Armenia y Azerbaiyán coincidan con acciones que favorecen esos intereses, principalmente los de Occidente. Es significativo que el 27 de septiembre, cuando revivió la violencia en la región, Rusia realizaba las maniobras Cáucaso-2020. Participaron 80 mil tropas –mil de ellas foráneas– en el campo de entrenamiento Kapustin Yar, a orillas del mar Caspio. A la par, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) celebró sus juegos de guerra en el sur de Ucrania con aviación británica y estadounidense.

Otro hecho significativo ocurrió en 1994, con el denominado Contrato del Siglo entre Azerbaiyán y petroleras de EE. UU., Japón, Reino Unido, para explotar petróleo del mar Caspio. La rivalidad entre los socios del pacto estalló cuando EE. UU. apoyó la construcción de dos yacimientos azeríes para exportar crudo a Europa –vía Georgia y Turquía– urgida por reducir su dependencia energética de Rusia e Irán.

PARTES EN CONFLICTO

El actual repunte de hostilidades obedecería al interés nacionalista tanto del presidente azerí, Ilham Aliyev, como del armenio, Armén Sarkissian, si domina la cohesión interna y así evitar el auge de la oposición, que les reprocha los efectos negativos de la crisis económica en sus respectivos países.

Para EE. UU. y gran parte de la Unión Europea (UE), ambos son dictadores nacionalistas, aunque no tienen reparos en proporcionarles armas, de modo que en solo cuatro años se rearmaron exponencialmente.

El enclave armenio de Nagorno-Karabaj representa un campo de batalla. Sus casi 150 mil habitantes –en su mayoría armenios cristianos– se concentran en la capital, Stepanakert, y el resto se distribuye en 11 mil 458 kilómetros cuadrados (casi la extensión de Querétaro, una entidad mexicana). Oficialmente es parte de Azerbaiyán, de confesión musulmana y con una mayoría étnica de origen turco, donde también habitan cristianos ortodoxos.

 En esa zona del Caúcaso se ubican Armenia, Azerbaiyán y Georgia, Estados históricamente jóvenes que pertenecieron a los imperios ruso y otomano y luego a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) que las absorbió al final de la Primera Guerra Mundial y logró que coexistieran hasta finales de los años 80, explica el analista político Álvaro Cordero.

Cuando la URSS colapsó, afloraron los nacionalismos. Entre 1988 y 1994 Armenia y Azerbaiyán se enfrentaron con formas de aniquilación y combate casi medievales que dejaron unos 30 mil muertos –la mayoría azeríes– y que Occidente minimizó como disputa étnica y religiosa.

Más tarde, Azerbaiyán rechazó el referéndum donde el 90 por ciento de habitantes de Nagorno Karabaj votó por adherirse a Armenia. Los armenios lograron ocupar el enclave y una zona circundante (línea de contacto) y en 2007 se pactó el retiro de esas tropas a cambio del autogobierno. Nada se cumplió y hoy, en esa franja, de nuevo se libran combates, pero con un arsenal más sofisticado: drones, tanques, artillería, aviación y sistemas de misiles.

En el conflicto de Nagorno-Karabaj parece bizarro el rol estadounidense. La poderosa diáspora armenia que lidera el Comité Nacional Armenio de Estados Unidos (ANCA), actúa como lobby e intentó persuadir a Barack Obama para que rechazara los acuerdos de Madrid –que obligaban a Erevan a salir de la zona aledaña al enclave– por estimar que eran “antidemocráticos”.

 En 2016, horas después de que el entonces vicepresidente, Joe Biden, recibiera por separado a los presidentes de Armenia, Serzh Sargsián, e Ilham Aliev de Azerbaiyán, se reanudaban los combates en el Cáucaso. Entonces volvió a mediar el Grupo de Minsk de la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea, que lideran EE. UU., Rusia y Francia.

GUERRA PERMANENTE

1915.  Genocidio de Turquía contra más de un millón de armenios.

1919.  Tras derrotar a los otomanos, los británicos ponen a Nagorno-Karabaj bajo mandato del líder azerí Khosron bey Sultanov.

1923.  La URSS crea el Óblast Autónomo del Alto Karabaj en Azerbaiyán, con mayoría armenio-cristiana.

1985-88.  Tras las reformas de Mijail Gorbachov, el enclave pide su autonomía y la mayoría armenia vota por independizarse.

1991.  En reacción a la negativa azerí por dar la autonomía al enclave, el 99.8 por ciento de los pobladores vota por crear la República Independiente de Artsaj.

1992-94.  Estalla la violencia. Mueren 171 azeríes en la Masacre de Joyali.

2002.  Armenia toma la ciudad azerí de Shushá.

2010.  Azerbaiyán se rearma y surgen las escaramuzas.

2016.  Guerra de los Cuatro Días entre ambos Estados.

2017.  Alto Karabaj se proclama República de Artsaj.

2018 (mayo).  Luego de tres semanas de protestas en Armenia, los sectores medios derrocan al gobierno.

2018 (octubre). El asesor de seguridad de EE. UU., John Bolton, visita Armenia y esboza la posibilidad de negociar la paz con Azerbaiyán; también discute la venta de equipos militares.

2020 (julio).  Roces entre las partes.

2020 (28 de septiembre). Azerbaiyán anuncia movilización parcial y Armenia decreta estado de guerra.

29 de septiembre. Vladimir Putin y el premier armenio acuerdan suspender las hostilidades. El vocero del Kremlin, Dmitri Peskov, pide a Turquía evitar declaraciones provocadoras. Rusia, Francia y EE. UU. exigen fin a los combates.

1º de octubre. Armenia retira a su embajador en Israel por suministrar armas a Azerbaiyán.

Al fracasar, el grupo confirmó su “enorme capacidad de frustrar la carrera de cualquier diplomático que ahí labore, porque nunca consigue avances”, ironizó entonces el analista catalán Félix Flores.

Bajo el prisma geopolítico la rivalidad entre Erevan (capital armenia) y Bakú (capital azerí), EE. UU. necesita debilitar la influencia rusa sobre ambos actores; pero la región es tan frágil, que un quiebre en el equilibrio aumentaría el riesgo de un estallido incontrolable, que pondría en peligro los valiosos ductos de hidrocarburos. Y el gobierno de Donald Trump no está dispuesto a arriesgarse.

El diferendo permite a Rusia mantener su fuerte influencia sobre Armenia y Azerbaiyán. Es el garante clave de la seguridad de Armenia mediante acuerdos bilaterales y multilaterales y mantiene una base en Gyumri; también expande su cooperación militar con Azerbaiyán para impedir que salga de su órbita geopolítica.

Turquía apoya a Azerbaiyán con armas y un bloqueo económico sobre Armenia. En la actual confrontación, actúa como miembro de la OTAN y desafía la hegemonía regional de Rusia y su rol histórico en el conflicto. Algo es claro en este momento: ni el presidente ruso Vladimir Putin ni su homólogo turco Yasip Erdogan ven conveniente una escalada bélica entre las regiones beligerantes.

MÉXICO, ¿DAÑO COLATERAL?

México estableció relaciones con Armenia en 1992. Su primer ministro acudió a la Conferencia del Consenso de Monterrey; el canciller Eduard Nalbandyan rechazó el reconocimiento del Senado de México en 2011 a la llamada Masacre de Joyali, donde murieron 161 civiles azeríes. En esa ocasión, también se criticó la aceptación del gobierno mexicano a instalar la estatua del expresidente de Azerbaiyán, Heydar Aliyev, en Paseo de la Reforma. La presión armenia, unida a la de las organizaciones sociales y vecinos de la delegación Miguel Hidalgo, logró que se eliminara esa estatua. Diputados del Grupo de Amistad con ese país visitaron Nagorno Karabah, lo que creó una crisis con Azerbaiyán.

México reconoció la independencia de Azerbaiyán en diciembre de 1991 y un mes después estableció relaciones. Ereván abrió su embajada en nuestro país en 2007 y México en 2014. El problema por el rechazo a la estatua de Aliyev ocasionó que el gobierno azerí retuviera 3.8 mil millones de dólares en inversiones para la refinería de Tula y la restauración de la Plaza de Tlaxcoaque, entre otros proyectos, según medios mexicanos. Para el gobierno de la Ciudad de México, ésta era la mayor inversión proveniente del exterior en materia de recuperación de espacios públicos. El embajador azerí Ilgar Yousif Mukhtarov aseguró que Aliyev no fue un dictador, sino que abolió la pena de muerte e impulsó políticas favorables a la economía nacional. En 2018, el canciller azerí Elman Mammadyarov asistió a la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador. No hay registro de la presencia de su homólogo armenio.

Por su parte, la República Islámica de Irán, que comparte frontera con ambos Estados y aloja a comunidades azeríes y armenias, siempre ha llamado a la negociación y al diálogo. Teherán mantiene un delicado balance de consideraciones políticas, históricas y étnicas en ese conflicto.

En las renovadas hostilidades de este otoño, Teherán aseguró que reconoce la integridad territorial de Azerbaiyán; también conversó con el primer ministro de Armenia, Nikol Pashynian, para invitarlo a resolver la crisis mediante leyes internacionales y un discurso político.