“¿Cómo estudiaban Marx, Engels y Lenin?” de M. Glasser

La causa principal de la exigencia consigo mismos radicaba en la tarea que se impusieron como objetivo de su vida y para la cual trabajaron conscientemente desde su juventud.

Editorial Esténtor

2020-10-03
Ciudad de México

"En la ciencia no existen caminos fáciles y sólo puede triunfar y conquistar sus cimas luminosas el que no se arredra ni se cansa de trepar por sus senderos pedregosos”: Carlos Marx.

Todos aquellos que hemos tenido algún acercamiento al marxismo, sabemos que los padres del materialismo histórico-dialéctico poseían un enorme conocimiento, que abarcaba desde las matemáticas hasta la filosofía. Pero ese “saber humano acumulado” no fue producto sólo de su genialidad, sino del enorme trabajo al que se sometieron, pues estudiaron durante toda su vida, en todo momento. Por ejemplo, Marx desde muy joven no sólo reflexionaba sobre lo leído, sino que anotaba sus propias opiniones, extrayendo de los libros ideas sobre los diferentes temas que constituían el centro de su interés. Esto puede constatarse en una carta donde Marx le describió a su padre el método de estudio que puso en práctica en la Universidad de Bonn.

Engels, por su parte, sentía un profundo desprecio por la gente que abordaba la teoría de una manera superficial, diletante, y no se aplicaba a enriquecer sus conocimientos, obligación de todo revolucionario proletario. Asimismo, Engels, políglota autodidacta igual que Marx, consideraba absolutamente necesario estudiar la literatura en el idioma original, pues el estudio de las lenguas extranjeras lo estimó siempre como una exigencia de la lucha revolucionaria, y este conocimiento de los idiomas extranjeros tuvo una importancia enorme en la creación de la Primera Internacional.

“Sin teoría revolucionaria, no hay práctica revolucionaria”, escribiría Lenin años más tarde. Pero para Lenin estudiar el marxismo no significaba simplemente aprenderlo en los libros. Lenin comprendió que sólo en el estudio de las condiciones económicas y políticas de Rusia, es decir, de la realidad concreta rusa, podía hallar la táctica marxista y dialéctica, firme y consecuente para conducir a la clase obrera a la victoria.

No obstante, lo que impulsaba a estos grandes del pensamiento no radicaba en el hambre del saber por el saber. La ciencia no era un mero adorno para ellos. Según lo que el propio Lafargue menciona: “Marx consideraba que el sabio que no quiera ver rebajado su nivel, nunca debe interrumpir su participación activa en la vida social, no debe quedarse encerrado siempre en su gabinete o laboratorio, como un ratón dentro del queso, sin intervenir en la vida, en la lucha social y política de sus contemporáneos. La ciencia no es un placer egoísta; los afortunados que puedan consagrarse a las actividades científicas deben, en primer lugar, poner sus conocimientos al servicio de la humanidad. Trabajar para todos fue una de sus expresiones más favoritas".

La causa principal de la exigencia consigo mismos radicaba en la tarea que se impusieron como objetivo de su vida y para la cual trabajaron conscientemente desde su juventud. La perseverancia en el objetivo trazado les dio una gran capacidad de trabajo que les permitió no sólo adquirir conocimientos, sino lograr objetivos claros, concretos y de carácter mundial: no por nada el marxismo-leninismo sigue siendo fuente de enseñanza para quienes quieren transformar verdaderamente al mundo.

A la juventud estudiosa y a todos aquellos que quieran hacer del planeta uno más habitable para todos les urge tomar el ejemplo de estos gigantes y emular su capacidad de trabajo sin escatimar tiempo. En este libro encontrarán anécdotas, conversaciones y opiniones sobre la importancia del estudio que les servirán como guía y motivación, que es lo que se propone Glasser al poner en nuestras manos este pequeño pero enriquecedor ejemplar, publicado por primera vez en 1941 por Editorial América, bajo el título de “¿Cómo estudiaban Marx, Engels y sus discípulos?”, donde se incluyen a Stalin y Mao.