Proyecto Chapultepec. Soluciones viejas a problemas viejos

Lo cierto es que se trata de un proyecto centralizador por excelencia.

Aquiles Lázaro

2020-09-13
Ciudad de México

Con casi dos años de retraso, la Secretaría de Cultura presentó el Proyecto Chapultepec. El domingo nueve de agosto, en una ceremonia insípida y la ausencia del Presidente, la Secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, leyó torpemente el discurso que anuncia uno más de los llamados proyectos prioritarios de la “Cuarta Transformación” (4T). A esta categoría pertenecen, entre otros, el Tren Maya, el aeropuerto de Santa Lucía y la refinería de Dos Bocas.

El proyecto –diseñado por el artista mexicano Gabriel Orozco– llega 20 meses después de que el Presidente lo anunciara, en diciembre de 2018, durante la apertura al público de Los Pinos como centro cultural.

El estado actual de Los Pinos es lamentable. A primera vista se nota la falta de infraestructura, personal, organización y curaduría. El “flamante” nuevo espacio que el Presidente obsequió al pueblo de México es ahora un lugar sucio y descuidado, cuyas instalaciones funcionan parcialmente como bodega y cuya oferta cultural es paupérrima.

El nuevo proyecto, al que se destinan mil 668 millones de pesos (mdp), se integra con base en cuatro ejes, uno de los cuales es la ampliación y fortalecimiento de la infraestructura cultural. Lo cierto es que se trata de un proyecto centralizador por excelencia.

Uno de los aspectos más relevantes de la desigualdad en el acceso a los bienes y servicios culturales es la distribución geográfica. Mientras millones de mexicanos carecen de alternativas viables para acercarse a la oferta cultural en sus zonas de residencia –lo mismo en áreas rurales que en los llamados cinturones de miseria de las áreas urbanas– la 4T favorece espacios que concentran buena parte de los bienes culturales desde hace décadas.

En vez de construir espacios en nuevos lugares y revitalizar plataformas culturales que se hallan en condiciones lamentables, se vacían carretadas de dinero en los que ya existen, porque son emblemáticos y mediáticos. En lugar de remodelar la casa ruinosa, se le pinta la fachada para tomarle fotos.

Otro de los ejes es la biodiversidad sustentable. Además de las denuncias que han lanzado diversas agrupaciones sobre la agresión al bosque y sus áreas públicas, encontramos que el discurso del proyecto se ajusta a la misma política general agresiva con el medio ambiente que caracteriza al Tren Maya y a la refinería de Dos Bocas.

Gabriel Orozco es el artista encargado de diseñar el ambicioso y millonario proyecto. Orozco es un creador respetable y polémico, quizá el artista mexicano vivo con mayor proyección internacional. Con un halo de Andy Warhol a la mexicana –aunque varias décadas después– su propuesta artística puede etiquetarse sin ningún problema con los mejores rótulos de moda: posmoderno, conceptual, contemporáneo. Esto en sí mismo no tiene nada de malo, pero es importante anotar, al menos, que su obra y su discurso estético no tienen nada qué ver con los temas sociales que podrían favorecer a las grandes mayorías o al discurso político de la 4T. De hecho, si a algún artista se le puede encasillar con el ridículo membrete obradorista de “fifí” es precisamente a Gabriel Orozco.

El Proyecto Chapultepec es, en general, tan ambicioso como pobre. Su éxito o fracaso dependerá de cómo se le administre durante el resto de la gestión obradorista. Lo que está claro es que ni representa el hito histórico que dice el discurso gubernamental, ni avanza en la corrección de los viejos problemas del sector cultural.