Elección de oligarcas derrota de la democracia

Éste es un momento inédito del capitalismo. Desde una perspectiva geopolítica se constata que, por primera vez en la historia, EE. UU. ya no tiene la hegemonía global.

Nydia Egremy

2020-09-06
Ciudad de México

El tres de noviembre, los multimillonarios de Estados Unidos (EE. UU.) definirán las elecciones ya sea a favor del presidente Donald John Trump o del aspirante demócrata Joseph Robinette Biden Jr (Joe Biden).

En menos de 55 días, el gran capital resolverá si el autócrata magnate retiene el Poder Ejecutivo de la superpotencia o pasa a manos del exvicepresidente, quien ofrece el mismo plan de gobierno que Barack Obama, su exjefe. Serán el obsoleto sistema electoral y los oligarcas los que elijan sobre los 328.2 millones de estadounidenses. Biden, en la Casa Blanca, representa un escenario para que el gobierno de México robustezca el diálogo multisectorial con los demócratas y así pueda alcanzar sus objetivos estratégicos.

El exvicepresidente Joe Biden trastocó los planes de Trump de reelegirse con holgura. Pese a ser un candidato poco atractivo, cuya personalidad carece de chispa para seducir a las multitudes, este abogado sería el 46º presidente de EE. UU. y el de mayor edad con 77 años. Tal posibilidad se explica por el respaldo de influyentes sectores económicos como el cerealero y de las cúpulas políticoempresariales en los estados clave de Florida, Texas, Ohio y Pennsylvania.

 El Partido Demócrata capitalizó los errores de Trump: su pésima conducción de la pandemia, las protestas por la violencia racial y el descontento de sectores internos por la innecesaria pérdida que les ocasionó la confrontación presidencial con sus aliados globales. De ahí que, en su frío cálculo por incrementar poder e influencia, las corporaciones proyectaron apoyar financieramente a Biden.

En la superpotencia es una tradición que el candidato con más recaudaciones gane. Pero en 2016, la rompió Donald Trump. Al autofinanciar su campaña, anunció: “No empleo cabilderos ni donadores. Eso no importa, pues realmente soy rico”.

Sin embargo, en su intento por reelegirse ya recaudó, en este año, más fondos que los demócratas; solo en febrero obtuvo 94 millones de dólares (mdd) mientras Joe Biden apenas reunió 18.1 mdd. En mayo se supo que 80 multimillonarios cedieron muchos mdd a la cuenta “Trump Victory” para cubrir sus gastos de campaña.

Esos donantes representan el nueve por ciento de los más ricos en EE. UU., según Forbes –con datos de la Comisión de Elecciones Federales (FEC) y Los Ángeles Times. El 56 por ciento de esos donadores residen en Florida, Nueva York y Texas.

Ahí figuran directivos de las financieras Blackstone, TD Ameritrade y Franklin Templeton; inmobiliarias y centros comerciales, los hoteles Hyatt, la cosmética Revlon, telecomunicaciones Troutt, petrolera Hildebrand, dueños de casinos y gimnasios, así como la Marvel Comics.

make

Biden también reunió a más de 100 millonarios que quieren llevarlo a la Casa Blanca con sus donaciones. Se estima que gastará 280 mdd –la mayoría en propaganda– casi el doble de lo previsto en la campaña de Trump. Entre sus patrocinadores estarían, según la FEC, el gigante inmobiliario George Marcus (que ya le donó un millón de dólares y luego su esposa entregó otros 2.8 mdd); además de Apple (la fortuna de la esposa de Steve Jobs es de 25 mil mdd); el financiero Stephen Mandel y la familia del cofundador de Instagram.

Audaz, el senador demócrata diseñó su campaña para atraer a sus patrocinadores. Eligió el lema “Batalla por el alma de la nación”, y sus premisas son: igualdad, equidad y justicia, poniendo énfasis en reconstruir a la clase media, revitalizar la economía de zonas agrícolas, respaldar la ley antimonopolio y vetar a patentes privadas.

En Minnesota y Nebraska –que con otros dos estados producen el 72 por ciento del etanol del país– ofreció que un gobierno Biden-Harris impulsará las energías renovables, además de reducir la cifra de presos por consumo de drogas, eliminar prejuicios raciales en las sentencias y más inversión en educación.

Al veterano senador lo apoyan las agroindustrias del llamado “cinturón maicero” del medio oeste: Iowa, Illinois, Indiana, Kansas, Minnesota, Missouri, Nebraska; y lo siguen otras zonas productoras de cereales (soya, trigo, sorgo, avena), así como el “cinturón hortofrutícola”, del algodón, perjudicados en sus exportaciones a los países que Trump sancionó.

México y Biden

Éste es un momento inédito del capitalismo. Desde una perspectiva geopolítica se constata que, por primera vez en la historia, EE. UU. ya no tiene la hegemonía global y, por tanto, la elección de noviembre se realizará en un contexto inédito del capitalismo, tras los efectos de la pandemia por Covid-19 y de la fallida política de sanciones a los adversarios del presidente Trump.

Por ello, corporaciones energéticas, agroindustriales, de telecomunicaciones y tecnológicas de punta ven a México como actor clave para sus intereses. Por su gran riqueza en recursos –petróleo, gas, uranio, litio, biodiversidad y su ubicación– el rol geoestratégico de nuestro país lo hace indispensable para la superpotencia, sus magnates y clase política.

Temas espinosos de Biden con México

Con Biden se esperaría un abordaje menos agresivo que con Trump en los asuntos difíciles de la agenda con México.

MIGRACIÓN: Biden ofrece más ayuda económica al exterior, vetar el presupuesto para el muro y restaurar la protección a 661 mil indocumentados llegados a EE. UU. en la infancia.

FRONTERA: Afirma que usará alta tecnología para proteger la frontera

DROGAS: Reeditaría el Plan Colombia y apoyaría la seguridad militarizada.

ENERGÍA: Biden optaría por energías renovables con un plan de dos mil mdd, mientras el Ejecutivo mexicano apoya la explotación de hidrocarburos fósiles.

T-MEC: Habría problemas en el rubro laboral, pues Biden tiene compromisos con empresas y sindicatos a los que apoyará si recurren a paneles de controversias por presuntas violaciones laborales.

POLÍTICA EXTERIOR: Biden reeditaría la plataforma de Obama con América Latina, por lo que habría problemas en la relación de México con Cuba, Venezuela y Argentina. También mantendrá la presión para dejar fuera a China y Rusia de su esfera de influencia.

 

El economista Raúl Reyes Osalde recuerda que todo indica que la política exterior de EE. UU. se diseña, en el largo plazo, con base en su poderío militar para controlar recursos y rutas estratégicos. Solo así podrá pugnar por la hegemonía y posicionarse mejor en el nuevo orden mundial.

A la par está la visión geopolítica del poder corporativo que pretende ampliar su poder e influencia dentro y fuera de EE. UU. América Latina y México desempeñan un rol importante por representar el mayor bastión de defensa y dominio hegemónico-estratégico de EE. UU., dice el analista Luis Arizmendi.

Biden conoce la política mexicana, pues siendo vicepresidente, vino tres veces entre 2009 y 2012. En marzo de ese año se entrevistó con los tres principales candidatos presidenciales y aseguró que todos compartían una visión de “cercana cooperación” con Washington.

caravana

Biden hereda la presión de lo que Trump bautizó como Obamagate: la venta secreta de 200 armas automáticas de EE. UU. para rastrear a mafias mexicanas del narcotráfico, pero que fueron usadas en masacres. Biden sabía que la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) diseñó esa operación, advierte el analista geopolítico Paul Antonopoulus.

Y aunque ha sido muy cauto en sus expresiones sobre México, es obvio que Joe Biden aspira a influir en su vecino. Analistas estadounidenses confían en que su experiencia de 26 años en el Senado –como líder de los comités de Relaciones Exteriores, Judicial y Política Antidrogas, que cruzan transversalmente la relación con nuestro país– sorteará el supuesto malestar demócrata por la reunión AMLO-Trump.

Para otros, ese malestar es un mito, pues la relación del gobierno mexicano con los demócratas es sana, debido a los canales multisectoriales que aceitan la cancillería y los beneficiarios del Tratado México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

Oportunista, Biden sabe que los 60 millones de latinos en EE. UU. son un botín electoral y les ofreció “desmantelar las inhumanas políticas de inmigración de Trump” y ofreció una disculpa por el discurso antiinmigrante de su adversario. Según el Deutsche Welle, el interés del sector despertó cuando designó a Kamala Harris como su mancuerna electoral.

Sin embargo, los latinos en EE. UU. no ven con simpatía al demócrata, pues no olvidan que Barack Obama expulsó a casi tres millones de indocumentados, lo que le ganó el mote “Deportador en Jefe”. Ese sector apoyó a Bernie Sanders en las primarias y esperan más ofertas para apoyarlo en la elección.

 

Biden, otro populista

En política exterior no se diferencia mucho de Trump: asegura que defenderá el rol de EE. UU. como líder mundial y es amigo de Israel, al que le consiguió ayuda estadounidense sin precedentes. En 1998 saboteó una propuesta de paz para Palestina y, ante cabilderos, declaró que EE. UU. “no puede permitirse criticar a Israel en públicoˮ.

Sobre política interna enfatiza en las clases medias y, aunque se declara defensor de valores progresistas, afirma que su cualidad principal es su integridad, además de ser abstemio y antitabaco; solo se enfrenta a públicos elegidos. Asegura que su esposa Neilia es el cerebro del matrimonio, aunque prefiere que cuide a sus hijos; por ello el politólogo Branco Marceti lo llamó “demócrata conservadorˮ.

Abogado de oficio, Joe Biden representó a clientes de escasos recursos, criticó a las empresas que no pagan impuestos y se ganó el favor de los sindicatos AFL-CIO. Se adhirió al movimiento de derechos civiles y protestó contra la guerra en Vietnam; aunque a los 27 años coqueteó con los republicanos, ingresó a la política con los demócratas. En Delaware se ligó con la DuPont y en su gestión política se rodeó de personal de esa firma. Adoptó la polémica costumbre de cobrar por pronunciar discursos en actos para recaudar fondos para universidades y en 1983 votó contra la iniciativa del pleno empleo.

En torno al Covid-19, Biden no tiene un plan concreto. No aborda el hecho de que su país es el epicentro de la pandemia, con seis millones de casos registrados y más de 183 mil muertos. Solo ofreció adoptar la telemedicina. Y aunque afirma que la atención médica es su prioridad y ofreció impulsar la Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio, se opone al “Medicare para todos”, medida que apoyó Bernie Sanders.

Su pareja de campaña, Kamala Harris, cobró fama como implacable fiscal anticrimen y posturas en favor de los consumidores; pero fue muy tolerante cuando las firmas tecnológicas de California monopolizaron el mercado en deterioro de la competencia.

Fuentes: Branko Marcetic en El hombre de ayer y Americas Qarterly, marzo 2020.

 

Su noción bilateral quedó clara en la reunión del Diálogo Económico de Alto Nivel entre México y EE. UU. del 25 de febrero, cuando declaró: “No tenemos un socio más importante y esencial que ustedes”. Y añadió que para los siguientes cinco y 20 años, vislumbra una relación bilateral moderna, competitiva, integrada, educada y como un epicentro del crecimiento mundial.

Más sincero, en la Sociedad de las Américas aseguró que con México hay una relación “en la que no somos amigos ni enemigos. Pero debemos evaluar si será un aliado confiable” y ofreció reunirse con el presidente mexicano para definir una “estrategia común de seguridad”.

harris

En general, analistas en EE. UU. concluyen que Biden será cortés pero enfático con México. En cambio, el influyente Americas Qarterly lamentó en marzo la decepcionante “falta de interés” de los demócratas hacia nuestro país. En un segundo plano, los dueños del capital observan atentos.

Del escándalo al impeachment

Hunter Biden, segundo hijo del candidato presidencial demócrata, se enriqueció trabajando en Burisma, la empresa de hidrocarburos del ministro de Medio Ambiente de Ucrania, al mismo tiempo que su padre era vicepresidente de EE. UU. Entre 2009 y 2019, Joe Biden fue el hombre clave en la relación de la superpotencia con el gobierno ucraniano y viajó a Kiev varias veces.

En 2014, la mayor empresa gasera ucraniana pasaba por una fase difícil, pues la dejó su fundador Mykola Zlochevsky, por el golpe derechista que destituyó al presidente prorruso Viktor Yanukovich. Tres meses después ingresó Hunter Biden a trabajar con salario mensual de unos 50 mil dólares, según la agencia Bloomberg recibió 850 mil dólares a través de una firma estadounidense. Burisma aumentó su producción y obtuvo ingresos de 400 mdd anuales.

Trump, confiado en sacar a Joe Biden de la carrera por la presidencia, presionó al presidente ucraniano Volodymyr Zelenskiy para investigar los negocios de Hunter, alegando que se enriquecía con el tráfico de influencias de su padre. Una transcripción telefónica de esa conversación sirvió a los demócratas para articular el proceso de Impeachment (juicio para destituir al presidente), del que salió airoso el magnate.