Las palabras perdidas, de Mauricio Magdaleno (II de II)

Entre estos adolescentes y jóvenes hubo algunos que, décadas más tarde, descollaron en la política, el arte, la cultura y el periodismo.

Ángel Trejo

2020-08-02
Ciudad de México

Esta imagen literaria es, sin lugar a dudas, la que mejor acopia el estado de ánimo, el espontaneísmo y la ausencia de autocrítica que caracterizó al movimiento de masas, que arropó al fundador de la Secretaría de Educación Pública, José Vasconcelos, en su campaña presidencial de 1929. En Las palabras perdidas (1956) hay un párrafo que sintetiza el contenido crítico más sólido sobre el vasconcelismo: “A falta de un verdadero programa en el que se revisara uno a uno todos los aspectos de la realidad social y económica del país, teníamos una mística cuyos alcances escaparon a la fina percepción de los intelectuales más enterados”.

En efecto: Vasconcelos fue visto por maestros, estudiantes e intelectuales –la primera generación clasemediera creada por la Revolución Mexicana de 1910– como el político más idóneo y “espiritualmente” más sano para encarnar “un nuevo estilo de vida”; para corregir el cesarismo y la corrupción instituida por Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles y para orientar a México hacia la democracia electoral. Como escritor y filósofo fue comparado con León Tolstoi, Romain Rolland, Rabindranath Tagore y Mahatma Gandhi; sus adeptos pensaron que era socialista “porque había vivido en Europa” y hubo “chiflados” –revela Magdaleno– que lo vieron como un “acontecimiento cósmico anunciado hace miles de años”.

Sin embargo, esta idolatría empezó a diluirse antes de la elección presidencial porque El Maestro no supo coordinar a sus principales aliados –el Partido Nacional Antirreccionalista (PNA) de Antonio I. Villarreal y el Frente Nacional Orientador (FNA) de Octavio Medellín Ostos– y a sus colaboradores íntimos, entre ellos Antonieta Rivas Mercado. Estas deficiencias no influyeron en el fracaso –debido, al parecer, a un gran fraude electoral– pero sí en el final inconsecuente del movimiento, que cursó por un ensayo fallido de rebelión (Plan de Guaymas), un nuevo exilio de Vasconcelos en Estado Unidos –¿el Estado promotor, como antes lo fue de la Revuelta de los Generales (1923-24) y la Cristera (1926-1929?– y la desilusión agria y frustránea de sus seguidores.

Mauricio Magdaleno incluye esta confesión en su lúcida crónica personal: “…de haber llegado a la Presidencia Vasconcelos habría tenido que gobernar sin vasconcelistas” porque los que “sí encarnábamos la más alta y activa definición éramos pueblo informe y muchachos de 17 a 25 años”… Entre estos adolescentes y jóvenes hubo algunos que, décadas más tarde, descollaron en la política, el arte, la cultura y el periodismo: Adolfo López Mateos (Presidente de la República 1958-1964), Ángel Carvajal y Manuel Moreno Sánchez (precandidatos en la sucesión de 1964-1970); Frida Kahlo (pintora), Carlos Pellicer (poeta), Juan Bustillo Oro (guionista), Chano Urueta (director de cine); Salvador Azuela, Vicente Magdaleno, Alejandro Gómez Arias, Baltasar Dromundo y Enrique Ramírez y Ramírez (escritores y periodistas).