Bajo la piel del lobo

Samu Fuentes logra reflejar que aun en los seres más silvestres hay sentimientos nobles.

Cousteau .

2020-08-02
Ciudad de México

Los grandes realizadores del séptimo arte han dejado su impronta personal en la historia del cine gracias a que, en sus cintas, de elevado valor estético, logran conjugar, de forma armoniosa y pulcra, todos los aspectos técnicos y artísticos. En estas películas, el proyecto logra que cada aspecto se acople con los demás detalles y su resultado es una “obra maestra”. Un filme considerado obra maestra debe contemplar una excelente fotografía, escenarios adecuados, diseño de vestuario, sonido, efectos especiales de alta calidad, buenas actuaciones y una labor meticulosa de montaje. (Un buen montajista no debe ser simplemente un “técnico” que obedece órdenes del realizador en el acomodo de las secuencias, sino ser también un artista que ponga su propio ingenio y capacidad estética para que la cinta tenga una interconexión y un ritmo apropiados).

Sin embargo, no todos los aspectos bastan para que el filme esté bien engarzado y disponga de un lenguaje cinematográfico coherente, sino que, además, hace falta algo fundamental: que su contenido conceptual sea rico en ideas. Así, vemos que los grandes maestros del cine no han realizado sus filmes para exponer trivialidades o simplemente para “entretener” al público, sino que las han hecho para contribuir a elucidar los grandes problemas de la sociedad, incluso para proponer su solución. Por esta razón, no cualquier director de cine puede hacer cintas que profundicen en temas universales y que por sus obras se asemejen a los grandes escritores, los grandes poetas, los grandes músicos, los grandes pintores, etcétera.

Señalo todo esto, amigo lector, porque en las últimas décadas, el cine mundial ha tenido una “sequía” de grandes cineastas, y todos los días vemos que se estrenan en cines o en plataformas streaming cintas o series que están lejos de la calidad y la profundidad de las obras trascendentes. Bajo la piel del lobo (2018), del realizador español Samu Fuentes, es un filme que logra conjuntar aciertos artísticos y estéticos que son dignos de apreciar. La historia narra la existencia del cazador de lobos Martinón (Mario Casas), quien vive en las montañas de algún lugar del norte de España), aislado del contacto con otras personas y solo se relaciona con los habitantes de un pueblo cuando lleva a vender pieles de lobos. Esas breves estancias le sirven para aprovisionarse y sobrevivir en la montaña. Un cantinero le sugiere que busque una mujer para que lo acompañe, le ayude en su vida cotidiana y le dé un hijo. El trampero negocia con un molinero que vive en el pueblo para que le venda a una de sus hijas (Ruth Díaz) y ésta le sirva de pareja. Después de un tiempo ella enferma y muere. Martinón lleva el cuerpo de la difunta a los padres y pide al molinero que le regrese su dinero. Éste, que en aquel momento no cuenta con efectivo, le ofrece a su otra hija (Irene Escolar). Martinón acepta y se lleva a su nueva mujer. Pero ella no soporta esa vida salvaje y decide regresar al pueblo. En el camino pisa una trampa que le lastima un pie. Martinón la cura y evidencia que, bajo aquella piel de lobo, existe un cordero, un ser humano que puede amar y ser agradecido. Pero ella decide envenenarlo dándole todos los días un té preparado con hierbas que lo van matando lentamente. Martinón se queda solo y moribundo. Samu Fuentes logra reflejar que aun en los seres más silvestres hay sentimientos nobles y, aunque su cinta posee una excelente fotografía, buenas y convincentes actuaciones, etc., Bajo la piel de lobo no tiene el sello inconfundible de las películas que han alcanzado a reproducir, con mucha calidad estética, los avatares de la condición humana, los cuales están determinados por las relaciones sociales del sistema económico vigente.