Pablo Neruda

En 1970 renunció a la candidatura para la presidencia de Chile en favor de Salvador Allende.

Redacción

2020-07-05
Ciudad de México

Nacido el 12 de julio de 1904 en Parral, Chile, su infancia transcurrió en Temuco. Pasó su adolescencia y juventud en Santiago, donde residió de 1921 a 1927. Viajó como representante cultural por Birmania, Ceilán y otros países de Asia, hasta llegar a Barcelona, y más tarde a Madrid, donde fundó la revista Caballo verde para la poesía.

A partir de 1941 representó a su país en México y posteriormente regresó a Chile. Fue electo senador en 1945. Forzado luego a la vida clandestina, visitó varios países europeos, la Unión Soviética y China. En 1970 renunció a la candidatura para la presidencia de Chile en favor de Salvador Allende. Tras la victoria de la Unidad Popular fue nombrado embajador en París. Obtuvo en 1971 el Premio Nobel de Literatura. Falleció el 23 de septiembre de 1973 en Santiago de Chile, a los pocos días del golpe militar de Augusto Pinochet. En esta ocasión presentamos una selección del poemario Canto general (1950).

 

Se reúne el acero

He visto al mal y al malo, pero no en sus cubiles.

 

Es una historia de hadas la maldad con caverna.

 

A los pobres después de haber caído

al harapo, a la mina desdichada,

le han poblado con brujas el camino.

Encontré la maldad sentada en tribunales:

en el Senado la encontré vestida

y peinada, torciendo los debates

y las ideas hacia los bolsillos.

 

El mal y el malo

recién salían de bañarse: estaban

encuadernados en satisfacciones,

y eran perfectos en la suavidad

de su falso decoro.

 

He visto al mal, y para

desterrar esta pústula he vivido

con otros hombres, agregando vidas,

haciéndome secreta cifra, metal sin nombre,

invencible unidad de pueblo y polvo.

 

El orgulloso estaba fieramente

combatiendo en su armario de marfil

y pasó la maldad en meteoro

diciendo: “Es admirable

su solitaria rectitud.

Dejadlo”.

 

El impetuoso sacó su alfabeto

y montado en su espada se detuvo

a perorar en la calle desierta.

Pasó el malo y le dijo: “Qué valiente!”

y se fue al Club a comentar la hazaña.

 

Pero cuando fui piedra y argamasa,

torre y acero, sílaba asociada:

cuando estreché las manos de mi pueblo

y fui al combate con el mar entero:

cuando dejé mi soledad y puse

mi orgullo en el museo, mi vanidad en el

desván de los carruajes desquiciados,

cuando me hice partido con otros hombres, cuando

se organizó el metal de la pureza,

entonces vino el mal y dijo: “Duro

con ellos, a la cárcel, mueran!”

 

 

Pero era tarde ya, y el movimiento

del hombre, mi partido,

es la invencible primavera, dura

bajo la tierra, cuando fue esperanza

y fruto general para más tarde

 

Voy a vivir

Yo no voy a morirme. Salgo ahora

en este día lleno de volcanes

hacia la multitud, hacia la vida.

Aquí dejo arregladas estas cosas

hoy que los pistoleros se pasean

con la “cultura occidental” en brazos,

con las manos que matan en España

y las horcas que oscilan en Atenas

y la deshonra que gobierna a Chile

y paro de contar.

 

Aquí me quedo

con palabras y pueblos y caminos

que me esperan de nuevo, y que golpean

con manos consteladas en mi puerta.

 

Testamento I

Dejo a los sindicatos

del cobre, del carbón y del salitre

mi casa junto al mar de Isla Negra.

Quiero que allí reposen los maltratados hijos

de mi patria, saqueada por hachas y traidores,

desbaratada en su sagrada sangre,

consumida en volcánicos harapos.

 

Quiero que al limpio amor que recorriera

mi dominio, descansen los cansados,

se sienten a mi mesa los oscuros,

duerman sobre mi cama los heridos.

 

Hermano, ésta es mi casa, entra en el mundo

de flor marina y piedra constelada

que levanté luchando en mi pobreza.

 

Aquí nació el sonido en mi ventana

como en una creciente caracola

y luego estableció sus latitudes

en mi desordenada geología.

 

Tú vienes de abrasados corredores,

de túneles mordidos por el odio,

por el salto sulfúrico del viento:

aquí tienes la paz que te destino,

agua y espacio de mi oceanía.

Los frutos de la tierra

¿Cómo sube la tierra por el maíz buscando

lechosa luz, cabellos, marfil endurecido,

la primorosa red de la espiga madura

y todo el reino de oro que se va desgranando?

 

Quiero comer cebollas, tráeme del mercado

una, un globo colmado de nieve cristalina,

que transformó la tierra en cera y equilibrio

como una bailarina detenida en su vuelo.

 

Dame unas codornices de cacería, oliendo

a musgo de las selvas, un pescado vestido

como un rey, destilando profundidad mojada

sobre la fuente,

abriendo pálidos ojos de oro

bajo el multiplicado pezón de los limones.

 

Vámonos, y bajo el castaño la fogata

dejará su tesoro blanco sobre las brasas,

y un cordero con toda su ofrenda irá dorando

su linaje hasta ser ámbar para tu boca.

 

Dadme todas las cosas de la tierra, torcazas

recién caídas, ebrias de racimos salvajes,

dulces anguilas que al morir, fluviales,

alargaron sus perlas diminutas,

y una bandeja de ácidos erizos

darán su anaranjado submarino

al fresco firmamento de lechugas.

 

Y antes de que la liebre marinada

llene de aroma el aire del almuerzo

como silvestre fuga de sabores,

a las ostras del Sur, recién abiertas,

en sus estuches de esplendor salado,

va mi beso empapado en las substancias

de la tierra que ama y que recorro

con todos los caminos de mi sangre.