Incendio en la mina El Bordo, 100 años sin justicia para obreros hidalguenses

Fue una de las mayores tragedias en la historia minera de Hidalgo durante el Siglo XX.

Ricardo Alberto Calleja

2020-07-05
Pachuca, Hidalgo.-

El pasado 10 de marzo se cumplieron 100 años del incendio en la mina El Bordo donde, según las autoridades de ese entonces, siete obreros salvaron milagrosamente sus vidas, pero otros 87 murieron. Fue una de las mayores tragedias en la historia minera de Hidalgo durante el Siglo XX.

La compañía estadounidense United Smelting, Refining and Mining era la dueña de El Bordo, y los mineros y sus familias no olvidan que cuando se inició el incendio, los administradores decidieron cerrar los tiros –perforaciones verticales por donde se introducen las “jaulas” que cargan mineros, equipos y materiales– para mitigar el fuego.

Sin embargo, seis días después, cuando se abrieron los tiros, se descubrió que siete mineros habían librado la muerte después de resistir los gases almacenados en el interior de la mina, la sed y el hambre. Esta tragedia fue manejada mediáticamente por la empresa minera en complicidad de las autoridades locales y la prensa de aquel entonces.

Otra tragedia se suscitó en el tiro de la mina Purísima Concepción el ocho de mayo de 1965, en Real del Monte, donde murieron ahogados 27 mineros. Ese día, una jaula que transportaba a 30 obreros tuvo una falla y cayó del nivel 400 al 550, en cuyo fondo había una caja con agua. Murieron 27 mineros y solo tres lograron sobrevivir.

El motor del malacate (tambor que enrolla el cable que asciende y baja la jaula) no funcionó y provocó que cayera este compartimento, también conocido como calesa.

Durante un recorrido realizado por buzos sobre las calles principales de Pachuca, pudo comprobarse que el incendio ocurrido hace un siglo no ha sido olvidado, y que su historia aún es recordada por las personas de edad avanzada, aunque las nuevas generaciones la ignoran.

La información está fragmentada en el archivo histórico y se limita a los hechos consignados en el expediente judicial de Pachuca 1920-1966; a las crónicas de José Luis Castillo y Félix Castillo, publicadas en los diarios más conocidos en ese periodo, Excélsior y El Universal y una novela de Rodolfo Benavides, que ayudó a conocer este suceso.

La mina El Bordo pertenecía al distrito minero Pachuca-Real del Monte, que durante esa época producía la mayor cantidad de plata en el mundo. Sin embargo, toda esa gran riqueza extraída del subsuelo hidalguense quedó en manos de la compañía extranjera y ningún provecho dejó para los obreros y sus familias, que permanecieron en la pobreza como sus antecesores.

mineros

“Pachuca–Real del Monte se distingue por ser uno de los distritos mineros productores de plata más antiguos en México, ya que sus minas fueron descubiertas en 1552”, escribió Bargalló en 1955, quien recordó que después de la explotación realizada por los españoles, vinieron los ingleses y más recientemente los estadounidenses.

El Bordo contaba con once niveles a los que se accedía por tres tiros, El Bordo, Sacramento y La Luz que, según la novela El Doble nueve, del escritor hidalguense Rodolfo Benavides. Los niveles debían sus nombres a su profundidad en metros y los de El Bordo eran: 142, 207, 255, 305, 365, 392, 415, 445, 465, 525 y 575.

Los hechos

En su libro El incendio de la mina El Bordo (2018) Yuri Herrera afirma que Delfino Rendón, quien a las seis de la mañana había estado en el nivel 415, 525 y 365, fue quien primero percibió el olor del humo. No fue el único. También lo advirtieron en los niveles 415 y 525 los sotamineros (quienes se hallan en el fondo de la mina y ocupan el mando máximo en esas áreas), Antonio López de Nava y José Luis Linares, así como Edmundo Olascoaga, quien cubría el turno de la noche y había estado en los niveles 207 y 255.

El problema apenas iniciaba y era evidente que la vida de los mineros que trabajaban en El Bordo estaba en grave riesgo; los que intentaran salir se exponían a quemarse con el fuego y los que permanecieran en sus niveles a enfrentar una intoxicación con los gases y el humo.

Rendón fue el primero en encender las alarmas y en emprender acciones para salvar la vida de sus compañeros. Fue “una acción, más que una voz de alarma, porque lo primero que hizo fue empezar a mandar los botes para sacar a la gente y luego dar aviso a los departamentos con teléfono para que avisaran a todos que ya, ya mismo, ya tenían que salir”, refiere Yuri Herrera (2018, p. 15-16).

Tenía que haberse escuchado la alerta de unas campanas que eran repicadas en cualquier caso de emergencia, pero no hay ninguna explicación sobre por qué ese día no sonaron, pese a que dichos artefactos funcionaban, de acuerdo con el expediente del Agente del Ministerio Público.

Algunos mineros pudieron salir por la calesa, pero al notar que la comunicación se había terminado, que no había respuesta de los diferentes niveles y que, además, la jaula volvió vacía las últimas cuatro veces que había sido enviada, los administradores asumieron que ya no había nada qué hacer. Las acciones de rescate apenas duraron 20 minutos.

Luego, con los argumentos de Berry, superintendente de la compañía estadounidense, en torno a que ya no podría haber personas con vida y de que la única manera de mitigar el fuego consistía en cerrar los tiros, procedieron a cubrir el tiro de El Bordo y de manera paulatina el de La Luz.

Bordo

También se determinó que una vez que se hubiera extinguido, entrarían a cuantificar las afectaciones y a levantar los cadáveres de quienes habían muerto por quemaduras o intoxicación, causales de las que fueron cómplices los administradores al cerrar el tiro de El Bordo sin saber cuántas personas aún estaban en el interior de la mina.

Seis días después, al abrir los tiros, descubrieron que en el nivel 207 siete mineros habían sobrevivido y que habían resistido a los gases carbónicos encerrados junto a ellos.

“El día 12 abrieron la boca de la mina de Santa Ana, que conecta con El Bordo, para hacer un reconocimiento. Las galerías estaban cubiertas de cadáveres; apenas a la entrada hallaron 40, y los rescatadores que entraron calculaban que podría haber más de 100”, (El incendio de la mina El Bordo, p. 29).

Varios de los habitantes de Pachuca aún recuerdan la tragedia y dicen que la compañía minera fue la responsable del incendio por falta de mantenimiento. Las escasas notas periodísticas de los diarios Excélsior y El Universal que consignan el hecho asumían la defensa de la empresa minera y refutaban las opiniones que responsabilizaban a ésta por el accidente.

El reportero de Excélsior decía: “si ésta es culpable por descuido (al ser por descuido, ¿se evade toda responsabilidad?), lo que no se cree, será obligada a pagar una multa y a indemnizar a los deudos de los muertos. Esto último ya ofreció espontáneamente hacerlo la empresa”.

Por su parte, el reportero de El Universal también citaba a un hombre no identificado de la compañía que, a unas horas de haberse iniciado, comentaba, como la cosa más lógica del mundo, su hipótesis sobre el origen del fuego: “Tal vez el descuido de los mineros” (El incendio de la mina El Bordo, p. 33).

Hasta aquí se había comprobado que cuando el administrador Berry decidió cerrar las bocas de los tiros, aún había mineros intentando salir.

El día 16 de marzo se contabilizaron 87 personas sin vida, siete sobrevivientes en el nivel 207 que tuvieron que beber agua tóxica, sin probar alimento alguno y en la oscuridad total, como si sus vidas se hubiesen acabado.

“Los sobrevivientes fueron llevados al hospital de la compañía de Santa Gertrudis, donde fueron examinados por el doctor Espínola, médico de la empresa, por el Presidente Municipal y por el Agente del Ministerio Público, quienes coincidieron en que los mineros estaban en perfecto estado de salud, sin lesiones internas ni externas, salvo que algunos estaban comenzando a morirse de hambre; en verdad dijeron eso: en perfecto estado de salud pero muriéndose de hambre” (El incendio de la mina El Bordo, p. 47).

Fayad

Los familiares de las víctimas sufrieron no solo por la falta de información sobre sus esposos o hijos, sino también porque fueron sometidos a duros interrogatorios para acreditar el parentesco con sus difuntos y acceder a la indemnización que ofrecía la compañía.

El informe pericial precisa que, con autorización del gobierno del estado, la empresa decidió enterrar a los muertos en la fosa común de un terreno de su propiedad para evitar procesiones en Pachuca y “que no fuera a desarrollarse alguna epidemia por el paso de tanto cadáver”.

La riqueza que en vida generaban los mineros, la vida de los obreros vivos y al parecer los cadáveres, eran propiedad de la compañía gringa, como se evidenció en su decisión de enterrarlos donde quiso y no donde hubieran deseado los familiares dolientes.

Tanto El Doble nueve, de Rodolfo Benavides, como El incendio de la mina El Bordo, de Yuri Herrera, destacan que nunca se deslindaron responsabilidades ni hubo un proceso judicial enfocado a investigar o buscar las causas que originaron el incendio.

El martes 10 de marzo por la mañana, el gobierno estatal de Hidalgo declaró Patrimonio Cultural Tangible los sitios donde se suscitó la tragedia de hace un siglo: los terrenos y restos de las minas El Bordo, La Luz y Sacramento, así como la fosa común donde los administradores de la compañía sepultaron a las víctimas con la anuencia del gobierno del estado de ese entonces.

Más tarde, la alcaldía de Pachuca develó una placa con esta leyenda: “El silencio criminal no borrará nunca lo que aquí aconteció, desde abajo todavía se clama justicia”. Acto seguido, se hizo repicar una campana con el “doble nueve”, la señal de alarma que debió haber sonado aquel día siniestro.