El peligroso fanatismo del Presidente (I de II)

No nos engañemos. No hay tal izquierda, por lo menos no una consecuente con los postulados marxistas. Desde su origen, el izquierdismo en México se mostró impotente.

Dimas Romero Gónzalez

2020-06-07
Ciudad de México

Durante 17 meses hemos presenciado la arrogante suficiencia del Presidente y su estrategia inmediatista (reactiva) con la que trata de matizar el efecto negativo de las críticas provenientes de la opinión pública a sus ocurrencias y desvaríos. Su tendencia a matizar se advierte en la llamada “Cuarta Transformación” (4T), proclama en la que esta acción de cambio opera como eufemismo del término revolución, cuya carga política resultaría demasiado alérgica para sus amigos de la “mafia del poder”.

Acuciado por la necesidad de mantener el apoyo de sus seguidores, su agenda cultiva y alimenta el rencor popular hacia la “riqueza mal habida” a la que, cual padre protector del pueblo bueno y sabio, combate sin cuartel. Cualquier mente racional supo, desde sus primeros actos, que nos dirigíamos inevitablemente hacia el caos porque el destino de algo tan complejo como un país no puede estar sometido a la improvisación y la competencia.

La desaceleración económica de 2019 –el Producto Interno Bruto (PIB) cayó al 0.1 por ciento y se perdieron 382 mil 210 empleos– se debió fundamentalmente a las políticas equivocadas del gobierno y hoy, cuando el inesperado Covid-19 ha hecho estragos en nuestro país y el mundo entero, estas mismas directrices agudizan las contradicciones económicas y sociales que padece la población mexicana a un nivel extremo.

Este hecho se debe a que el Presidente no ha querido aceptar las críticas ni hacer suyas las propuestas de cambio –la mayoría suscritas por personas e instituciones del más alto nivel profesional y académico– para que corrija el rumbo, ya que está empeñado en concretar las obras emblemáticas de la 4T y mantener intactos sus programas asistenciales, los cuales no sacarán de la pobreza a sus beneficiarios y tienen como objetivo básico comprar votos y mantener frente al micrófono a un obtuso político menor e ignorante que se cree “revolucionario de izquierda”.

No nos engañemos. No hay tal izquierda, por lo menos no una consecuente con los postulados marxistas. Desde su origen, el izquierdismo en México se mostró impotente para asimilar los principios de esta ideología. Por ello, el Partido Comunista Mexicano (PCM) no pudo ponerse a la vanguardia de las clases explotadas. Esto provocó que el escenario político nacional, huérfano de una ideología capaz de educar a las masas populares y de llevarlas a la maduración necesaria para adquirir verdadera conciencia de clase, fuera ocupado por una clase política al servicio del gran capital.

Desde la década de los años 80, el neoliberalismo tomó el control del país y, como ocurrió en todo el mundo, se dedicó a acumular irracionalmente la riqueza en unas cuantas manos a costa de la depauperación de las mayorías trabajadoras. El gran capital, capaz siempre de ajustarse a cualquier modelo democrático para satisfacer sus intereses, percibió que la clase política a su servicio había entrado en una fase acelerada de descomposición; olfateó a tiempo la necesidad de cambio en el ánimo de las masas y en el centro del escenario político nacional buscó el discurso idóneo para satisfacerlas, aprovechándose del bajo nivel de información política e ideológica de éstas.

Fue de este modo como terminamos en las manos del Movimiento Regeneración Nacional (Morena), partido que se formó a la sombra de Andrés Manuel López  Obrador (AMLO), cuyo oportunismo lo vistió de “izquierdista” en 1988, cuando el Partido Revolucionario Institucional (PRI) le negó parte de su poder y, junto a otros priistas relegados, tomó el control del Frente Democrático Nacional (FDN), coalición de los partidos de izquierda descendientes del PCM, que dio lugar al Partido de la Revolución Democrática (PRD), versión tergiversada y envilecida de los pocos restos de la ideología socialista en México. Éste fue el semillero parasitario de los “radicales morenistas”.

Hoy estamos a merced de estos fanáticos que con peligrosa irresponsabilidad, con su ecléctica teoría seudoizquierdista, armada con retazos de variopintos planteamientos económicos y políticos, sustentan su mal entendida revolución, jugando al socialismo sin entender un ápice los planteamientos de esta teoría, y por tanto, incapaces de medir las implicaciones de sus actos.

Es peligroso este experimento porque, entre otras cosas, AMLO es una obra descarada y demagógica del gran capital neoliberal, como lo evidencian la mayoría de sus decisiones económicas; sus relaciones con los ricachones más famosos del país (Carlos Slim, Germán Larrea, Ricardo Salinas Pliego, los empresarios de Monterrey, Alfonso Romo, etc.); su desinterés por la situación de los micro, pequeños y medianos empresarios y su negativa a solucionar los problemas de sobrevivencia de millones de mexicanos que hoy están padeciendo hambre a causa de la contingencia sanitaria.

Por ello, luego de 46 años de analizar, con acuciosidad, la realidad mexicana y a la luz de las lecciones positivas que ella misma nos ha ofrecido, los antorchistas sostenemos que no puede cambiarse artificialmente el modo de producción capitalista, ya que debe dar todo de sí y superar sus fases naturales de desarrollo. Es decir, hay que impulsar el capitalismo para explotar de manera responsable las riquezas naturales de nuestro país, industrializar el campo mexicano para terminar con el atraso de las zonas rurales y para, a la vez, generar y distribuir la riqueza de manera suficiente y menos injusta.