Wenceslao Alpuche, el poeta de Yucatán (I de II)

La esclavitud de los jornaleros agrícolas no es hoy menor; las cadenas del hambre los impulsan a emigrar a la frontera.

Tania Zapata Ortega

2020-05-17
Ciudad de México

Wenceslao Alpuche y Gorocica (Tihosuco, entonces provincia de Yucatán, 1804 – Tekax, 1841) fue poeta, escritor y diputado mexicano; perteneciente a una familia de criollos ilustrados de la Península de Yucatán, su corta vida abarca el estallido de la Guerra de Independencia, los primeros años de la vida independiente de México y las encarnizadas pugnas entre centralistas y federalistas. El poeta e historiador campechano Francisco Sosa y Escalante, en su Ensayo biográfico y crítico de Don Wenceslao Alpuche (1873), afirma que en la cima del Cerro de San Diego, “que domina la poética aunque arruinada ciudad de Tekax”, el pueblo yucateco “debería levantar un monumento al primero de sus poetas”; y en su acucioso estudio preliminar a la antología poética añade: “En cuanto a las ideas políticas de Alpuche, basta leer sus obras para reconocer que era un patriota distinguido, que profesaba desde sus primeros años las mas avanzadas ideas de libertad y de progreso. Si esto no constara en sus escritos, sus hechos nos lo demostrarían de satisfactoria manera”.

La sátira A un juez, una de sus primeras obras, había circulado ya en versión manuscrita entre un amplio público de amigos y conocidos cuando un diario en la década de 1820 lo puso en tipos de imprenta, aunque sin firmar. El extenso poema consta de 157 versos de sorprendente belleza formal y es una valiente denuncia de las injusticias de los poderosos. La composición original consignaba con todas sus letras el nombre del juez que había mandado a detener a un párroco, aunque este nombre luego fue suprimido por el corrector; si la denuncia concreta perdió fuerza con ello, el ideario del poeta ganó en universalidad; así puede verse desde la primera estrofa, de pulidos versos endecasílabos, en los que el poeta llama a los hombres honrados a rebelarse contra las injusticias, a no callar –por miedo o por vileza– ante los abusos de que es víctima el pueblo, y a repudiar a los tiranos.

¡Hasta cuándo será que los mortales

el don de la palabra degradando,

con sus viles lisonjas estén dando

pábulo infame al execrable crimen!

Bajo dura opresión los pueblos gimen

y en lugar de escucharse sus lamentos,

se esparecen por el aire los acentos

que aduladores sin pudor levantan,

y alabanzas prodigan al tirano

que abate a la virtud con dura mano.

Insensatos, callad: no manchéis necios

vuestros débiles labios. Y a los vicios

no deis de la virtud los sacros nombres;

oigan la voz de la verdad los hombres.

En efecto, la denuncia del abuso de poder cometido por una autoridad prendió en el dispuesto ánimo de la capital yucateca y le valió a su autor la fama de valiente, aunque inicialmente no se atreviera a firmar con su nombre semejante composición. Pero en el desarrollo del asunto, el poeta va más allá de la simple anécdota, como puede verse en la siguiente estrofa, verdadera proclama política; las edades venideras –dice Alpuche–, deben repudiar el sangriento proceder de los tiranos.

Alzad del polvo la abatida frente,

¡oh yucatecos! y lanzad el grito

de indignación, al orbe publicando

del pérfido que manda

las maldades tiránicas y fieras.

Decid a las edades venideras

que aborezcan su nombre, ya cubierto

en la presente edad de maldiciones.

Los que tenéis sensibles corazones

llenaos de horror al contemplar su diestra,

su diestra enrojecida

con sangre de infelices, que perdieron

a su impulso la vida.

Y actual, vigente, es la denuncia que el de Tihosuco hace de la brutal explotación de los indígenas, forzados a abandonar su tierra para ir a cultivar los campos en el norte del país. Atados entonces por cadenas visibles, la esclavitud de los jornaleros agrícolas no es hoy menor; las cadenas del hambre los impulsan a emigrar a la frontera, donde perderán las fuerzas y acaso la vida en las grandes plantaciones. La denuncia en A un juez no se limita, entonces, a culpar a un hombre por la injusticia que se enseñorea sobre los débiles; denuncia la voracidad, la codicia de un sistema que se alimenta de la sangre y el trabajo de todo un pueblo.

Ved por su torpe mano arrebatados

de su sencillo hogar los tristes indios

que a lejanos lugares arrastrados,

son al duro trabajo condenados:

de ciento en ciento, con tenaz audacia,

los conduce, insensible, a la faena,

y su voraz codicia no se sacia.

miradlos con los rostros abatidos,

tristes los ojos, mudos, y afligidos,

soportando la inmensa pesadumbre

de verse en tan inicua servidumbre.