Presión de EE. UU. a México para reabrir fábricas de defensa

México es una pieza maniobrable en la estrategia estadounidense, porque su economía repunta a costa del riesgo sanitario y laboral de los trabajadores connacionales.

Nydia Egremy

2020-05-03
Ciudad de México

La pandemia generada por el Covid-19, la crisis geopolítica producida por la debacle tecnológico-comercial de Estados Unidos (EE. UU.) y los problemas multisectoriales de alcances económicos impredecibles son los tres conflictos ante los que hoy se enfrenta simultáneamente el imperialismo corporativo. Ese contexto inédito ya socavó los cimientos de la industria petrolera y ha dejado el sector armamentístico como única área de beneficios. En esta ecuación, México es una pieza maniobrable en la estrategia estadounidense, porque su economía repunta a costa del riesgo sanitario y laboral de los trabajadores connacionales. Ante este amago, el actual inquilino de Palacio Nacional optó por el diálogo afectuoso con el veleidoso huésped de la Casa Blanca.

Es cierto: la situación económica mundial es grave. Las fracturas del modelo económico parecen irremediables. Tras la pandemia del Covid-19, un barril de petróleo cuesta en EE. UU. menos que una cerveza. De ahí el apremio imperial por reactivar las cadenas de suministro y el lloriqueo de voceros del Complejo Industrial Militar (CIM) por el cierre de algunas de sus empresas en México.

La voz más enfática llegó del Departamento de Defensa de EE. UU. el 21 de abril. Desde ese centro del poder armamentista de la superpotencia, la subsecretaria de Defensa, Ellen Lord, formuló la petición-instrucción: Se debe volver al trabajo en México para seguir produciendo componentes “esenciales” para el fuselaje de aviones estadounidenses.

Ese gesto de presión confirmó dos hechos: uno, que el CIM mantiene fuertes intereses en México y otro, que ese sector articuló la coacción del Pentágono sobre el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO). El objetivo era reabrir las empresas que el Gobierno Federal cerró para contener la propagación del Covid-19 y que consideró “no esenciales”.

Ellen Lord no es una funcionaria más del estratégico y poderoso Departamento de Defensa. Como subsecretaria para la Adquisición y Mantenimiento, su mensaje no fue casual, pues lo emitió desde la base industrial militar en la conferencia de prensa que se dedicó a los efectos del Covid-19 en Washington.

Lord fue presidenta y jefa ejecutiva de Textron Systemas Corporation, subsidiaria de Textron Inc., que fabrica sistemas aéreos  autónomos, análisis de imágenes espaciales y aviones. En ese rol “lideró un negocio multimillonario de un amplio rango de productos y servicios para apoyo a la infraestructura de protección para la Defensa, Seguridad Interna y Aeroespacial en todo el mundo”, afirma el Pentágono.

Su exigencia para reabrir las fábricas reveló que el continuo flujo de armas y otros equipos para el Pentágono dependen de México en gran medida. En los últimos años, los contratistas de la Defensa, en particular fabricantes de aviones, subrogaron el trabajo a industriales y proveedores mexicanos.

Para el analista Carson Frame, de la Radio Pública de Texas, la razón es obvia: además de que la mano de obra mexicana es muy barata, se relajaron normas laborales para atraer inversiones de ese sector. Sin embargo, por la emergencia sanitaria, esas firmas y sus socias cerraron o frenaron su producción y afectaron las cadenas de suministro.

Preocupada por la pérdida y el retraso de los contratos del sector al que ampara, Ellen Lord advirtió que ya se veía el impacto de los cierres internacionales en la base. Particularmente en México, “donde tenemos un grupo de compañías afectadas en nuestras prioridades”.

Y estimó que importantes programas de Defensa se retrasarán hasta por tres meses, fecha que, para algunos, es muy optimista. El poder del CIM es tal que el 20 de abril, el Pentágono liberó pagos de casi tres mil millones de dólares (mdd) para evitar reclamos de sus contratistas por retrasos y reimpulsar la industria.

Trump

La subsecretaria informó de su entrevista con el embajador estadounidense en México, Christopher Landau, para hablar de la situación y agregó que contactaría al canciller mexicano Marcelo Ebrard “para pedirle ayuda y reabrir a esos proveedores internacionales”. No se sabe si hubo tal diálogo y si de éste se desprendió algún acuerdo.

Salud o empresas

Christopher Landau secundó a la subsecretaria Lord y, un día después, demandó por Twitter, desde nuestro país: “salvar las cadenas de suministro” ante la actual pandemia. Su mensaje tenía como destinatarios a México y Canadá, socios de EE. UU. en el nuevo tratado comercial trilateral T-MEC.

Altanero, escribió: “Ya no tienes trabajadores si cierran todas las empresas y se van para otra parte. Por supuesto que la salud viene primero, pero me parece miope sugerir que los efectos económicos no importan. Hay que proteger la salud sin destruir la economía”.

El abogado sostuvo: “Estoy aquí para buscar soluciones ganar-ganar. En ambos lados de la frontera, inversión=empleos=prosperidad”. También hubo silencio del gobierno mexicano, aunque otros usuarios de esa red social replicaron:

“Estoy de acuerdo Mr. Landau, trabajo para una trasnacional y todos ponemos nuestro grano de arena para salvar vidas, nuestra prioridad es cuidar la salud de nuestros compañeros y asegurar la cadena de suministro para la fabricación de ventiladores y equipo médico” (El Hijo del Ahuizote). Otro más (Eureka) escribió: “¡Primero la salud! ¡Primero la Salud y después la Salud! Para tener trabajadores sanos y felices trabajando por el bien de nuestras naciones”.

Afín al interés de EE. UU., y también vía Twitter, la Asociación de Gobernadores del partido Acción Nacional (GOAN), pidió ese día al Gobierno Federal establecer un plan con Canadá y EE. UU., porque es “crucial” que la industria estratégica nacional se conecte con las cadenas de suministro de Norteamérica para reactivar la economía.

Lo que no es crucial para los articuladores del neoliberalismo en México, es la “avalancha” de muertes, presumiblemente por Covid-19, de trabajadores del sector armamentista, en particular la firma Honeywell en Ciudad Juárez, reportó la agencia británica Reuters.

De la exigua información solo consta que los otros decesos atribuidos al virus fueron de trabajadores de Lear Corporation, Regal Beloit y Poly, firmas claves para el Pentágono.

No es casual que esas corporaciones operen en México. Hace una década que el Pentágono aumentó su dependencia de las manufacturas mexicanas debido a que los contratistas de Defensa recurrieron a la subcontratación. Por ello, colosos armamentistas y aeroespaciales como Textron, Boeing, Lockheed Martin y Honeeywell dependen de los trabajadores mexicanos.

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Debido a las condiciones de inseguridad sanitaria y laboral, decenas de trabajadores de esas empresas protestaron el 16 de abril en ciudades fronterizas como Tijuana, Mexicali, Matamoros y Reynosa; pedían condiciones seguras de trabajo o salario completo en los cierres.

Explicaron que la planta de ensamblaje de Honeywell en Ciudad Juárez fue cerrada tras la muerte de un colega por el virus. Por ello exigieron que esas empresas se adhirieran a la Declaración de Emergencia Binacional por Covid-19 del 30 de marzo, que establece la suspensión de actividades en industrias no esenciales.

Sin embargo, la subsecretaria Lord calificó como “esencial” la industria aeroespecial, a la que representa. La posición de la funcionaria y la de los trabajadores mexicanos reveló la fricción que existe entre la insistencia de las corporaciones por mantener abiertas esas empresas durante la pandemia y la obligada protección sanitaria del gobierno mexicano a sus ciudadanos.

Reapertura ¡ya!

Sin importarle la vida humana, en medio del letal ataque del Covid-19 y con un millonario “ejército de reserva global”, el imperialismo puede darse el lujo de perder miles de trabajadores si aumenta sus beneficios. Así, el presidente del país con más contagios en el mundo, apura ya la reapertura comercial en su país y en la frontera con México, contra el consejo de los expertos en salud, quienes piden resultados de pruebas tomadas en todo EE. UU. antes de levantar las restricciones estatales y nacionales.

The Washington Post publicó la advertencia de algunos expertos contra los estados que se apresuran a reabrir porque “probablemente están cometiendo un error mortal”. El medio subrayó que la reducción de las restricciones dará nuevos objetivos al coronavirus y aumentará la posibilidad de nuevas olas de infecciones.

Sordo a esas voces experimentadas y en complicidad con los dueños de la banca y las élites, Donald John Trump está ejerciendo su influencia sobre gobernadores de los estados fronterizos con México, que hasta ahora se han mostrado renuentes a reabrir centros comerciales, fábricas, restaurantes, cines, albergues turísticos y playas.

La fecha clave para el levantamiento de la cuarentena es el 27 de abril y solo permanecerán cerradas escuelas, asilos y centros de acogida para personas mayores hasta el fin de año. Aunque el 17 de abril, Trump anunció su decisión de reiniciar actividades, subrayó que los últimos responsables eran los gobernadores. Y para lograrlo, optó por lo que mejor sabe hacer: la presión pública.

El viernes 18 escribió en Twitter: “¡Libérate Minnesota!”, seguido de “¡Libérate Michigan!”, además de “¡Virginia!”, entidades gobernadas por demócratas. En reacción, Ralph Northam, gobernador demócrata de Virginia, estimó “simplemente delirantes” los planes de Trump y el vicepresidente Mike Pence, de reabrir la economía.

Vivir en vilo

Es catastrófico el impacto del Covid-19 en minorías de EE. UU., entre ellos los indígenas, afroamericanos, asiáticos, latinos y europeos;  sin embargo, los latinos (mexicanos, caribeños, centro y sudamericanos) están más expuestos a infectarse, a sufrir más la enfermedad y a perder su trabajo. Viven en el filo de la navaja.

Les preocupa el inminente peligro a su salud y su situación financiera, pues hay más incertidumbre en esa comunidad que en el 34 por ciento de la población estadounidense, reveló el Centro de Investigación Pew. La razón de ese riesgo se explica por su ocupación: el 12 por ciento de los inmigrantes centroamericanos labora en los sectores de instalaciones y reparaciones y el 10 por ciento como camareros o en cocinas de hoteles y restaurantes.

Ambos rubros han sufrido recortes salariales y laborales (casi la mitad afirma que un miembro de su familia perdió el trabajo),  contra un tercio de anglosajones. A modo de ejemplo, los decesos de esa comunidad en Nueva York, el epicentro de la infección en EE. UU., ascienden al 34 por ciento. Por ello, el alcalde Bill de Blasio reconoció que “hay claras desigualdades y desequilibrios en cómo esa enfermedad afecta a las personas de nuestra ciudad”.

Y aunque semanas atrás el magnate aseguró que suspendería la deportación de latinos sin permisos migratorios, en días pasados cambió de parecer y retuvo, por 60 días, las visas temporales (agrícolas y de especialistas tecnológicos). Al mismo tiempo, interrumpió la emisión de permisos de residencia permanente para inmigrantes, y se justificó así: “Tenemos el solemne deber de asegurar que los estadounidenses desempleados recuperen su trabajo y sustento”.

Con ese aval, el gobernador de Texas, Greg Abbott, creó una “fuerza de ataque” que coordina la reapertura y la aplicación de pruebas de fines de abril a mayo. Abbott reabrió parques estatales y venta de alimentos para llevar y declaró triunfalista: “Podemos acorralar al coronavirus”.

Aunque muy criticado, el gobernador de Florida, Ron DeSantis, permitió que vacacionistas retornen a las playas (la de Jacksonville de inmediato recibió a más de dos mil visitantes). Aunque no se les permitió asolearse, cientos nadaron, pescaron, surfearon, se rozaron sin mascarillas y colmaron los espacios públicos.

La gobernadora de Iowa, Kim Reynolds, ofreció una reapertura gradual de empresas con  el argumento de que “los trabajadores del estado quieren volver a la normalidad pronto y es lo que también quiero”.

Diplomacia subyugada

Un paso más en la estrategia de Donald Trump para someter a México a sus intereses fue la Declaración Binacional sobre la Iniciativa Conjunta EE. UU.-México Para Combatir la Pandemia de Covid-19, del pasado 20 de marzo.

Faltaban tres días para que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarara como pandemia la infección global generada por el Covid-19 y ya se presionaba a México para que aceptara el cierre de la frontera común y restringir viajes no esenciales.

El 10 abril, Trump propuso “ayudar a México” en la estrategia de los países productores de petróleo; para reducir su producción y detener la caída en el precio internacional del crudo, EE. UU. ofreció reducir 150 mil barriles diarios que México “reembolsará” más tarde.

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Sin saber los pormenores de ese compromiso, se induce su alcance en la política fronteriza, pues el 20 de abril el Departamento de Seguridad Interior logró que México y Canadá restringieran un mes más los viajes no esenciales en la región.

Para analistas de ambos países, esos pactos se relacionan con la actual relación entre los presidentes de México y de EE. UU. “Es claro que existe un sorprendente alto grado de afinidad, entre Trump y López Obrador”, señaló el politólogo de la Universidad de San Diego, David Shirk.

Detrás de ello hay una cruda realidad, que se constató en 2019, cuando aumentó el número de solicitantes de asilo para EE. UU. Entonces Trump amagó con imponer enormes aranceles a México hasta que logró convertirlo de facto en el mayor ejecutor de restricciones que la superpotencia haya impuesto a la inmigración centroamericana.

Para el director del Centro para EE. UU. y México de la Universidad Rice, Tony Payán, el presidente mexicano muestra una “increíble afición” por la conciliación, pues no tiene elección. Y agregó: Si eligiera pelear con Washington, envenenaría completamente las aguas más de lo que ya están; “No tiene otra elección que cooperar con el Sr. Trump y creo que el Sr. Trump lo sabe”.

El 22 de abril, la agencia Associated Press afirmó que la pandemia “habría tensado momentáneamente” la relación bilateral. Destacó que se trata de dos líderes provenientes de los extremos opuestos del espectro político, que hoy enfrentan la mayor crisis que ningún otro gobierno había confrontado. Sin embargo, concluía el análisis, ambos presidentes llevan bien la carga como antiguos colegas.

La pandemia acercó a Trump y AMLO, afirma el Chicago Tribune y explica que, aunque ambos evitan las tensiones esperadas por los observadores, sus coincidencias respecto a la pandemia parecen ser más que sus diferencias, y la principal es el deseo de Trump por reabrir las empresas “contradiciendo a los expertos en salud”.

Hoy, la pregunta es: ¿hasta cuándo seguirá esa afinidad entre los gobernantes de dos países tan asimétricos como México y EE. UU. y por cuánto tiempo resistirá el Gobierno Federal la presión de la superpotencia.