El feminismo de Juan Ruiz de Alarcón (II de II)

El poeta considera a la mujer como compañera imprescindible en el infortunio y la enfermedad, sin importar la condición del hombre.

Tania Zapata Ortega

2020-03-23
Ciudad de México

Un ejemplo sintético de las ideas de Juan Ruiz de Alarcón (Taxco, Nueva España, 1581 – Madrid, España, 1639) en torno al rol femenino se encierra en el Tercer acto de Todo es ventura.

No reina en mi corazón

otra cosa que mujer,

ni hay bien a mi parecer

más digno de estimación.

Así comienza Tristán, personaje de esta comedia de caracteres, el famoso parlamento compuesto, como toda la obra, en versos octasílabos y comúnmente citado con el título “Loa y defensa de las mujeres”. El autor pone en boca de uno de sus personajes la idea de que la mujer ocupa el sitio más elevado entre los “bienes terrenales”; si bien no deja de considerarla objeto –y no sujeto– de estimación, hace a un lado la condena medieval a la maldad femenina, aunque esta valoración no se aparte demasiado de los tópicos de la poesía cortesana de los siglos precedentes; y tampoco los versos que siguen, en los que refrenda la tradición de equiparar la belleza de su amada con fenómenos naturales dignos de admiración, como la primavera y el amanecer; comparación que, por lo demás, se ciñe a los cánones de la época.

¿Qué adornada primavera

de fuentes, plantas y flores;

qué divinos resplandores

del sol en su cuarta esfera;

que purpúreo amanecer,

qué cielo lleno de estrellas

iguala a las partes bellas

del rostro de una mujer?

Pero si en los versos anteriores ya se notaba un ablandamiento de la misoginia medieval, en los siguientes se aprecia una novedad: el poeta considera a la mujer como compañera imprescindible en el infortunio y la enfermedad, sin importar la condición del hombre.

¿Qué regalo en la dolencia,

en la salud qué contento,

qué descanso en el tormento

puede haber sin su presencia?

Cercano ya de su fin,

un monje santo decía

que solo mejoraría

oyendo el son de un chaplín.

¡Y era santo! ¡Mira cuál

será en mí, que soy perdido,

el delicado sonido

de un órgano de cristal!

Enseguida, Ruiz de Alarcón desliza un argumento religioso, al sostener que incluso Adán prefirió acarrear sobre sí la condena divina antes de contradecir a Eva, con todo y que en el paraíso no había otro hombre que se la disputara.

¿Sabes lo que hecho de ver?

Que el primero padre quiso

más perder el paraíso

que enojar a una mujer.

¡Y era su mujer! ¿Qué hiciera

si no lo fuese? ¡Y no había

más hombre que él! ¿Qué sería

si con otro irse pudiera?

Porque con la competencia

cobra gran fuerza Cupido.

–¡Triste de mí, que he tenido

de esa verdad experiencia!

Así planteado el asunto, y habiendo reconocido que no es superior en osadía y fuerza de voluntad al primer hombre, un novohispano Ruiz de Alarcón reniega elegantemente de la misógina poesía cortesana de vituperio, con la que algunos poetas solían desquitarse de los rechazos reales o imagnarios, pintando a mujeres de todas las condiciones sociales como feas, sucias o promiscuas.

–Según eso, ¿cómo quieres

que yo, que tanto las precio,

entre en el uso tan necio

de injuriar a las mujeres?

Que entre enfados infinitos

que los poetas me dan,

 no es el menor ver que están

todos en esto precitos...

La murmuración afean

y siempre están murmurando;

siempre están enamorando

e injurian a quien desean.

Y acto seguido completa el argumento diciendo que si las mujeres son inconstantes en el querer, no son distintas a cualquier hombre antes profundamente enamorado, que muda fácilmente sus afectos.

¿Qué es lo que más condenamos

en las mujeres? ¿El ser

de inconstante parecer?

Nosotros las enseñamos;

que el hombre que llega a estar

del ciego dios más herido,

no deja de ser perdido

por el troppo varïar.

En esta condena a la poesía de vituperio coincide su coterránea, la genial Juana Inés, que en la misma época diría: Con el favor y el desdén / tenéis condición igual, /quejándoos, si os tratan mal, /burlándoos, si os quieren bien. Si la condena a las mujeres es por su avaricia, tampoco son los hombres ajenos a este defecto; y no se puede culpar a las mujeres por acceder fácilmente o mostrarse esquivas a los requerimientos masculinos.

¿Tener al dinero amor?

Es cosa de muy buen gusto;

o tire una piedra el justo

que no incurre en ese error.

¿Ser fáciles? ¿Qué han de hacer

si ningún hombre porfía,

y todos al cuarto día

se cansan de pretender?

¿Ser duras? ¿Qué nos quejamos,

si todos somos extremos?

Difícil lo aborrecemos

y fácil no lo estimamos.

La mujer no es ya demonio o súcubo; pero un tanto arrepentido de este “feminismo del Siglo de Oro”, el dramaturgo retrocede en su implícito reconocimiento de la igualdad entre hombres y mujeres, afirmando que los hombres son “maestros” de “tan hermoso animal”.

Pues si los varones son

maestros de las mujeres,

y sin ellas los placeres

carecen de perfección,

mala pascua tenga quien

de tan hermoso animal

dice mal, ni le hace mal,

y quien no dijiere: ¡Amén!