¿Quién es Rodolfo Livingston?

Se trata de la lección de una lógica y una estética distintas con la que Rodolfo Livingston nos muestra que las bellas construcciones no son –ni deben ser–  exclusivas de los dueños del dinero.

Jenny Acosta

2020-03-24
Ciudad de México

Cuando en México alguien quiere hacer cambios en su casa, lo normal es que el interesado contrate a un maestro albañil o a un arquitecto para que ejecute y elabore el proyecto. Es decir, la iniciativa y su solución son individuales. En Cuba, el proceso es totalmente distinto.  Si una persona desea modificar o construir su vivienda, cuenta con un despacho de arquitectos que está a su servicio: arquitectos de la comunidad.

Quien piense que este organismo público le diseñará una construcción idéntica a muchas otras más, comete un gran error. El programa de esta institución dice explícitamente: “Si se parte de la individualidad de cada persona y, por tanto, de las características de cada familia, se puede concluir que cada problema, aún con similares manifestaciones requiere diferentes repuestas, lo que elimina la posibilidad de proyectos típicos para personas abstractas, de soluciones prefijadas o repetitivas”.

Como puede verse, no se trata de unificar, sino de plantear soluciones correctas para cada caso individual o familiar con el propósito de brindar un buen servicio de bajo costo y la ejecución de una propuesta artística que no caiga en la ostentación.

Uno de los grandes creadores de este programa fue el arquitecto Rodolfo Livingston. Nació en Argentina y estudió esta disciplina en la Universidad de Buenos Aires. Tras los sucesos de Playa Girón, se trasladó a Cuba y, durante dos años, conoció los planes y acciones de la Revolución Cubana. Fue entonces cuando decidió ayudarla y surgió el proyecto Arquitectos de la comunidad. Livingston y Selma Díaz, arquitecta cubana, se encargaron de difundir el programa mediante la impartición de clases a los arquitectos que lo materializarían en toda la isla. La propuesta estructural de Livingston destaca por dos razones:

1) Se trata de una arquitectura que busca romper con la monotonía normalizada por el modelo capitalista en las construcciones populares: casas iguales, pequeñas, con una forma determinada de funcionalidad acotada y simple, que en nada se parece a los edificios de las grandes compañías multinacionales o las residencias de los dueños de éstas.

2) La de Livingston es una propuesta que considera las necesidades del individuo sin que su materialización implique costos elevados. Esto se logra con la reflexión en el sentido humanista y artístico que tiene la arquitectura: diseñar y construir no para obtener ganancias, sino para satisfacer las necesidades de individuos que, además de cómodos, desean sentirse a gusto en el lugar donde habitan y duermen.

Con esta trayectoria artística, uno esperaría que el nombre de Rodolfo Livingston resonara en los grandes foros de la arquitectura mundial; pero tal cosa no sucede. Y no ocurre así porque él ha decidido hacer de su profesión una trinchera contra la construcción capitalista, darle a la arquitectura un giro humanista y ponerla al servicio de los pobres. Se trata de la lección de una lógica y una estética distintas con la que Rodolfo Livingston nos muestra que las bellas construcciones no son –ni deben ser–  exclusivas de los dueños del dinero.