Sanciones el nuevo orden económico imperial

El bloqueo comercial, las sanciones económico-financieras, la “congelación” de activos y el embargo de cuentas a funcionarios son medidas extraterritoriales arbitrarias, ilegales y beligerantes.

Nydia Egremy

2020-03-23
Ciudad de México

La aplicación extraterritorial de medidas comerciales y financieras contra diversos países, con lo que busca eliminar su resistencia económica e incitar protestas ciudadanas internas contra sus gobernantes han sido una práctica sistemática del imperialismo estadounidense desde la segunda mitad del Siglo XX. El criminal y genocida bloqueo contra Cuba, las sanciones de Barack Obama contra Rusia, el persistente castigo intracapitalista contra Venezuela y el implacable asedio bélico-financiero contra Irán son ejemplo de esa tenaz ofensiva. Sin embargo hoy, cuando aumenta la visión de un mundo multipolar, la lupa del tiempo evidencia el fracaso de estas acciones coercitivas.

El bloqueo comercial, las sanciones económico-financieras, la “congelación” de activos y el embargo de cuentas a funcionarios son medidas extraterritoriales arbitrarias, ilegales y beligerantes. Usadas con un criterio políticamente intimidatorio –como el bullying, el abuso del más fuerte contra otros, cuando no logra sus objetivos– son las armas más recurrentes del imperialismo de Estados Unidos (EE. UU.) y sus aliados contra gobiernos que no se le someten. Esta práctica debe ser condenada y detenida.

Cuba, Norcorea, Irán, Siria, Venezuela, Rusia y Turquía son siete naciones bajo el impacto de esta guerra de baja y mediana intensidad de EE. UU. Para desviar la atención, el perpetrador usa a su desinformadora prensa para justificar esta política coercitiva con el argumento de que el imperialismo “lucha por la democracia” o adopta “medidas antidictatoriales”. Al capital trasnacional corporativo, que puja por el libre comercio y la apertura de comercios, no le preocupa que millones de personas queden sin acceso a alimentos, medicinas, materiales, repuestos e insumos básicos. Éste es el nuevo orden económico imperial.

Resulta paradójico que, ante la práctica generalizada de incautar cuentas a individuos y gobiernos en bancos estadounidenses o europeos, el Departamento del Tesoro de EE. UU. no rinda informes de su manejo y destino ni a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), ni a sus socios imperiales. Es decir, se trata de un robo a luz del día.

Bloqueo, la barbarie

El bloqueo económico contra Cuba es una de las agresiones unilaterales más arteras del imperialismo de EE. UU. de la historia universal contemporánea. Es la práctica del sistema de sanciones más injusto, severo y prolongado aplicado contra un país y la más condenada en la ONU. Representa, por su naturaleza y objetivos, una amenaza permanente contra la estabilidad de Cuba y la que mejor retrata la esencia criminal del capitalismo.

De 1960 a 2019, los daños acumulados por el bloqueo en cifras actuales suman 138 mil 843 millones de dólares (mdd). Al considerar la depreciación del dólar contra el valor del oro en el mercado internacional, los perjuicios contra Cuba se cuantifican en más de 922 mil 630 mdd. En términos vitales y de derechos humanos, el bloqueo ya causó daños humanos incalculables, además de representar el principal obstáculo para el desarrollo económico del pueblo cubano.

En 60 años, más del 77 por ciento de la población de La Isla nació y creció bajo ese cerco económico y, entre 2018 y 2019, esta represalia contra el socialismo cubano se fortaleció hasta causar pérdidas por cuatro mil 343 mdd.

Con arrogancia y desprecio, el gobierno de EE. UU. ha ignorado las 27 resoluciones de la Asamblea General de la ONU que han condenado el bloqueo, así como la voz de los Estados nacionales que han pedido el cese de esa genocida política. El eventual acercamiento entre Cuba y EE. UU., pactado el 17 de diciembre de 2014, no acabó con esa red de sanciones y volvió a endurecerse con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca.

Están por contabilizarse el impacto de las restricciones al sistema bancario cubano impuestas por 140 bancos extranjeros, así como las multas de EE. UU. a compañías de terceros países por violar ciertos aspectos de esa sanción. Además de las limitaciones de viajes, la filosa estrategia anticubana evita el acceso de La Habana a divisas internacionales.

El bloqueo, ilegal ante el derecho internacional, viola los principios de la no intervención, no injerencia en asuntos internos, la libertad de comercio y navegación mundiales. Cínico, el secretario del Tesoro de EE. UU., Steve Mnuchin, declaró: “Estamos frenando el mal comportamiento del gobierno cubano, mientras continuamos apoyando al pueblo de Cuba que tanto sufre”.

Un ángulo del bloqueo es el deterioro de la aviación cubana, como lo mostró el accidente del Boeing 737, que dejó más de 100 muertos en mayo de 2018. “A pesar de que las resoluciones de la ONU lo califican de barbarie, el bloqueo es una reliquia de la Guerra Fría, que despiadadamente persigue a un pueblo empobrecido al que se le ha cortado el financiamiento internacional”, escribió recientemente el analista Finian Cunninham.

El cerco de 60 años contra el socialismo cubano no ha impedido el admirable desarrollo en niveles de salud y educación de una población de 11 millones. “Ese estrangulamiento ha dejado un rastro oneroso”, concluyó Cunninham.

Pero Cuba es también importante en este año electoral de EE. UU. A la pregunta de Anderson Cooper, de CNN, sobre Cuba, el senador Bernie Sanders, respondió: “Es injusto decir que ahí todo está mal. Cuando Fidel Castro llegó al poder, ¿sabe lo que hizo? Un programa de alfabetización masiva”.

Acoso a Venezuela

La recuperación de la soberanía venezolana, que consumó la Revolución Bolivariana del presidente Hugo Chávez, encendió las alertas en los centros capitalistas. La autodeterminación de esa nación sobre sus riquísimas reservas del crudo de mejor calidad, le permitió usar sus ingresos como arma diplomática. Ese acto geopolítico activó la estrategia imperial antichavista, que después se fortaleció contra la gestión de Nicolás Maduro.

Ilegales y toleradas

Para el derecho internacional, las “sanciones internacionales” son decisiones políticas que integran el esfuerzo diplomático de gobiernos y organismos regionales o internacionales contra Estados u organizaciones para proteger sus intereses de varias naciones. Su vigencia es temporal hasta que el objetivo perseguido es alcanzado.

Sin embargo, solo el Consejo de Seguridad de la ONU tiene el mandato de la comunidad internacional para aplicar sanciones, las cuales deben ser avaladas por todos los miembros de la organización (artículos 41º y 2.2 de la Carta de Naciones Unidas). Esas medidas no deben confundirse con las sanciones unilaterales de países en particular, cuyos jefes de gobierno o Estado las aplican para conseguir sus intereses estratégicos a partir de la severa coerción comercial, guerra económica o preludio de guerra armada.

Barack Obama y Donald Trump levantaron un muro de sanciones multidimensionales que el pueblo venezolano califica como “medidas coercitivas unilaterales” (MCU), respaldadas por órdenes ejecutivas del gobierno estadounidense. Los números 13692-2015 declaran a Venezuela como “amenaza inusual y extraordinaria” para la Seguridad Nacional y política exterior de EE. UU. La 13808-2017 prohibe al sistema financiero internacional operar en compra, venta, negociación o renegociación de la deuda venezolana.

La 13827-2018 busca impedir el desarrollo del Petro, la criptomoneda del país. La 13835-2018 prohíbe el cobro de cuentas y otras operaciones de Venezuela en EE. UU. La 13884-2019 decreta el bloqueo de todas las propiedades del Estado venezolano en ese país y, por último, la 13857-2019 bloquea los activos de Petróleos de Venezuela (Citgno).

Por ello, el 13 de febrero, el gobierno bolivariano denunció a EE. UU. ante la Corte Penal Internacional por los graves delitos implicados en el cerco económico contra los venezolanos. Caracas sostiene que, al menos desde 2014, esos actos constituyen crímenes de lesa humanidad porque impactan en el alza de la mortalidad, dañan el suministro de bienes, servicios y reducen los ingresos del Estado con la expropiación de sus activos petroleros en el comercio internacional.

Por ello en agosto pasado, al criticar la injerencia estadounidense en ese país, el analista Max Blumenthal consideró “sociópatas” a las sanciones de Obama y Trump. En noviembre, Blumenthal afirmó que el acoso de EE. UU. no es benéfico para nadie y argumentó: “Cuando sacrificas un liderazgo de izquierda imperfecto, obtienes la dictadura derechista perfecta”.

Sin atender esas razones y obstinado en evitar la resistencia antihegemónica, el titular del Tesoro afirmó que limitar las remesas y transacciones de Cuba era “en represalia por el apoyo de la isla al gobierno de Nicolás Maduro”. El 21 de octubre, EE. UU. endureció más las sanciones a Venezuela “porque impactan en Cuba”.

Furia contra Irán

Occidente renovó el castigo financiero-comercial que mantiene contra Irán desde 1979, cuando la Revolución Islámica derrocó a su aliado y dictador, el Sha Mohamed Reza Pahlevi. Por más de 40 años, millones de iraníes han sufrido ofensivas militares, agresiones políticas y bloqueos comerciales. Sin pudor ni rubor, gobiernos demócratas y republicanos estadounidenses han sostenido esa política de agresión.

Desde 2015, tras salir del Acuerdo Nuclear, Donald Trump intensificó sus acciones contra la seguridad y vida de 83 millones de iraníes y sus recursos estratégicos. Además de frenar las exportaciones de crudo, las sanciones sabotearon la compra de aviones Boeing y Airbus por casi 40 mil mdd.

A la par, los respaldaron otros grupos, supuestamente apolíticos, como la principal entidad mundial contra el blanqueo de capitales. El Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), restableció sanciones contra Irán mediante el uso de una falacia: que Teherán no aplicó las medidas de combate a la financiación terrorista.

En febrero pasado ocurrió una nueva escalada cuando EE. UU. bloqueó cuentas financieras de cinco funcionarios electorales, entre ellos el religioso musulmán Ahmad Yamati por, supuestamente, impedir la participación de opositores del ayatola Alí Jamenei. Por ello, el vocero del Ministerio de Exteriores iraní, Abás Musavi, consideró que esa acción contra la institución electoral refleja la desesperación y frustración.

Esta agresiva política ocasionó el fallecimiento de incontables iraníes, pues EE. UU. impide su acceso a fármacos y alimentos, explicó el representante de la humanitaria Fundación Barakat. Para la escritora iraní Soraya Sepahpour, este “terrorismo sancionatorio” es un signo perturbador de una era sin ley, donde el mundo ve a Washington imponer sanciones como arma coercitiva para subyugar a otros por sus intereses geopolíticos.

El gran sabotaje

Si se hiciera una lista mundial de las acciones delictivas más numerosas y frecuentes, EE. UU. figuraría en color rojo, por su agresivo despliegue bélico y los actos de sabotaje de sus agencias de inteligencia para conquistar territorios, apropiarse de recursos y someter a las naciones bajo su hegemonía. En contraste, destacaría la vocación humanista de la Revolución Cubana, traducida en las múltiples misiones extranjeras con más de 42 mil médicos que cooperan en no menos de 64 países para restablecer la salud de millones de personas; entre las que se encuentran los damnificados por el sismo en Haití y la erupción volcánica en Guatemala; los beneficiarios de operaciones visuales en 23 países del Caribe o su valiente participación contra el ébola, en África Occidental.

Sin embargo, para subvertir el orden político en La Isla, el Departamento de Estado de EE. UU. desplegó una feroz campaña de desinformación que presenta ese gran esfuerzo médico del país bloqueado como una forma, por la que “Cuba practica la trata de personas y la esclavitud”. Esta falacia, que por supuesto carece de sustentos judiciales, estadísticos y científicos, es difundida por la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo (USAID).

La cancillería cubana denunció y condenó esa nueva agresión y explicó que la USAID, mediante un programa que financia acciones y búsqueda de información, pretende desacreditar la solidaridad médica cubana que beneficia a cientos de millones de personas, hecho reconocido por la OMS.

Rusia: el objetivo

La crisis con Ucrania, motivada por la ambición occidental de quitar a Rusia la exrepública soviética más poblada y rica, resultó en fuertes sanciones económico-financieras contra el gobierno, individuos, empresarios y funcionarios de Rusia. Entre 2014 y la mitad de 2016, Moscú perdió casi 170 mil mdd y otros 400 mil millones por regalías en hidrocarburos. Donald Trump agudizó las sanciones en agosto de 2018 y causó pérdidas a Rusia equivalente a casi el 1.5 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

La Unión Europea (UE), Canadá, Australia, Noruega y organismos internacionales respaldaron a EE. UU, pero se opusieron Italia, Hungría, Grecia, Francia, Chipre y Eslovaquia. El Kremlin, contrario a una confrontación, respondió con medidas-espejo que incluían prohibición total de importaciones alimentarias de los agresores.

La decisión de Crimea en torno a adherirse a Rusia fue insoportable para Occidente, que sancionó a la península al prohibirle la “venta, suministro, transferencia y exportación” de bienes y tecnología, incluidos el sector turístico e infraestructura. También vetó el paso de cruceros turísticos en siete puertos de Crimea; dejaron de prestar servicios Visa y MasterCard.

Con esas medidas, Occidente contribuyó al colapso del rublo y la crisis financiera (2014-2015); pues su campaña de desinformación ocasionó la pérdida de confianza de inversores extranjeros en la economía rusa. No obstante, por el efecto boomerang, la UE perdió casi 150 mil mdd. El punto de inflexión fue cuando los europeos no apoyaron a EE. UU. en las sanciones contra el gasoducto ruso Nord Stream2, debido a su enorme dependencia energética hacia Moscú.

Al condenar las sanciones “por ser una forma de genocidio”, el Ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, afirmó que EE. UU. las usa para proyectar sus intereses nacionales a expensas de otros.

Turquía

Poner a Turquía en la misma lista de países bajo castigo como Rusia, China e Irán no parece una política exterior coherente. Sin embargo, eso hizo la Casa Blanca al imponer aranceles al acero y el aluminio turco, lo que provocó el desplome de su moneda, la lira. Esa medida respondió a la detención de año y medio del pastor estadounidense Andrew Brunson en 2018. La acción turca intentaba presionar a Washington para extraditar al clérigo islámico Fethullah Gülen, acusado por el intento de golpe contra el presidente. Ante esa acción, Turquía advirtió que era momento de “buscar nuevos amigos”. En octubre de 2019, en busca de aliados contra Siria, Trump ordenó levantar las sanciones a tres ministros turcos.