Cinco poetisas mexicanas

Decir “poetisas mexicanas” y pensar en la genial Sor Juana es automático. Y no importa si somos conscientes de que antes de ella, una multitud de brillantes espíritus femeninos hubieron de condenarse al silencio para salvar la vida.

Tania Zapata Ortega

2020-03-09
Ciudad de México

Las historias de la literatura han consignado solo excepcionalmente las voces femeninas y casi siempre cuando la fuerza y belleza de sus creaciones hizo imposible ignorarlas. Esta omisión de la obra de tantas mujeres es reflejo de relaciones económicas que se reflejan en opresión sexual. Sin embargo, aquí y allá, negándose siempre a ser silenciadas, a través del tiempo, mujeres de todo el mundo han logrado trascender a los impedimentos sociales; gracias a ello, hoy podemos ver, a través de sus ojos, el mundo que les tocó vivir, sus inquietudes, sufrimientos y los muros que rompieron para dejarnos su mensaje.

La primera mujer que citaremos es la princesa Macuilxochitzin, hija del Azteca Tlacaélel; por pertenecer a la nobleza mexica, recibió una esmerada educación; por eso no es extraño que en el único poema que se le puede atribuir con certeza, cante una hazaña bélica de su padre y agradezca por ella al “Dador de la vida”, sin que por ello deje de reflexionar en torno al papel de su canto en el mundo de los vivos:

Elevo mis cantos,

Yo, Macuilxóchitl,

con ellos alegro al Dador de la vida,

¡comience la danza!

¿Adonde de algún modo se existe,

a la casa de Él

se llevan los cantos?

¿O solo aquí

están vuestras flores?,

¡comience la danza!

Decir “poetisas mexicanas” y pensar en la genial Sor Juana es automático. Y no importa si somos conscientes de que antes de ella, una multitud de brillantes espíritus femeninos hubieron de condenarse al silencio para salvar la vida. ¿En perseguirme, mundo, qué interesas? / ¿En qué te ofendo, cuando solo intento / poner bellezas en mi entendimiento / y no mi entendimiento en las bellezas?, dice en uno de sus sonetos más famosos, que denuncia la censura que ya se cernía sobre ella. Pronto, el obispo Manuel Fernández de Santa Cruz, bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, conminaría a la poetisa a abandonar las letras; el “Fénix de los Ingenios” le respondería, acarreando sobre sí la orden del Santo Oficio de abandonar para siempre las letras:

“Y, a la verdad, yo nunca he escrito sino violentada y forzada y solo por dar gusto a otros; no solo sin complacencia, sino con positiva repugnancia, porque nunca he juzgado de mí que tenga el caudal de letras e ingenio que pide la obligación de quien escribe; y así, es la ordinaria respuesta a los que me instan, y más si es asunto sagrado: ¿Qué entendimiento tengo yo, qué estudio, qué materiales, ni qué noticias para eso, sino cuatro bachillerías superficiales? Dejen eso para quien lo entienda, que yo no quiero ruido con el Santo Oficio, que soy ignorante y tiemblo de decir alguna proposición malsonante o torcer la genuina inteligencia de algún lugar. Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino solo por ver si con estudiar ignoro menos (…) El escribir nunca ha sido dictamen propio, sino fuerza ajena; que les pudiera decir con verdad: Vos me coegistis. Lo que sí es verdad que no negaré (lo uno porque es notorio a todos, y lo otro porque, aunque sea contra mí, me ha hecho Dios la merced de darme grandísimo amor a la verdad) que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras, que ni ajenas reprensiones –que he tenido muchas–, ni propias reflejas –que he hecho no pocas–, han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí”.

Distintos peligros hubo de enfrentar nuestra siguiente invitada a esta Tribuna. Muros de orden económico, cultural, espiritual, no consiguieron impedir (aunque Octavio llorara). Que Elena Garro (1916-1998), con su voz rebelde, irreverente, contestataria, rechazara el papel que la misógina sociedad de su tiempo le había asignado y rompiera el silencio, legando a las mujeres del futuro este reto:

A mi sustituta en el tiempo

Cuando ya solo quede de mi pie

 el eco en las aceras

 cuando de mis ojos solo la torre

 que miraron

 y de mi lengua ni una palabra girando

 en un oído

 cuando solo los signos escritos en el aire

 por mis manos

 cuando en el mar solo el perdido golpe

 de las olas

 y de esta lágrima no quede rastro

 en la memoria

 todavía tú, amiga, que me esperas

 más allá de este tiempo

 encontrarás mi enojo,

 mi enojo porque

 han vuelto

 tan inútil este mundo.

De: Cristales de tiempo

Su repentina muerte impidió a Rosario Castellanos (1925-1974) enfocar sus fuerzas hacia la autoconstrucción de la individualidad femenina expresada en el bellísimo poema Meditacion en el umbral, publicado ahora en nuestra seccion de poesía y que rechaza la imposición de estereotipos. En el siguiente fragmento confiesa una parte de las motivaciones para crear la obra multidisciplinaria, imprescindible para entender el feminismo en nuestro tiempo.

Entrevista de prensa

Pregunta el reportero, con la sagacidad

que le da la destreza de su oficio:

–por qué y para qué escribe?

–Pero, señor, es obvio. Porque alguien

(cuando yo era pequeña)

dijo que la gente como yo, no existe.

Porque su cuerpo no proyecta sombra,

porque no arroja peso en la balanza,

porque su nombre es de los que se olvidan.

Y entonces… pero no, no es tan sencillo.

 

Escribo porque yo, un día, adolescente,

me incliné ante un espejo y no había nadie.

¿se da cuenta? El vacío. Y junto a mi los

otros chorreaban importancia.

De: Poesía no eres tú

A mí me ha dado en escribir sonetos / como a otros les da en hacer sonatas / lo mismo que si fueran corcholatas / etiquetas, botones o boletos… dice Guadalupe Amor (1918-2000) del momento mágico en que empezó a escribir. Provocadora, escandalizante, junto a su amplio círculo de amistades artísticas llenó la vida cultural de la Ciudad de México en su juventud. Y cerramos esta vez con lo que dice en gozosa apreciación de sí misma:

Shakespeare me llamó genial

Lope de Vega, infinita

Calderón, bruja maldita

y Fray Luis la episcopal

 

Quevedo, grande inmortal

y Góngora la contrita

Sor Juana, monja inaudita

y Bécquer la mayoral

 

Rubén Darío, la hemorragia;

la hechicera de la magia

Machado, la alucinante.

 

Villaurrutia, enajenante

García Lorca, la grandiosa

y yo me llamé la Diosa.