De la necesidad de transformación al fanatismo político

Hoy, nuestro país saca a relucir su lado más fanático e irracional. En el empeño de defender la esperanza profetizada en el “salvador”.

Abentofail Pérez

2020-02-23
Ciudad de México

El fanatismo, la expresión más absurda de la fe, ha sido, en distintas épocas de la historia, el refugio de la felicidad que surge de la ignorancia. La Edad Media fue el ejemplo más evidente de los efectos de la ignorancia que las élites inculcaban al pueblo. Durante más de mil años se persiguió a todo aquél que se atreviera a pensar diferente; se le condenaba a las torturas y vejaciones públicas más viles; se acusaba de tener tratos con el diablo o con algún ser sobrenatural a quienes hacían uso de la razón; porque, de otra forma, no se explicaba su sometimiento absoluto a los imaginarios mundos de la fe. De esta manera nacieron los Faustos y las brujas que, en esa época de oscuridad e idolatría, fueron símbolos del pensamiento y la razón.

Se pensaba que esa época de ignorancia y oscurantismo había fenecido hace más de 500 años, cuando la luz de la razón impuso el pensamiento sobre la fe y el lema kantiano sapere aude sustituyó el creer por el saber. Hoy, sin embargo, la realidad ofrece pruebas suficientes de que ese fenómeno de enajenación se ha superado por el fanatismo moderno en muchos sentidos.

La ideología ha sido siempre un arma de dominación usada por las clases dominantes, pero el capitalismo la ha transformado en su arma predilecta. El control de las ideas sustituye, por su eficacia, al control coercitivo de los hombres; las redes sociales y la Internet son el medio perfecto para propagar las ideas de la clase en el poder.

México, como todos los países del orbe, es víctima de este proceso de sometimiento ideológico; sin embargo, por el proceso histórico que atraviesa tiene características que lo hacen todavía más propenso a sufrir los efectos del fanatismo. Durante los más de 300 años de colonización, la Iglesia Católica, arraigó sus ideas en cada momento de la vida cotidiana. La creencia cristiana en el “salvador” se consolidó en la idiosincrasia del mexicano, quien hoy en día es uno de los pueblos más creyentes del mundo, a pesar de que la nueva bandera del capitalismo ha transformado a los fanáticos religiosos en fanáticos del escepticismo y la indiferencia. Las tres centurias de dominación ideológica no pueden obviarse con solo tratar de entender la conducta política de las grandes masas, pues la historia no es un ente muerto que almacene hechos, sino un proceso vivo que se expresa en todo momento, aun cuando no se le entienda ni se le conozca.

Hoy, nuestro país saca a relucir su lado más fanático e irracional. En el empeño de defender la esperanza profetizada en el “salvador”, se han formado verdaderas legiones de defensores del obradorismo que se obstinan en desconocer la realidad y cualquier fenómeno objetivo que demuestre la inutilidad y el fracaso de la política del proclamado mesías. El chairismo, como coloquialmente se conoce al fanatismo lopezobradorista, no es esencialmente incorrecto por su forma, sino por su contenido. Apasionarse por una idea y defenderla es propio de la condición humana, pero defender una idea cuyo contenido se ha demostrado erróneo y que, además, a cada paso en la realidad, demuestra lo equivocado de su planteamiento, es propio de fanáticos. Otra característica de este fenómeno de enajenación, provocado por la necesidad de la esperanza ideológicamente encausada por el poder político, es el odio venal a los críticos del partido político en el poder. Cualquier crítica, por muy bien estructurada y elaborada que esté, es recibida por las hordas morenistas como un ataque personal y refutada no con argumentos, sino con rabia, insultos y calumnias, siguiendo la estrategia de su mesías. Finalmente, y como un último ejemplo de este fenómeno político, aparece la defensa a ultranza de un líder cuyo acceso al poder se debió a la ausencia de otras alternativas, no a sus propuestas de solución y que cada día confirma las críticas de sus detractores que en él observan una ignorancia supina como figura presidencial; pero lo peor de todo es que este señor está imitando al emperador romano Calígula quien, en su delirio de poder, se sentía Dios, creía lo que sus hordas gritaban y al pararse frente al espejo no se veía tal como era, sino como sus feligreses lo habían pintado.

Este momento de enajenación y fanatismo vive nuestro país y si no queremos que la realidad sea la que despierte con crudeza a los encantados, es preciso comenzar a despertar conciencias.