CÉSAR BRAÑAS

Poco antes de su muerte, legó su biblioteca y su casa a la Universidad de San Carlos. Falleció el 22 de febrero de 1976. 

Redacción

2020-02-10
Ciudad de México

Nació el 13 de diciembre de 1899 en la Antigua Guatemala. Novelista, poeta, periodista y crítico literario. Estudió en el Instituto Nacional Central para Varones y ahí comenzó a escribir sus primeros artículos en las revistas Semanario, El Pabellón Escolar y El Independiente. Junto a Rafael Arévalo Martínez, Carlos Wyld Ospina, Luz Valle y el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob fundaron el periódico El Imparcial. En este medio cultivó la poesía, la prosa, la novela, el cuento, el ensayo filosófico, la critica literaria y la crónica periodística y fue reconocido como uno de los más destacados colaboradores de la literatura guatemalteca del Siglo XX. Publicó varios libros de poesía entre los que destaca Viento negro (1938), Figuras en la arena (1941), El lecho de Procusto: sonetos baladíes (1943), Zarzamoras (1957), Jardín murado (1957) y El carro de fuego (1959). En 1947 fue reconocido como “hijo predilecto de Guatemala”. Poco antes de su muerte, legó su biblioteca y su casa a la Universidad de San Carlos. Falleció el 22 de febrero de 1976. 

Pensamiento después del cine

Con violetas de los cinematógrafos en las ojeras

y nostalgia de estanque en los ojos,

de estanque con lotos,

definitivamente en el amor naufragas,

isla flotante de pluma y nardo

en un mar de cabezas desoladas

y de huraños deseos.

Haces pensar nómade y frágil en mis manos y tan remota

en los caballos de las películas

que corren, que corren, que corren

miles de miles de millas de celuloide

para salvarte,

para salvarte del rapto de los bandoleros

que te llevan en el pavés de sus deseos,

y entregarte al fin incólume

como el sueño de una niña de cristal y malva

al héroe impecable de las películas.

 

Haces pensar en los peligros erizados de montañas,

de montañas de cartón que en las películas

sorprenden con minas de secretos y bandidos galantes,

aptos para el aplauso en flor de la galería.

Haces pensar en los incendios de bosques,

que se apagan en un beso de salvamento,

y en los raudales en que se precipita

la fuga de una barca perseguida

que a los pies del milagro se detiene,

y en las carreras de aeroplanos

que hincan certeras flechas de aluminio

en el corazón espeluznante del vacío,

y en las locomotoras que pasan

sobre las cabezas encogidas de los espectadores

laminando un grito de ficticias muertes.

 

Te desvaneces en un suspiro

y en un relámpago te amplías,

te amplías desmesuradamente como la muerte.

El brazo, para ceñirte, circunvala el mundo.

La luz, para recrearte,

se tortura en los obturadores burlando vigilancias

de directores siniestramente irreales.

­Marchas a mi lado y no te siento,

marchas a mi lado y no te siento,

urdida mentira de los cinematógrafos,

viviente solo a clareadas de luz y azogue:

en el deseo florecido,

Y en la instantánea retina del recuerdo.

Pasos de la búsqueda

I

En la tierra desnuda te he buscado,

en caminos, montañas, bosques, ríos,

en amargos inviernos y en estíos,

en mi vida, en la vida, te he buscado.

En las mañanas de oro te he buscado,

y en los vagos crepúsculos vacíos,

en el vuelo de pájaros tardíos,

de nubes y de estrellas, te he buscado.

Tu rastro a veces descubrí en la tierra,

en el mar, en el niño y en la rosa,

en todas partes donde te he buscado...

Pero el engaño de mi amor me aterra:

sabe que estás perfecto en cada cosa,

¡y como bien perdido te he buscado!

II

Estás tan alto para mi sentido,

estás tan lejos para mi ansiedad,

que siempre bien perdido te he creído

sin que pueda alcanzarte mi ansiedad.

Veo que otros te encuentran sin empeño,

y otros fingen no verte, sin piedad,

que mis ojos el llanto ciega, y sueño

que te me desvaneces en piedad.

Si escuchara tu voz, tu rastro hallara

y en mi tiniebla tu invención brillara,

¡cómo disiparías mi ansiedad!

Estás ­tan alto y lejos­, en mí mismo

pero tal es la sombra de mi abismo

¡que no entiende tu inmensa claridad!

III

Si a otra vida me voy sin conocerte,

la vida que me des será de muerte,

y en mi perpetua muerte hallaré vida

solo por ver tu imagen presentida.

Por miedo de perderte sin tenerte

mi vida fue de soledad y muerte;

me espanta imaginarla repetida

si no he de conocerte en nueva vida.

Tú de mi ser dispones por entero

y diseñas mi sino venidero

como forjaste mi alentar pasado,

pero has de darme nueva vida y muerte

para que al cabo pueda conocerte

el anhelar que ciego te ha buscado.

Vanidad

La vanidad de mi pequeño nombre

quisiera abandonar en el camino,

que nadie sepa ni recuerde el hombre

que fui en la tierra, oscuro peregrino.

De la fama ignorado y del renombre,

cumplir sencillamente mi destino

y que el lector futuro no se asombre

siquiera del silencio en que me obstino.

Dejar mi verso dócil o impaciente

no codicioso del aplauso ardiente

sino de oculto agrado contenido

como pintor anónimo borrado

en la leyenda de su lienzo amado.

“autorretrato de un desconocido”...

Aprendizajes

Si tuve en los caminos insensato

afán de regresar, y si del viaje

no me quedó sino el amable dato

de algún humilde ocasional paraje;

si el mar me dio tan solo el inm

ediato

goce de la canción de su oleaje,

montaña, cielo y mar en su arrebato

me enseñaron su pítico lenguaje.

Mi aprendizaje fue harto sencillo,

de ciego que no urgió de lazarillo;

cuanto buscaba en mí mismo se escondía;

para cumbres y mar mi desencanto,

para caminos mi melancolía,

¡que todo regresaba, en mí, a mi llanto!