El hombre que corrompió a una ciudad, de Mark Twain (II de II)

Es posible que Twain, amigo de Máximo Gorki y quizás simpatizante de la socialdemocracia europea –la expresión inicial partidista del marxismo– los incluyera para denunciar el múltiple arsenal “no bélico” del sistema capitalista, entre cuyas armas figura

Ángel Trejo

2020-02-10
Ciudad de México

*De cómo la “gran tentación” perdió a Hadleyburg

En una de las páginas iniciales de esta novela Mary Richards, la esposa del cajero del banco local de Hadleyburg, dice unas frases en las que existe la presunción de que la recompensa de 41 mil dólares podía ser una trampa para desenmascarar la codicia e hipocresía en los habitantes de la ciudad, en particular la de los más prominentes: “Yo, Eduardo, creo que la honradez de esta ciudad está tan podrida como la mía, tan podrida como la tuya. Se trata de una ciudad mezquina, cruel, avara y que no tiene más virtud que esta honradez tan célebre y envanecida que si algún día llega a ser sometida a una gran tentación se desplomará como un castillo de naipes”.

Y eso ocurrió precisamente a causa del “forastero misterioso” quien, en esos días, no insistió en probar la “incorruptibilidad inmaculada” de los prominentes de Hadleyburg. Una más de sus maniobras consistió en enviar una misma carta al cajero Eduardo Richards y a los 19 ciudadanos más ricos de la ciudad –con distintos sobres, direcciones y destinarios– en la que reveló el nombre de su presunto benefactor (Goodson) y el texto de la “observación” que éste, supuestamente, le había hecho: “Usted dista de ser un mal hombre: vaya y refórmese”. Todos los receptores, incluido Richards, se asumieron como el “benefactor” de Howard l. Stephenson cada uno, el forastero ahora identificado, y el futuro poseedor de los 41 mil dólares que había en la bolsa.

En el desenlace de su novela, Twain afirma que cuando el reverendo Burguess cotejó uno a uno los textos enviados por los 19 ricachones con el original de Stephenson, descubrió que la “observación-prueba” completa era la siguiente: “Usted dista de ser un mal hombre: vaya y refórmese o bien –recuerde mis palabras– algún día por sus pecados morirá e irá al infierno o a Hadleyburg… trate de que sea al sitio mencionado en primer término”. Esta notoria diferencia exhibió a los “prominentes”, no solo como corruptibles, sino también como mentirosos y codiciosos, quienes debieron soportar las burlas sardónicas y festivas de los demás ciudadanos que jamás habían creído en su prístina honestidad.

Para quienes lean este libro con juicio crítico, la exhibición de los “incorruptibles” debía ser el final lógico de la novela; pero, por alguna razón, Twain incorporó varios elementos que impiden el brutal impacto producido por su desenlace. Éstos fueron: una nueva carta del “forastero” donde niega su existencia, su observación y los 20 dólares; la revelación de que las monedas de oro eran de plomo dorado; la venta de éstas a un ricachón en una subasta y su compra a éste por cuenta de Stephenson para entregar el dinero a Richards. Es posible que Twain, amigo de Máximo Gorki y quizás simpatizante de la socialdemocracia europea –la expresión inicial partidista del marxismo– los incluyera para denunciar el múltiple arsenal “no bélico” del sistema capitalista, entre cuyas armas figura la “filantropía”.