Crisis con México, laboratorio de neofascistas bolivianos

La relación entre Bolivia y México está en “un punto muerto” donde ninguna parte cede en sus posiciones, lo que anticipa una complicada relación diplomática, afirma por su parte, el experto en asuntos internacionales Álvaro del Pozo.

Nydia Egremy

2020-01-18
Ciudad de México

Se veía venir el conflicto. La naturaleza agresiva y el estilo frontal de los golpistas bolivianos, más la incapacidad de maniobra del gobierno mexicano exacerbaron el problema hasta hacer inviable toda mediación. Por esperar una reacción táctica que evitara la escalada del conflicto, nuestra embajadora fue expulsada. Como no se aclaró la posición de México, ni se definieron las acciones de la contraparte, la situación se complicó.

Hasta ahora no se han exigido disculpas a las ofensas infligidas al pueblo y gobierno mexicanos y siguen en riesgo inminente más de 10 mil connacionales en el país andino. Otros países sufrieron desatinos diplomáticos semejantes y es momento de revisar cómo salieron adelante.

Los promotores y ejecutores del golpe de Estado contra el expresidente de Bolivia, Evo Morales, requerían urgentemente un enemigo externo. Y ahí estaba México. Al otorgarle asilo político, nuestro país se convirtió en la pieza que los golpistas necesitaban para legitimarse.

Para caracterizar esta situación, debemos partir de un hecho básico: Ni Jeanine Añez, ni su corte golpista son independientes política, financiera ni ideológicamente. Son absolutamente dependientes del sustento –fundamentalmente en dólares y armas– proporcionados por el Departamento de Estado de Estados Unidos (EE. UU.) y sus aliados de la Unión Europea (UE) y América Latina.

Solo así conseguirán mantener esa actitud abusiva del poder que, desde el dos de noviembre, se traduce en brutalidad policiaca y tortura, perpetrados contra sus connacionales desarmados y ciudadanos de otros Estados. Ése es un rasgo intrínseco de los tiranos.

Colaboradores del terror

Para el historiador Lorenzo Meyer, la cúpula golpista boliviana precisaba de un enemigo, pero que no le hiciera daño. Solo así pondría de su lado a la opinión pública. Pero ante esa necesidad de los usurpadores del gobierno en el país andino, México no debía entrar en ese juego; su respuesta debió ser ignorar la provocación. “Los golpistas bolivianos no son pieza digna de atención”, subrayó el académico el tres de enero.

Cabe recordar que, según especialistas, Áñez, la primera mujer dictadora de América Latina es integrante aguerrida de una agrupación política de adscripción católica que se conduce con principios de extrema derecha.

Pero, en nuestro país, hay personas interesadas en ayudar a quienes hoy ocupan de forma ilegítima el Palacio Quemado en Bolivia. El exsecretario del Trabajo en el sexenio de Felipe Calderón, Javier Lozano, y la sobrina política de ese expresidente, Mariana Gómez del Campo, militante del Partido Acción Nacional (PAN), figuran como simpatizantes activos de los golpistas a través de sus mensajes en Twitter, según publicó, el 1° de enero, el portal Sin embargo.

Por su parte, el ultraderechista partido español Vox, liderado por Santiago Abascal, encontró su espejo fiel en el grupo golpista boliviano. Con el fin de dañar la política de distensión desempeñada por del gobierno de Pedro Sánchez, tras el incidente de Bolivia, Vox declaró que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) subsidió a Evo Morales y exigió una investigación judicial.

El 1° de enero llegaron a Bolivia el diputado y vicepresidente de esa organización de ultraricos xenófobos, Víctor González Coello (de Portugal) y el eurodiputado Hermann Tertsch, vicepresidente del grupo Esquerra Republicana de Catalunya (ECR-derecha) en el Parlamento Europeo. Su objetivo consistía, según Vox, en intercambiar impresiones con “el gobierno de la presidenta Áñez sobre lo ocurrido en la embajada de México”, informó Diego López a El País.

Expulsión espuria

El conflicto Bolivia-México escaló a España y sus diplomáticos en aquel país, de tal forma que el 27 de diciembre visitaron la residencia de la embajadora María Teresa Mercado, donde miembros del gobierno del expresidente Evo Morales hallaron refugio provisional.

Entre ellos figuran los exministros Juan Ramón Quintana, Javier Zavaleta, Wilma Alanaoca y otros exfuncionarios. Todos fueron acusados de “terrorismo” por los golpistas, que alentaron la crisis hasta afirmar que diplomáticos mexicanos llevarían clandestinamente a esos refugiados a un aeropuerto para trasladarlos a la Ciudad de México (CDMX).

Para aplicar las órdenes de aprehensión contra ellos y evitar la supuesta fuga; la policía montó un operativo de vigilancia alrededor de la residencia de la embajadora mexicana. Nuestro gobierno calificó el cerco como “asedio” violatorio de las normas internacionales y diplomáticas, pero la junta boliviana respondió que la aplicó por “varias solicitudes de seguridad” de la embajada mexicana.

El 24 de diciembre se anunció que México turnó su queja a la Corte Internacional de Justicia de La Haya para mediar en la disputa sobre las garantías de asilo a nueve bolivianos. Además, busca que se respete la seguridad de sus sedes diplomáticas por el asedio creciente del gobierno espurio.

En ese contexto, diplomáticos españoles realizaron una visita de cortesía a la embajadora Mercado para evaluar los hechos. Cuando intentaron retornar a su sede, personal de la policía y grupos de civiles enardecidos les cerraron el paso y, ante una provocadora filmación de la que fueron objeto y la acusación de que “presumiblemente iban armados”, decidieron ocultar sus rostros.

Por más de una hora esperaron la autorización de Karen Longaric, quien funge como canciller interina y calificó su presencia en ese lugar como “abuso a la soberanía” de su país y amenazó con elevar su protesta ante la UE, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA).

Horas después, los violentos golpistas declararon non gratos a la embajadora mexicana María Teresa Mercado y a los diplomáticos españoles Cristina Borreguero y Álvaro Fernández. La UE reaccionó contra esa expulsión y calificó la medida como “extrema e inamistosa, que debe reservarse a situaciones de gravedad”. 

España expulsó a tres diplomáticos bolivianos. Tan fuerte fue el mensaje que Áñez (o sus asesores) designó a su vicecanciller, Gualberto Rodríguez, como nuevo Encargado de Negocios ante España. La contundencia española quizás llevó a los golpistas a enviar, casi de inmediato, señales positivas a Madrid; mientras, hacia México, apenas hubo un intento de diálogo.

Errores e insultos

Es necesario caracterizar la actuación del gobierno mexicano frente a esa situación. Una fuente diplomática explica: “Considero que el tema central es el reconocimiento y a eso presiona Bolivia. Pero primero nos metimos en problemas, porque desde la cancillería se aplicó una política al estilo de bomberos-pirómanos”.

El funcionario considera que la relación con Bolivia resulta irrelevante desde siempre, aunque, en este caso, es de temerse que “le lavaron la cabeza a AMLO con este tema, al querer lucir a los mexicanos como líderes, cuando la derrota de Evo es un golpe al sueño de algunos de renacer el ALBA” (Asociación Bolivariana de Países de Nuestra América).

El curso de la crisis mostró también la existencia de enfrentamientos internos en México y el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, halló una oportunidad para resolverlos. En medio de la crisis, la embajadora solo fue un fusible, el hilo más delgado.

La relación entre Bolivia y México está en “un punto muerto” donde ninguna parte cede en sus posiciones, lo que anticipa una complicada relación diplomática, afirma por su parte, el experto en asuntos internacionales Álvaro del Pozo.

Con el fin de ganar adeptos en el más precario estrato intelectual del golpismo en su país, el expresidente de Bolivia y delegado del actual gobierno de facto, Jorge Quiroga, inició una escalada de insultos contra el Gobernante mexicano.

En conferencia de prensa afirmó que el Presidente de México “ha decidido ser el padrino de los tiranos latinoamericanos” y remató: “usted es un cobarde matoncito, porque lo hemos visto pasar vergüenza, arrodillado ante Trump, que le pone exigencias, que lo obliga a deportar centroamericanos y le está metiendo inspectores laborales hasta el baño de su departamento”.

El canciller convocó a la “unidad nacional ante los adjetivos e insultos a México y su Presidente”. No se exigieron disculpas, ni se esgrimieron posibles represalias. Ante las “primitivas” ofensas no hubo capacidad de reacción y, en la cancillería, circularon el retrato y los datos biográficos del ofensor boliviano.

Aquí algunos rasgos notables del personaje. Quiroza Ramírez nació en Cochabamba, en un ámbito socioeconómico y político de ultraderecha; estudió en EE. UU., donde se casó con una estadounidense. Vivió a la sombra del general Hugo Banzer, de quien fue su vicepresidente.

Cuando Banzer debió abandonar el cargo, acusado por crímenes de Estado, Quiroga asumió por un año y meses la presidencia, tiempo que aprovechó para impedir que Banzer fuera juzgado.

Al insultar a un presidente y provocarlo, Quiroga se exhibió para que los golpistas – y sus jefes en el Departamento de Estado–  lo consideraran mejor. Para el exembajador de Bolivia en México Enrique Zapata (1990-1995), la actuación del ofensor “es indigna y explica por qué, en tres ocasiones, ha pretendido ser candidato a la presidencia de su país y ha fracasado”.

En síntesis: México es un laboratorio para esos golpistas y sus sagaces patrocinadores.