Una terrible canción de cuna prehispánica (II de II)

Los hombres combaten cerca de ahí; pero ella también ha entrado en una guerra y por eso es merecedora de pintar su rostro.

Tania Zapata Ortega

2020-01-12
Ciudad de México

Templar el carácter del futuro guerrero mexica era una de las principales preocupaciones de los encargados de su formación inicial; es indiscutible el rol de la mujer en esta etapa, antes de que el niño fuera entregado al complejo sistema educativo que eruditos y antropólogos han descrito y en el que se formaban los hombres destinados al sacerdocio, a la guerra o a desempeñar artes u oficios de gran importancia para la sociedad.

En el Canto de cuna atribuido a Nonohuitzin de Nextenco pueden diferenciarse varios momentos en los que la figura femenina expresa la relación con el infante, al que trata de arrullar en medio del fragor de una batalla. Los hombres combaten cerca de ahí; pero ella también ha entrado en una guerra y por eso es merecedora de pintar su rostro; protege a la criatura a quien todavía no le corresponde presenciar los horrores del enfrentamiento.

Con flores de escudo afeité mi rostro,

con la batalla está humeando mi cintura,

como deseaban los que nos hicieron frente.

Cual flores de guerra se estima mi pintura facial.

Los hombres, oh hermano, oh niñito,

los hombres se convocan.

–¡Ahuizoton, sal!– Ay, tú no saliste.

Todavía no le corresponde al recién nacido acudir a la guerra. En los siguientes versos, el rol femenino corresponde al de la joven hermana mayor de un varón, a quien se le ha encomendado su cuidado.

No salgas, hermanito mío.

Cuando escucho el canto, yo, doncella,

tomo en mis brazos a mi hermanito para llevarlo.

Iremos a ver a Ahuizotl allá donde se cubrió de flores,

el Árbol Florido, y se van a entretejer guirnaldas de flores,

y el canto se desgrana para Ahuizoton.

La madre aparece enseguida, pero es evidente que, siendo su criatura, se subordina al hijo por hallarse éste investido con un rango superior. Es la madre de un noble cumpliendo su rol de hacer que su “niño florido” crezca para bien de la sociedad.

Pienso en ti, mi criatura, oh rey Ahuizotl,

¿no has obrado así acaso, corazón mío?

¿He de olvidar lo mismo tus cantos que tus palabras?

¿No has obrado así, acaso, corazón mío?

Atado niño mío, llevado a cuestas,

que yo te haga bailar, que hayas venido en bien,

florido niño.

Ya los bellos brotes de flores abrirán la corola,

que hayas venido en bien, florido niño,

viene a darte placer el hijo del deseo.

“Varoncito”, llama al niño en la siguiente estrofa; y también “abuelito”, “hermanito” y “compañerito”, rasgo sorprendente por la transversalidad generacional del rol maternal: no importa la consanguinidad ni la ascendencia, todas las mujeres tienen la función de arrullar a los varones menores.

A casa al fin hemos llegado, varoncito mío, abuelito mío,

en mi hamaca has de ser colgado, en nuestra cama,

por Tamoanchan, por la Tierra Florida irás a vagar,

oh, compañerito.

Me pinto el rostro de afeites, oh hermanito mío,

¿cómo me ves, abuelito, hijo del deseo?

Sartales de flores teje mi pintura.

Blancas flores perfumadas entrelazan mis manos de doncella,

para abrazar con ellas a mi criatura,

al niño del deseo.