La crisis del sargazo en México: un problema global

La “peste de los sargazos” es una de las primeras consecuencias globales de la deforestación del Amazonas y pronto, lamentablemente, vendrán más.

Jorge Adrián Serrano

2020-01-12
Ciudad de México

Las actividades turísticas en la península de Yucatán están amenazadas por el estancamiento excesivo de sargazo. Es un alga que pertenece al género Sargassum, la cual crece en tamaños macroscópicos y debe su coloración parda al proceso fotosintético generado por la luz solar. Su presencia fue marcadamente nociva, en 2018 y 2019, debido a que mermó el turismo del que se sustenta la economía local. 

El sargazo muestra una apariencia fangosa café oscuro respecto a las aguas de la costa; inhibe las actividades acuáticas de las personas y pone en peligro los corales y pastos marinos que no reciben la luz del sol. Su acumulación en las playas alcanza hasta dos metros de altura y, cuando se descompone, produce mal olor debido al ácido sulfhídrico que genera.

Los primeros reportes masivos datan del verano de 2013 y se mantuvieron constantes hasta 2017; pero en 2018 marcaron un punto de inflexión cuando se recolectaron 500 mil toneladas de sargazo y el gobierno estatal de Quintana Roo gastó 312 millones de pesos (mdp) para combatir la emergencia.

 Existen 537 variedades de esta especie, pero son dos las que causan el problema: Sargassum natans y Sargassum fluitans, ambas provienen del norte del océano Atlántico, zona denominada justamente Mar de los Sargazos, porque su crecimiento y densidad propician la integración de grandes bosques marinos con esta macroalga. Las aguas de este mar se caracterizan por ser ligeramente más cálidas y marcadamente quietas, en comparación con las del resto del Atlántico.

El Mar de los Sargazos tiene una superficie de 3.5 millones de kilómetros cuadrados (km2) y se extiende de las Antillas Mayores (Cuba, Haití, República Dominicana) y la península de Florida (Estados Unidos), hasta el sur de las Islas Canarias y el Golfo de Guinea, en el oeste de África. A lo largo de esta enorme extensión, sus aguas se mueven y giran lentamente en círculos concéntricos, en el sentido de las manecillas del reloj.

Esta particularidad física se debe a que, en las márgenes del Mar de los Sargazos, se interceptan tangencialmente cuatro corrientes oceánicas: la del Golfo, en el oeste; la del Atlántico, en el norte; la de las Islas Canarias, en el este y la Ecuatorial, en el sur.

Las macroalgas habitaban principalmente en la zona norte-centro del mar que lleva su nombre; pero desde 2011, estudios biológicos e imágenes satelitales advirtieron la emergencia de un “segundo mar de sargazos” en el Atlántico tropical. Datos obtenidos entre julio de 2014 y diciembre de 2018 han demostrado que la densidad de estos bosques marinos supera hoy a los del norte-centro.

El “nuevo mar de sargazos” se distribuye a lo largo de una franja que cruza todo el Atlántico tropical; es decir, se inicia en el sur de las Antillas Mayores; incluye las costas de Venezuela, las Guyanas y el norte de Brasil –cerca de la desembocadura del río Amazonas– y llega a los litorales del Golfo de Guinea, en África.

Su marcada presencia en el continente americano ha llamado la atención últimamente. El hecho de que su distribución llegue a la desembocadura del río Amazonas condujo a los científicos a vincular su origen con otro problema ambiental igualmente crítico: la deforestación de la selva amazónica para establecer monocultivos intensivos.

El río Amazonas recibe una cantidad considerable de sedimentos y agroquímicos utilizados en las actividades agroforestales, a los que se suman las descargas de aguas residuales de las ciudades que cruza. Esta contaminación, que aumenta y degrada el caudal del río, al desembocar en el Atlántico, se convierte en una fuente rica de nutrimentos para los sargazos. La “peste de los sargazos” es una de las primeras consecuencias globales de la deforestación del Amazonas y pronto, lamentablemente, vendrán más.