MANUEL ACUÑA

En su corta vida fundó la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl junto a Agustín F. Cuenca y colaboró en El Federalista, El Domingo y El Renacimiento.

Redacción

2019-12-02
Ciudad de México

MANUEL ACUÑA. Nació en Saltillo, Coahuila, el 27 de agosto de 1849. Realizó sus primeros estudios en su ciudad natal, después migró a la Ciudad de México, donde estudió latín, francés y filosofía en el Colegio de San Ildefonso; en 1868, ingresó a la Escuela Nacional de Medicina. En su corta vida fundó la Sociedad Literaria Nezahualcóyotl junto a Agustín F. Cuenca y colaboró en El Federalista, El Domingo y El Renacimiento. Se suicidó el seis de diciembre de 1873 a los 24 años, justamente como desenlace del drama amoroso que protagonizó y que narra en su Nocturno a Rosario, su más conocido poema. Sus poemas fueron recopilados póstumamente en Versos y poesías (1884).

A LAURA

Yo te lo digo, Laura... quien encierra

valor para romper el yugo necio

de las preocupaciones de la tierra.

Quien sabe responder con el desprecio

a los que, amigos del anacronismo,

defienden el pasado a cualquier precio.

Quien sacudiendo todo despotismo

a ninguno somete su conciencia

y se basta al pensar consigo mismo.

Quien no busca más luz en la existencia

que la luz que desprende de su foco

el sol de la verdad y la experiencia.

Quien ha sabido en este mundo loco

encontrar el disfraz más conveniente

para encubrir de nuestro ser lo poco.

Quien al amor de su entusiasmo siente

que algo como una luz desconocida

baja a imprimir un ósculo en su frente.

Quien tiene un corazón en donde anida

el genio a cuya voz se cubre en flores

la paramal tristeza de la vida;

y un ser al que combaten los dolores

y esa noble ambición que pertenece

al mundo de las almas superiores;

culpable es, y su lira no merece

si debiendo cantar, rompe su lira

y silencioso y mudo permanece.

Porque es una tristísima mentira

ver callado al zentzontle y apagado

el tibio sol que en nuestro cielo gira;

o ver el broche de la flor cerrado

cuando la blanca luz de la mañana

derrama sus caricias en el prado.

Que indigno es de la gloria soberana,

quien siendo libre para alzar el vuelo,

al ensayar el vuelo se amilana.

Y tú, que alientas ese noble anhelo,

¡mal harás si hasta el cielo no te elevas

para arrancar una corona al cielo!...

Álzate, pues, si en tu interior aún llevas

el germen de ese afán que pensar te hace

en nuevos goces y delicias nuevas.

Sueña, ya que soñar te satisface

y que es para tu pecho una alegría

cada ilusión que en tu cerebro nace.

Forja un mundo en tu ardiente fantasía,

ya que encuentras placer y te recreas

en vivir delirando noche y día.

Alcanza hasta la cima que deseas,

mas cuando bajes de esa cima al mundo

refiérenos al menos lo que veas.

Pues será un egoísmo sin segundo,

que quien sabe sentir como tú sientes

se envuelva en un silencio tan profundo.

Haz inclinar ante tu voz las frentes,

y que resuene a tu canción unido

el general aplauso de las gentes.

Que tu nombre doquiera repetido,

resplandeciente en sus laureles sea

quien salve tu memoria del olvido;

y que la tierra en tus pupilas lea

la leyenda de una alma consagrada

al sacerdocio augusto de la idea.

Sí, Laura... que tus labios de inspirada

nos repitan la queja misteriosa

que te dice la alondra enamorada;

que tu lira tranquila y armoniosa

nos haga conocer lo que murmura

cuando entreabre sus pétalos la rosa;

que oigamos en tu acento la tristura

de la paloma que se oculta y canta

desde el fondo sin luz de la espesura;

o bien el grito en que su ardor levanta

el soldado del pueblo, que a la muerte

envuelto en su bandera se adelanta.

Sí, Laura... que tu espíritu despierte

para cumplir con su misión sublime,

y que hallemos en ti a la mujer fuerte

Que del oscurantismo se redime.

¡SALVE!

Hoy que radiante de vida,

de ensueños y de placer,

vienes, juventud querida,

a palpar estremecida

tus ilusiones de ayer.

Hoy que la gloria sonriente

que con sus gracias te atrajo,

te acaricia dulcemente,

ciñendo sobre tu frente

las coronas del trabajo.

Hoy que a la luz que destella

la estrella de la victoria

sobre tu empezada huella

ves surgir al cabo de ella

todo un porvenir de gloria;

gózate mientras agite

tu noble alma la emoción,

y entre tus goces, permite

que a tus plantas deposite

mi lira y mi corazón.

Y mañana que a seguir

tus pasos vuelvas triunfante,

recuerda hasta sucumbir

que el lema del porvenir

es marchar siempre adelante.

Y graba en tu pensamiento

si tu valor se rebaja

porque se agote tu aliento,

que en el taller del talento

quien triunfa es el que trabaja.

A UNA FLOR

Cuando tu broche apenas se entreabría

para aspirar la dicha y el contento,

¿te doblas ya y cansada y sin aliento,

te entregas al dolor y a la agonía?

¿No ves, acaso, que esa sombra impía

que ennegrece el azul del firmamento

nube es tan solo que al soplar el viento,

te dejará de nuevo ver el día?…

¡Resucita y levántate!… Aún no llega

la hora de que en el fondo de tu broche

des cabida al pesar que te doblega.

Injusto para el sol es tu reproche,

que esa sombra que pasa y que te ciega,

es una sombra, pero aún no es la noche.