Corea del Sur: industrialización y Estado

El Estado coreano ha aumentado sustancialmente su gasto en educación para proveer a la economía de abundante oferta de gerentes

Arnulfo Alberto

2019-11-24
Ciudad de México

Entre los países con desarrollo industrial tardío se ubican varios de los llamados “tigres asiáticos” y algunos de América Latina. Existe un aparente consenso académico sobre el papel prominente que el Estado desempeñó no solo en la aplicación de esta estrategia en naciones subdesarrolladas; sino también en el éxito de la primera y segunda ola de industrialización temprana en Gran Bretaña, Estados Unidos (EE. UU.) y Alemania.

Algunos autores advierten diferencias en la función desempeñada por el Estado en los dos procesos. En el caso de Gran Bretaña se dice que la tarea del gobierno consistió en reducir el riesgo de fuga de conocimientos y capacidades tecnológicas a países vecinos y que en EE. UU. y Alemania, que necesitaban ponerse al día, el Estado se dedicó a proteger a las industrias nacientes aumentando aranceles a los productos extranjeros y proporcionando subsidios.

Sin duda, entre las naciones con desarrollo industrial tardío, el caso paradigmático es Corea del Sur, que se distingue de países como La India, Turquía, Brasil y México, por la aplicación de políticas de Estado que a continuación describiré.

En primer lugar, el Estado coreano ha ejercido una disciplina relativamente férrea sobre las empresas que consiste en evaluar sus resultados sobre gestión, producción y objetivos de comercialización para aumentar las exportaciones. Las impresionantes tasas de crecimiento del nueve por ciento en el Producto Interno Bruto (PIB) y del 28 por ciento en las ventas al exterior en la década de los años 70, se debieron a que desde el primer plan quinquenal de 1962, el Estado intervencionista asumió el papel de planificador y emprendedor. Dentro del aparato estatal surgió una Junta de Planificación Económica (EPB) que operó como “agencia nodal” responsable de la tarea de diversificar y promover inversiones en recientes o nuevas industrias. En 1970, el PIB per cápita de Corea era similar al de Guatemala, y en 2018 fue tres veces superior al PIB per cápita de México.

En segundo lugar, el Estado coreano ha aumentado sustancialmente su gasto en educación para proveer a la economía de abundante oferta de gerentes asalariados competentes y de mano de obra calificada y bajo costo.

En tercer lugar, el Estado se ha encargado del financiamiento de las empresas privadas para aumentar su producción, y la mayor parte de su gasto se destina principalmente a inversiones de largo plazo. Aunque busca equilibrar su presupuesto, el gobierno recurre al endeudamiento cuando es necesario, sobre todo cuando hay perturbaciones externas. En los años 70 y 80 Corea sufrió tres crisis; pero, a contracorriente de lo que recomendaban los organismos financieros internacionales y la ortodoxia económica, para estabilizar su economía aplicó siempre las mismas medidas: reducción de los tipos de interés, devaluación de los tipos de cambio y rescates masivos. El gobierno no aumentó considerablemente su deuda, que se atribuye al incremento simultáneo de la productividad y la producción.

Sin embargo, el apoyo ingente del Estado a los grandes conglomerados contribuyó al alto grado de concentración de la economía coreana, cuyos grupos empresariales diversificados llegaron a representar gran parte de la riqueza nacional. Por ejemplo, en 1987 los 10 mayores grupos empresariales diversificados representaron el 67 por ciento de las ventas totales. Los chaebols, como se conoce a las compañías coreanas más famosas —Samsung, Hyundai, Kia, entre otras– se distinguían de los conglomerados americanos porque estaban más diversificados y coordinados internamente.

El apoyo del Estado a la industrialización fue de un éxito casi integral en Corea, ya que prácticamente cerró la brecha que lo separaba de los países desarrollados. Sin embargo, el Estado por sí mismo no es la panacea para resolver los problemas de los países, pues a pesar de las altas tasas de crecimiento, ha habido serias consecuencias sociales derivadas del dramático cambio estructural realizado, ya que han sido los trabajadores los que se llevan la peor parte en esta estrategia de desarrollo, pues los salarios y otros derechos obreros permanecen bajos, amén de que se han reprimido los movimientos laborales. Hoy en día, a pesar de las diferencias en ingresos y riqueza, Corea y México destacan como los países con las jornadas laborales más largas entre los Estados que forman parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, según una evaluación de esta institución hecha en 2018.