Los pivotes del neofascismo en América Latina

De este modo, los fascistas encubren sus pecados capitales: limpieza étnica, autoritarismo burgués, desprecio sistemático a los indígenas, parasitismo financiero y expoliación ultra-imperialista.

Nydia Egremy

2019-11-24
Ciudad de México

El auge del nuevo fascismo en América Latina representa una realidad. Su crecimiento se debe, en particular, a la adhesión a ese proyecto de los sectores más empobrecidos: negros, indígenas, homosexuales.

A través de la religión individualista y la eficaz estrategia mediático-psicológica, se bombardea a millones de personas ignorantes y desposeídas con una narrativa mitológica que las induce a suponer que el sufrimiento aumentará con las políticas de izquierda. De este modo, los fascistas encubren sus pecados capitales: limpieza étnica, autoritarismo burgués, desprecio sistemático a los indígenas, parasitismo financiero y expoliación ultra-imperialista. Al criticar los errores de las fuerzas anti-neoliberales, refuerzan la tesis de que el status quo capitalista es mejor, y con ello incrementan el odio social.

En América Latina (AL), el miedo, el odio y el desprecio son instrumentos del fascismo para minar a la democracia moderna que, pese a sus fragilidades, se opone al totalitarismo. La actual fascistización regional fue asfaltada durante el siglo anterior por las dictaduras de Stroessner en Paraguay, por Duvalier en Haití, los Somoza en Nicaragua, Videla y Gualtieri en Argentina y por Pinochet en Chile, cuando se inauguró la ofensiva neoliberal en el Cono Sur.

Tanto el proceso de fascistización como el violento cambio económico neoliberal fueron impuestos por los centros del poder capitalista con el generoso financiamiento de las agencias de inteligencia y las organizaciones privadas de la burguesía de Estados Unidos (EE. UU.) y sus aliados de Occidente. Con sus aparatos ideológicos recrearon los contenidos de toda una concepción neoliberal, individualista y competitiva.

Los actores fascistas de hoy se empeñan en destruir la base ética y política que impide más brotes totalitarios y despóticos en AL, región cautiva de la hegemonía estadounidense y de las tentaciones elitistas de sus oligarquías locales. En Brasil ha permeado la actitud política de los grandes grupos mediáticos como Red Globo y  Grupo Abril.

Un documento secreto descubierto por la periodista Helen Stephanowitz, de la cadena Rede día dBrasil Atual, revela que un día después del golpe militar de 1964, que inició 21 años de dictadura en Brasil, el influyente grupo O’Globo titulaba así su portada: “Renace la democracia”.

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El documento es el informe del embajador brasileño Lincoln Gordon en EE. UU., que discutió con el empresario Roberto Marinho, entonces presidente de Organizaciones O’ Globo, la sucesión del dictador en turno, el general Castelo Branco y el endurecimiento del régimen. Por ello Stephanowitz concluye: “La verdad es dura, la Red Globo apoyó la dictadura”.

En ese país, como en Colombia, Bolivia y Paraguay, la plutocracia es fascista. Entre 1964 y 1984, los brasileños vivieron bajo una dictadura que persiguió, torturó, desapareció y asesinó a luchadores sociales y defensores de derechos humanos.  Entonces, como ahora, los articuladores de esa dictadura fueron latifundistas, empresarios exportadores, compañías multinacionales, clase medias, medios de comunicación e iglesias.

Pero el fascismo estuvo también detrás de la derrota de la huelga petrolera de 1995, en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso. Ese proceso fue detenido con la venturosa incursión progresista lidereada por Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2011), luego por Dilma Rousseff (201-2016) hasta su injusta judicialización.

Neofascismo sectario

Después de Lula y Dilma, el país más rico de AL dio un firme giro conservador en los niveles local y nacional, hasta culminar con la elección más polarizada y tensa en décadas, cuando el 29 de octubre de 2018, Jair Messias Bolsonaro obtuvo la presidencia brasileña en segunda vuelta con un discurso pseudo-evangélico.

Este exmilitar, mediocre diputado y nostálgico de la dictadura militar, fue bautizado en el río Jordán –donde según La Biblia lo hizo Jesús– el 12 de mayo de 2016 en Israel. Desde entonces “mantiene una productiva ambigüedad religiosa: se hizo evangélico sin dejar de ser católico”, describe la analista Lamia Oualalou.

Tras la elección de Bolsonaro, con el voto evangélico e iglesias como la Universal del Reino de Dios, el tema religioso saltó a un sitio protagónico. Previamente, un obispo de esa misma iglesia había llegado a la alcaldía de Río de Janeiro, lo cual demuestra la fuerza de ese grupo de ultraderecha.

La llegada a la presidencia de alguien con el perfil fascista de Bolsonaro confirma que en Brasil triunfó la política del miedo. Cabe preguntar ¿cómo fue posible eso en el gigante económico latinoamericano, que apenas dos años antes era uno de los 10 países más poderosos del planeta, que vivía un rico proceso de expansión y universalización de derechos ciudadanos, donde millones accedían a la justicia social e igualdad con el incremento de sus ingresos?

Tanto el fascismo como las sectas religiosas tienen una cerrada jerarquía, opuesta a la libertad de creación y participación, pues buscan desmovilizar a los sectores más activos

La respuesta posible es que detrás de esos avances medraban los que siempre han rechazado el progreso de las mayorías populares porque merman sus intereses. El tsunami electoral fascista de 2018 se nutrió con actitudes discriminatorias, como las manifestaciones feministas de “Él No” (Ele Nâo), que al principio luchó contra el machismo y reafirmó a las mujeres en la escena política contemporánea.

¿Cómo identificar a un joven fascista Colombia en pleno Siglo XXI?

Ésta es la guía que publicó Alberto Ochoa Mackenzie en julio de 2018:

Por lo general, el fascista colombiano está contra el aborto, aunque sea por violación. Se basa en el argumento arcaico: “Es que la Naturaleza es sabia”.

El facho n critica a Donald Trump, apoya el muro y la separación de familias inmigrantes, “pues se lo buscan por andar en tierra ajena”.

Para el facho, los problemas del país del país empiezan en Venezuela; por esos vecinos se han vuelto “invivibles” ciudades como Bogotá, Cali, Cúcuta, Medellín o Barranquilla. Por eso quieren que Duque cierre fronteras.

El facho interpreta el conflicto colombiano como una película de los 80. Ignora que fue El Bogotazo, la Operación Marquetalia, el genocidio de la Unión Patriótica y, según él, unos tipos del campo se despertaron con ganas de ser malos.

El facho es indolente con los pobres y los trabajadores. Les critica que tengan hijos porque mendigan y no quieren más presupuesto para la educación, la salud y oportunidades laborales para esas clases.

El facho está a favor de la esterilización de “ciertas personas” y de la limpieza social.

El facho es de los que dicen “que el pobre en Colombia lo es porque quiere serlo”.

Para el académico Pablo Gentili, esa tendencia no se vinculó a la lucha de clases ni al antifascismo. Esa corriente en AL y Brasil situó como enemigo a la clase trabajadora organizada y sus legítimas demandas, así como a la izquierda.

Fue así como el neofascismo se mimetizó con una imagen “progre” y moderna para destruir todo signo de democracia en la clase trabajadora. Por ello sus colectivos rechazan movilizaciones contra el neoliberalismo, el racismo y la opresión capitalista.

En el Brasil post-Lula da Silva, los actores del fascismo son las empresas del agronegocio, los terratenientes tradicionales y la alta clase político-militar. Todos mantienen una estructura depredadora contra las comunidades indígenas, los trabajadores del sector y el medio ambiente. Otro actor de la fascistización es la banca, pues solo cuatro firmas concentran 80 por ciento del crédito en Brasil: Caixa, BB, Bradesco e Itaú.

Con creciente número de adeptos, les siguen las sectas evangélicas fascistas –para algunos son neopentecostales–. Este credo surgió en la etapa poscapitalista contemporánea, y ocupa el vacío que dejó el desmantelamiento de la Teología de la Liberación, ordenado por El Vaticano; una es la Iglesia Universal del Reino de Dios a la que pertenece Bolsonaro.

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Las sectas pentecostales son la religión del imperialismo, pues postulan la Teología de la Prosperidad con el individualismo económico y un discurso moralista conservador. Adoptaron la narrativa de que el Partido de los Trabajadores (PT) es el enemigo a vencer porque les ha ocasionado daños; de ahí que precisamente las clases más oprimidas alienten odio contra su propia clase, imitando al opresor.

Fascismo en Colombia

En el país con más desplazados internos de todo el planeta, donde la agroindustria y las corporaciones extractivas tienen un rol determinante en las decisiones políticas, y lograron impunidad para sus grupos paramilitares, muchos consideran que el fascismo es un fantasma.

Sin embargo, la realidad destaca al constatar la matanza selectiva de exguerrilleros y militantes de izquierda, sindicalistas, estudiantes, antineoliberales e indígenas a dos años de la firma de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). El neofascismo escala con la indecisión política de la socialdemocracia, mientras que el paramilitarismo demuestra su fuerza y barbarie, explica Alexander Ladino.

El fascismo se “pavonea” en el Senado y la Cámara, donde se persigue a todo adversario que enfrente a la clase dominante y su modelo neoliberal. También está en el Partido Nacional Socialista, el Partido Convergencia Ciudadana, Tercera Fuerza y grupos racistas que difunden el “orgullo blanco” y otros que optan por el separatismo.

Aunque los fascistas tienen un mensaje incongruente, sus actos violentos inspiran miedo. “Está en nosotros identificarlos, hacerles frente, no ignorarlos ni cambiarles el nombre como suelen hacer los medios de comunicación hegemónicos al llamar eufemísticamente a los paramilitares Bandas Criminales Emergentes (Bacrim)”, advirtió en 2018 Ladino.

La esencia fascista se revela en la estrategia de tierra arrasada y el operativo antidisidencia del ejército colombiano en Caquetá durante agosto pasado. Ese hecho, que se ocultó deliberadamente por la gravedad de sus resultados, fue descubierto por el senador liberal Roy Barreras, del Partido de la U.

La acción militar violó todas las normas del derecho bélicos al ejecutarse sobre plena zona civil el 30 de agosto en San Vicente del Caguán, porque ahí abatieron al disidente de las FARC, Gildardo Cucho y sus seguidores. En total causó la muerte de 15 personas, entre ellas ocho menores de edad destrozados por el bombardeo.

Los nombres y edades de las víctimas son: Ángela Gaitán, de 12 años; José Rojas, de 15; Sandra Vargas y Diana Medina, de 16; John Pinzón, Wilmer Castro y Abililer Morales de 17 y una octava menor que no fue identificada.

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El responsable de la masacre, el ministro de Defensa Guillermo Botero, negó en tres ocasiones que hubiese ocurrido. Ante la moción de censura del senador Barrera, el ministro  debió renunciar, en medio de la indignación pública ante el cinismo de una cúpula política persistente en inmolar a civiles.

Para muchos analistas, la violenta estrategia de seguridad del presidente Iván Duque sigue la premisa fascista de “tierra arrasada” contra comunidades rurales, y es muy efectiva porque no deja vestigios. El ejército ataca impunemente zonas rurales a cuyos habitantes caracteriza como “bases de apoyo” de las guerrillas o narcotraficantes, porque de esta manera justifica su eliminación brutal y no rendir cuentas.

Otros casos que ejemplifican este fascismo selectivo fueron las operaciones contra miembros de las FARC y el ELN que acabaron con el Mono Jojoy (La Macarena, 2010) y el comandante de la guerrilla Alfonso Cano (cuatro de noviembre de 2011), recuerda el analista Fernando Alexis Jiménez.

Las víctimas civiles siempre han acompañado a esas misiones. En 2002, dos niños fueron abatidos por la Fuerza Aérea que disparó sobre una columna de las FARC en Santa Marta, denunció el sindicalista y analista Fernando Alexis Jiménez.

¿De qué me hablas, viejo?

La expresión más contundente del clasismo fascista en la cúpula política colombiana está en el presidente de Colombia, Iván Duque, quien en su momento calificó ese bombardeo como una labor “estratégica, meticulosa e impecable”, a pesar de que cientos de campesinos viven en las zonas de ataque.

A días del escándalo por la revelación de esa masacre, Duque exhibió la insensibilidad política de su clase. El siete de noviembre, al responder al periodista Jesús Blanquicet del diario El Heraldo, quien le preguntó sobre estos hechos, el mandatario espetó:  “¿De qué me hablas, viejo?”.

La insolencia de la respuesta fue tal que, un par de horas después, la etiqueta “#DeQueMeHablasViejo” se convirtió en tendencia en las redes sociales. La legisladora de Alianza Verde, Katherine Miranda, escribió en Twitter: “Te hablo del asesinato de Dimar Torres (exguerrillero de las FARC) y de cientos de líderes sociales. También de crear la tasa más alta de desempleo, de la corrupción, de los niños asesinados, de los falsos positivos. En definitiva, ¡De Colombia!”

El periodista Daniel Samper Ospina escribió: “Hablo de que te quedó grande la Presidencia” y el exguerrillero Rodrigo Londoño (Timoshenko), y líder del actual partido FARC escribió: Le hablo “de los más de 88 exguerrilleros comprometidos con la paz y los 123 líderes sociales asesinados en su gobierno”.

El podio y la clase media

En su obra Laberintos del Fascismo: el odio y la clase media, Bernardo Joao explora la esencia del odio de esta corriente ideológica con un enfoque marxista.

El fascismo es el régimen de los sectores más reaccionarios de la burguesía, que recurren a métodos de guerra para destruir la democracia obrera, sindicatos, a la izquierda y gobernantes progresistas.

En el siglo XX fue un movimiento pequeño burgués de las clases medias incapaz de dirigir el capitalismo ni proponer una alternativa social superior, como el proletariado

Hoy es un régimen burgués del gran capital, y en particular el financiero-corporativo correspondiente a la fuerza que rechaza valores humanistas y elogia la tecnología y la alta burocracia. Se sustenta en teorías conspiratorias, justifica la injerencia exterior y se reviste del nacionalismo económico y ultraliberal. Niega adelantos científicos, es antisemita e islamólogo.

Tanto el fascismo como las sectas religiosas tienen una cerrada jerarquía, opuesta a la libertad de creación y participación, pues buscan desmovilizar a los sectores más activos de la sociedad.

Indignados por esa violenta estrategia militar, sus críticos  igualan a Duque con el expresidente (hoy senador) Álvaro Uribe Vélez, quien días atrás había calificado a los niños fallecidos en Caquetá como “peligrosos narcoterroristas”. Uribe acuñó frases peyorativas cuando fue presidente para justificar el asesinato de sindicalistas, líderes sociales, indígenas, campesinos y estudiantes.

Y sin lamentar la matanza de su ejército, cuatro días después en una ceremonia de ascensos de la Policía de Bogotá, Duque afirmó que esa institución “protege a los menores”.