Hablemos de transformaciones (La Revolución, 3 de 4, segunda parte)

Hoy en día no podemos hacer un balance positivo de la Revolución porque, al igual que las anteriores (la de Independencia y la Reforma), quedó mucho a deber a los más vulnerables de la patria: las grandes mayorías empobrecidas.

Dimas Romero González

2019-10-27
Ciudad de México

En mi colaboración anterior me referí a las tres primeras etapas de este importante movimiento armado: la lucha que encabezó Madero y que concluyó con la renuncia de Porfirio Díaz; el asesinato del primero y el golpe de Estado perpetrado por Victoriano Huerta y la derrota de éste por parte del ejército libertador. Ahora me referiré a la última de las etapas, cuando se enfrentaron el bloque surgido de la unión de villistas y zapatistas y el integrado por el grupo carrancista.

Al ser vencido Huerta en julio de 1914, el Ejército Constitucionalista tomó la capital del país; Villa quedó relegado en Zacatecas, en franca oposición y Zapata, quien nunca reconoció el liderazgo de Carranza, intercambió tiroteos contra las tropas de éste en las afueras de la Ciudad de México para contenerlo. En octubre, Venustiano Carranza intentó establecer un gobierno provisional, sin lograrlo, ante la oposición en el interior del Ejército Constitucionalista que aceptó darle esta jefatura después de reunirse con los delegados de la División del Norte.

La Convención de Aguascalientes se declaró soberana y con el máximo poder nacional porque abanderó el Plan de Ayala y Villa y Zapata se unieron contra los constitucionalistas para desviar a Carranza del poder, y promover las reformas sociales y económicas que requería el país. Después de muchas discusiones nombraron presidente de la República al general constitucionalista Eulalio Gutiérrez, lo que significó la ruptura con Carranza, quien partió a Veracruz para organizarse de cara a la próxima contienda militar. Mientras la Convención se mostraba incapaz para gobernar por falta de experiencia, Villa partió al norte y Zapata intentó defender la Ciudad de México. Sin embargo, en enero de 1915, Álvaro Obregón pudo entrar al frente del carrancismo. En diciembre del mismo año, después de varias derrotas y deserciones, Villa se marchó a la hacienda de Bustillos tras disolver la División del Norte, con lo que terminó su proyecto político. El zapatismo resistió en Morelos otros cuatro años.

La Revolución fue una eminente movilización de las clases populares que acumulaban un histórico rezago de injusticia socioeconómica, y que además de hallarse hundidas en la pobreza y la extrema explotación laboral en haciendas y las fábricas del naciente capitalismo, padecían la falta de libertades y los excesos autoritarios del Porfiriato. Campesinos y obreros se unieron a los levantamientos armados encabezados por las clases medias y las élites relegadas que peleaban su parte del poder político. Madero no fue un revolucionario, sino un reformador que pugnó por la no reelección y el desarrollo, pero desde el modelo económico burgués que el Porfiriato había relegado; pretendía conservar intactos los intereses económicos de los ricos y eso le llevó a incumplir sus promesas con los sectores que lo apoyaron, en particular los más vulnerables.

El radicalismo de algunos actores burgueses de la revolución, que vieron en peligro sus intereses económicos y políticos, los lanzó a la lucha armada. Cuando la clase terrateniente recuperó el poder con el golpe de estado de Huerta, se unieron contra este enemigo común los tres sectores más representativos del movimiento armado: el campesino, el popular y la clase burguesa. Pero una vez derrotado Huerta, no supieron qué hacer para dar el siguiente paso en la lucha. Fue entonces cuando los sectores pobres que pedían solo justicia y libertad, debieron enfrentarse a los capitalistas que luchaban por el poder económico y político. En la Convención de Aguascalientes, ambos sectores opuestos pretendieron conciliar intereses de clase que históricamente resultan inconciliables.

Villa y Zapata intentaron elevarse por encima de las limitaciones de su clase buscando, cada quien a su modo, conseguir la anhelada justicia para el pueblo pobre; lamentablemente no tuvieron la claridad necesaria para entender que no podían establecerse proyectos localistas, y que primero era necesario tomar el poder para instaurar un gobierno que cumpliera con ese objetivo. Una vez derrotados por Carranza, la desaparición de sus proyectos fue cuestión de tiempo.  

La Revolución fue, sin duda, el primer movimiento social en la historia de México donde las capas populares tuvieron la oportunidad de acceder al poder; pero las limitaciones políticas, e intelectuales propias de su clase y de su tiempo, no les permitieron entender el momento histórico y la naturaleza de la lucha que libraban. Sin embargo, sus principales caudillos, hombres de gran tamaño como Villa y Zapata, fueron y siguen siendo la prueba de que el pueblo pobre puede brindar la lucha por la liberación de nuestra patria. Su ejemplo evidencia, además, que para emprender una nueva etapa de lucha en el país, se necesita preparación, estudio y claridad para sobrepasar la espontaneidad y los momentos de crisis que la movilización de las clases pobres deberán realizar, e impulsar la revolución que todavía hoy está inconclusa.

La Revolución Mexicana que hoy presume la historia oficial no alcanzó las metas que se propuso. Hubo avances, sí, y el pueblo pobre lo protagonizó; pero lo adquirido solo sirvió para calmar su perpetua inconformidad y, pasada la etapa de inestabilidad, las concesiones a los pobres se fueron eliminando paulatinamente. Hoy en día no podemos hacer un balance positivo de la Revolución porque, al igual que las anteriores (la de Independencia y la Reforma), quedó mucho a deber a los más vulnerables de la patria: las grandes mayorías empobrecidas. El pueblo mismo debe entender esa lección, o está condenado a repetir los errores, como reza el dicho popular.