Miguel León Portilla y la poesía del mundo azteca

Hoy que el gran estudioso de nuestras raíces ha terminado su ciclo mortal, más que lamentar su partida es oportuno decir de él que fue también un Tlamatinime, y celebrar su vasto legado, en el que sobresale el rescate que hiciera de la poesía en lengua ná

Tania Zapata Ortega

2019-10-06
Ciudad de México

“Es privilegio infrecuente sacar del olvido la figura y la obra de un poeta verdadero”.

Miguel León Portilla (Ciudad de México, 22 de febrero de 1926-1º de octubre de 2019).

En su introducción a Trece poetas del mundo azteca (1967), el doctor Miguel León Portilla sostiene que los poetas Nezahualcóyotl, Tecayehuatzin, Nezahualpilli, Ayocuan y Tochihuitzin fueron verdaderos Tlamatinime (hombres sabios). Hoy que el gran estudioso de nuestras raíces ha terminado su ciclo mortal, más que lamentar su partida es oportuno decir de él que fue también un Tlamatinime, y celebrar su vasto legado, en el que sobresale el rescate que hiciera de la poesía en lengua náhuatl anterior a la Conquista. El erudito sostiene, en primer lugar, que la destrucción de códices, templos y palacios precortesianos no pudo borrar completamente una honda tradición lírica de los pueblos del México antiguo; y que la idea de que todos los poetas prehispánicos se funden en el anonimato es una “desvanecible superstición”; y aquí, se encarga de desmontar tal mito poniendo nombre, apellido y biografía, primero a siete y luego a otros 13 poetas precortesianos.

La inclinación eurocentrista, a veces inconsciente, de muchos historiadores de la literatura, desde siempre ha obviado el hecho de que el florecimiento de las grandes culturas mesoamericanas fue simultáneo al del “viejo mundo” y dejó un testimonio que va más allá de tepalcates, figurillas de barro y templos semiderruidos o sepultados bajo “modernos” edificios; lejos de resumirse en un par de párrafos, el pensamiento de los antiguos pobladores de este continente ha llegado hasta nosotros contenido en imperecederos monumentos literarios, como los que el ahora desaparecido filólogo se encargó de divulgar, para contrarrestar el hecho de que “en el mejor de los casos” se hiciera “breve alusión a los ritos sangrientos y a las extrañas formas de vida de quienes parecían hacerse acreedores al epíteto de gentes primitivas o al menos semibárbaras”.

El estudio profundo de sus instituciones, de su extraordinaria organización social, política y religiosa, el avanzado urbanismo de sus ciudades, su calendario, escritura, arte y comercio, permite afirmar, dice el sabio “que fuera de los núcleos del Viejo Mundo, es único el caso del México antiguo, porque en él hubo asimismo, en tiempos distintos y en forma independiente, creaciones básicamente paralelas”.

Es natural que las composiciones poéticas prehispánicas más conocidas sean obra de personajes que gozaron de amplio reconocimiento social. Para las castas gobernante, sacerdotal o guerrera, la poesía jugó un rol ideológico fundamental y se conservó cuidadosamente en relación proporcional al rango del poeta. “Hay otros muchos textos anónimos, algunos de los cuales han de atribuirse sin duda a sabios o poetas, que no llegaron a ocupar elevada posición ni social ni política. En general, puede afirmarse que el origen mismo de los poetas, su vinculación a Tenochtitlan, a Tezcoco, a Tlaxcala, obviamente influyó en el sesgo que habrían de dar a su pensamiento”.

Uno de los poetas del mundo Náhuatl que Miguel León Portilla antologa es Cacamatzin de Tezcoco, hijo de Nezahualpilli y nieto de Nezahualcóyotl, quien viviera entre los años Dos-Conejo (1494) y Dos-Pedernal (1520). Siendo muy joven, Cacamatzin se convirtió en Señor de Tezcoco y miembro de la Triple Alianza. A la llegada de Hernán Cortés se adelantó en calidad de mensajero real para ofrecerle presentes y disuadirlo de entrar a la metrópoli azteca. Su misión fracasa, los españoles se convierten en huéspedes imperiales y muy pronto en captores de Motecuhzoma, a quien Cacamatzin acompaña en el cautiverio; Cortés emprende una expedición para enfrentar a Pánfilo de Narváez y deja a cargo a Pedro de Alvarado; éste habría atado de pies y manos al poeta y ordenado “que le echaran astillas encendidas y resina de pino derretida hasta que hiciera entrega del oro y los tesoros que tenía, con lo cual, según los mismos declarantes, el príncipe tezcocano estuvo a punto de morir”, lo que muy pronto ocurriría en el escenario previo al episodio conocido como la “Noche Triste”.

Del perenne rescate que de la poesía del México antiguo hiciera Don Miguel León Portilla, transcribimos este poema atribuido a Cacamatzin de Tezcoco, primero en su lengua original y después en castellano.

Zan niquitohua,

zan ni Cacamatzin,

zan niquilnamiqui

in tlatohuani Nezahualpilla.

¿Cuix on motta,

cuix om monotza

in Nezahualcoyotl

huehuetitlan?

Ni quim ilnamiqui.

 

¿Ac nel ah yaz?

¿In chalchihuitl, teocuitlatl,

mach ah ca on yaz?

¿Cuix nixiuhchimalli,

oc ceppa nozaloloz?

¿In niquizaz?

¿In ayatica niquimilolo?

Tlalticpac, huéhuetitlan,

¡niquim ilnamiqui!

 

Yo solo digo,

yo, Cacamatzin,

ahora solo me acuerdo

del señor Nezahualpilli.

¿Acaso allá se ven,

acaso allá́ dialogan

él y Nezahualcóyotl

en el lugar de los atabales?

Yo de ellos ahora me acuerdo.

 

¿Quién en verdad no tendrá que ir allá?

¿Si es jade, si es oro,

acaso no tendrá que ir allá?

¿Soy yo acaso escudo de turquesas,

una vez más cual mosaico volveré a ser incrustado?

¿Volveré a salir sobre la tierra?

¿Con mantas finas seré amortajado?

Todavía sobre la tierra, cerca del lugar de los atabales,

de ellos yo me acuerdo.