El 68 y la cultura de la rebeldía

El ocaso del movimiento estudiantil fue, al mismo tiempo, el ocaso de la cultura juvenil de la rebeldía política.

Aquiles Lázaro

2019-10-06
Ciudad de México

El nacimiento de la cultura mediática de masas trajo consigo la figura del joven rebelde en México. Tal representación, que originalmente tenía un carácter apolítico y que se manifestaba muchas veces en forma de conflictos emocionales, evolucionó rápidamente, alimentada por fenómenos mundiales que impactaron fuertemente en las prácticas culturales de las generaciones jóvenes.

Sucesos de relevancia mundial como la Guerra Fría, las agresiones militares a Vietnam o el triunfo de la Revolución Cubana, escalaron rápidamente en una politización radical de las conciencias juveniles, particularmente de los sectores universitarios.

Para finales de los años 60, el joven políticamente rebelde es ya una auténtica contracultura; curiosamente, sin embargo, tal contracultura se halla normalizada dentro de sus propios marcos: las universidades y los círculos sociales que en torno a ellas se agrupan. El estereotipo del estudiante rebelde usa playeras de El Che Guevara, lee textos de teoría política, escucha música de protesta y rock estadounidense. Ser estudiante y políticamente contestatario es la norma.

Todo esto terminó en 1968. El ocaso del movimiento estudiantil fue, al mismo tiempo, el ocaso de la cultura juvenil de la rebeldía política.

En las décadas posteriores las prácticas culturales que dominaron en los sectores universitarios de 1968 fueron perdiendo relevancia hasta finalmente convertirse en reliquias pasadas de moda, piezas de museo cuya principal utilidad era –y sigue siendo– nutrir los relatos nostálgicos de novelistas, intelectuales y “líderes” que participaron en el movimiento estudiantil.

El espíritu de rebeldía de 1968 también fue absorbido por el propio sistema, y los rebeldes que entonces persiguió el ejército hoy son respetables personalidades de la intelectualidad y honorables profesores de las universidades.

Los críticos del sistema se convirtieron en ahijados del sistema, ejemplificando con toda claridad la vieja crítica a la superficialidad del joven que se pone el traje de revolucionario mientras cursa la universidad. Tales dinámicas, con los recurrentes ensayos fallidos de organización estudiantil desde las universidades mismas, persisten hasta hoy como un reflejo pálido del movimiento de 1968.

La contradicción principal de tales desenlaces es que la sociedad mexicana sigue siendo, esencialmente, la misma en sus injusticias más profundas. Incluso puede decirse que algunos de los flagelos sociales que entonces apenas se gestaban hoy han alcanzado las más insultantes dimensiones.

Para los millones de víctimas del capitalismo mexicano, para los trabajadores de las fábricas, los comerciantes ambulantes, los campesinos pauperizados, los indígenas reducidos a limosneros de las ciudades, los logros del movimiento estudiantil del 68 son frases de humo pronunciadas en la televisión por señores de corbata y café.