De transformaciones: la Reforma

Es necesario conocer las transformaciones previas a las que se refieren, es decir a la "Cuarta Transformación"

Dimas Romero González

2019-09-29
Ciudad de México

(I de II)

“El pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”, reza un adagio popular. Y ante el parloteo de los medios que nos quieren vender, mejor que marchanta en tianguis, la idea de una “Cuarta Transformación”, es necesario conocer las transformaciones previas a las que se refieren, su importancia, virtudes y defectos para la realidad nacional y, sobre todo, para el pueblo humilde; y así poder entender qué es y qué podemos esperar de la que con tanta pompa se ofrece como la nueva transformación del país.

El estado mexicano independiente nació endeble y vulnerable; su debilidad, producto del largo y desgastante proceso de emancipación, con una sociedad dividida y la economía paralizada, le impedía reunir las fuerzas suficientes para defenderse; esa condición dejaba al nuevo territorio –proclamado libre de la corona, pero sujeto a los españoles– como el más preciado botín para la ambición comercial y expansionista de las potencias de la época: Francia e Inglaterra vieron su oportunidad, adueñándose del comercio minorista y mayorista respectivamente; Estados Unidos (EE. UU.) consumó su “destino manifiesto” con la intervención armada, la toma de Palacio Nacional y la firma, en febrero del 1847, del tratado de anexión de California, Nuevo México, Texas y la zona tamaulipeca a orillas del Bravo; finalmente, España, no perdía las esperanzas de recuperar su territorio.

Al asumir la responsabilidad del gobierno como presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Benito Juárez recibió el apoyo del bando liberal y algunos estados que respaldaron al gobierno constitucional, pero la mayoría del ejército, el clero y los conservadores se alinearon con Félix María Zuloaga, que había tomado el poder de la capital, dando origen a la guerra civil de los tres años. Juárez partió a Guadalajara y después a Veracruz, y con el apoyo de la clase empresarial interesada en los bienes del clero, optó con su gabinete por consolidar y promulgar las Leyes de Reforma, entre las que se incluía: nacionalización de los bienes del clero, separación de la Iglesia y el Estado, supresión de órdenes religiosas, matrimonio y registros civiles, secularización de cementerios y libertad de culto.

Juárez venció a los conservadores y el 11 de enero de 1961, hizo su entrada a la capital de la República. Las elecciones le dieron el triunfo e inmediatamente comenzó a reconstruir la administración, tomando decisiones temerarias, pero efectivas: suspendió el pago de las deudas del gobierno, tanto de los intereses de los prestamos usurarios británicos como los de las reclamaciones españolas y francesas. Sin embargo, este triunfo no le trajo a México la estabilidad esperada. Grupos monárquicos mexicanos residentes en Europa aprovecharon esta situación para convencer a Napoleón III de la posibilidad de instaurar una monarquía en México; éste consideró la suspensión de pagos como una oportunidad para intervenir y convocó a Francia y España para firmar un acuerdo por el que se comprometían a bloquear los puertos mexicanos del Golfo para presionar la reanudación de los pagos, supuestamente sin intervenir en política. Después de lograr su objetivo, los países invitados aceptaron retirarse, pero los franceses desembarcaron para invadir. El triunfo de Ignacio Zaragoza en la Batalla del Cinco de Mayo no fue suficiente para defender el territorio. A finales de mayo de 1864, Maximiliano de Habsburgo y su esposa Carlota Amalia ocuparon el trono que Napoleón III y los monárquicos les habían ofrecido.

Pero el monarca del segundo Imperio resultó más liberal que los liberales, situación que le valió desde su llegada el rechazo de quienes se habían comprometido a respaldarlo: los conservadores; y aunque contó con el apoyo de algunos liberales moderados, quedó debilitado; no le perdonaron que manifestara su voluntad de ejercer el Patronato Real (intervención del monarca en los asuntos y los intereses del clero), que no suprimiría la tolerancia de cultos y la nacionalización de los bienes de la iglesia. Esa debilidad, aunada al retiro del ejército de Napoleón ante la consolidación de la Confederación Alemana, representaron una sentencia de muerte para Maximiliano, que fue fusilado el 19 de junio de 1867.