La inversión extranjera y el cero crecimiento en México

Los programas sociales del presidente Andrés Manuel López Obrador no constituyen una actividad productiva que genere ingresos

Capitán Nemo

2019-09-08
Ciudad de México

Actualmente se nos vende la idea de que los programas asistencialistas Tandas del Bienestar, Sembrando Vida y Jóvenes Construyendo el Futuro constituyen la gran panacea para sacar de la pobreza al país. Es tal la creencia en su éxito que pretenden exportarlos a Centroamérica para replicarlos con asesoramiento y recursos mexicanos. Pero estas versiones no dejan de ser meros distractores paternalistas para manipular a sus gobernados que, ante la agobiante pobreza que impera en el país, se contenta con unas cuantas migajas, aunque éstas salgan de los bolsillos por vía de los impuestos aplicados a la maltratada clase trabajadora.

Los programas sociales citados no constituyen una actividad productiva que genere ingresos. Sembrando Vida, por ejemplo, es similar a un anterior programa de empleo temporal, cuya diferencia con éste consiste en la siembra masiva de arbolitos en tierras sin vocación forestal y en manos de campesinos sin experiencia en este tipo de cultivos.

Con respecto al voceado programa de Jóvenes Construyendo el Futuro, en el foro Banorte 2019 un ejecutivo de este banco preguntó a la Secretaría del Trabajo cuál será el futuro de los becarios al término de su año de beca, pregunta que derivó en la advertencia del mismo funcionario privado de que Banorte no contratará a ninguno de esos jóvenes. El planteamiento fue correcto, como lo hemos señalado anteriormente: las empresas no requieren esa clase de trabajadores en estos momentos; si los aceptan es porque el pago de los jóvenes se hace con recursos públicos y el programa se presta para que las empresas se queden con una parte de la beca. De las Tandas del Bienestar mejor ni hablar, porque el monto del apoyo es tan pequeño que nadie en su sano juicio cree que con él pueda ponerse un negocio.

Los programas arriba citados no son más que una forma de sacarle la vuelta al camino que no se quiere seguir: el de fomentar la inversión interna; es decir, el gobierno no quiere tomar en serio las cosas. Pero en algún momento, el cero por ciento en el desempeño de la economía tendrá que ubicarlo. No olvidemos que en el plano internacional, las cosas no pintan nada bien, que ya comienzan las advertencias de una recesión mundial y que, pese a los dichos del Presidente de que a México no va a pasarle nada, la amenaza de la recesión ya está en la puerta y si no se toman acciones necesarias para resistir la debacle que viene, el futuro del país se ofrecerá aún más incierto.

Los gobiernos han tratado a la inversión extranjera directa como una fórmula “salvadora” para el crecimiento económico y la creación de empleos, pero únicamente nos han llevado al deterioro de nuestro aparato productivo y a una gran dependencia hacia las empresas transnacionales, sobre todo las estadounidenses. El monto de la inversión extranjera se mantuvo estable en 32 mil millones de dólares (mmd) en 2017 y 2018, pero la inversión interna descendió 2.1 por ciento. Esto significa que los inversionistas extranjeros y nacionales reaccionan con lentitud para no asumir riesgos ante la coyuntura actual.

Si así están las cosas, es necesario recordar que la inversión extranjera persigue el máximo posible de ganancias y que es un error fincar en ella nuestras esperanzas con relación al empleo. La revista gringa Forbes recién publicó que el número de plazas laborales creadas por las empresas transnacionales es insignificante comparado con 80 por ciento que generan los pequeños negocios. Nuestra incipiente estructura productiva no puede equipararse con la competitividad de las grandes firmas. Las transnacionales son las que mejor aprovechan los recursos y la mano de obra barata. Además, crean las condiciones para la sobreexplotación de ambos, porque las mismas leyes mexicanas se lo permiten. Las condiciones que las trasnacionales imponen para invertir en nuestro país son onerosas para la mano de obra mexicana y han logrado infestar, como si se tratara de virus, a las empresas nacionales que ahora se niegan a otorgar salarios dignos y prestaciones sociales.

A Donald Trump se le puede criticar por otras cosas, pero no por descuidar la economía y el fortalecimiento de su mercado interno. Y si eso hace la gran potencia, no se entiende por qué el actual Presidente de México relega a un segundo plano el crecimiento económico. Ya es hora de que los empresarios mexicanos paguen dos grandes adeudos con el pueblo: uno, el de no formar un frente suficientemente fuerte para competir con las empresas extranjeras; y el otro, seguir participando en el deterioro socioeconómico de la clase trabajadora, a la que llevan a la inanición. Si se asume que hemos llegado a un callejón sin salida, es hora de que tomen precauciones de cara al crecimiento económico mediante el destino de los dineros faltantes para hacer negocios competitivos. ¡Claro que se puede! La recesión internacional y el bajo crecimiento interno, además de afectar a las masas empobrecidas, pueden convertirse en el hoyo negro que se trague a los pocos negocios rentables con todo y sus dueños. Al tiempo.