Los sonetos lujuriosos de Pietro Aretino

Cuenta una divertida leyenda (de esas que abundan en torno a las biografías de los famosos) que, durante un banquete, un comensal contó a El Divino Pietro Aretino (Arezzo, 1492–Venecia, Italia 1556) un chiste escabroso acerca de su propia hermana.

Tania Zapata Ortega

2019-09-02
Ciudad de México

Cuenta una divertida leyenda (de esas que abundan en torno a las biografías de los famosos) que, durante un banquete, un comensal contó a El Divino Pietro Aretino (Arezzo, 1492–Venecia, Italia 1556) un chiste escabroso acerca de su propia hermana, con detalles del burdel local. A consecuencia de la risa, que se prolongó durante mucho más tiempo de lo que su cuerpo resistió, cayó del asiento, muriendo en el mismo sitio víctima de un paro cardiaco. Sus biógrafos más serios consignan su fallecimiento en similares circunstancias, pero diagnostican apoplejía fulminante como la causa de la misma.

Extraordinario poeta y dramaturgo del Quattrocento florentino, este Azote de los príncipes ha sido considerado padre del periodismo. Sus escandalosos textos provocaron una y otra vez su exilio; fue expulsado de su tierra natal por haber escrito un soneto satírico burlándose de las indulgencias papales; se instaló en Perugia, pasó a Roma; de donde tuvo que huir hacia Mantua y posteriormente a Venecia.

Para que no divulgara los chismes cortesanos con las peripecias de los nobles de costumbres disipadas, éstos pagaban a menudo por su silencio; hasta el final de sus días, esta labor sirvió al Aretino, hijo de un humilde zapatero, para “profesionalizarse” como escritor.

Sus comedias y poemas van de un fino erotismo a la pornografía descarnada; pero esa obscenidad y lascivia no hubieran bastado para inmortalizarlo si no hubiera sabido interpretar el aliento del gran siglo, esa ruptura con las normas establecidas por una sociedad decadente. La doble moral del clero regular se refleja en Raggionamentti (Diálogos amenos, 1536) cuyo personaje principal, La Enana, se inicia como prostituta en un convento, donde presencia la desenfrenada vida sexual de frailes y monjas de la que participa también el alto clero. Y no es la prolija descripción de las perversiones de los religiosos lo que acarreó sobre el poeta la desaprobación cortesana, sino su demoledora denuncia, desde la risa y el ridículo, de la descomposición de la Iglesia Católica, al amparo del poder secular. Cuentan que había dispuesto que en su tumba se colocara el siguiente epitafio:

Aquí yace Aretino, poeta toscano

de todos habló mal, salvo de Cristo

excusándose con la razón: «No lo conozco».

Sus 16 Sonetos Lujuriosos o Los modi (ajustados a la preceptiva original de 16 versos) fueron publicados junto a Posturas, un conjunto de 16 grabados del pintor Marco Antonio Raimondi, que plasmó a otras tantas parejas copulando y que el pintor había copiado de los dibujos de Julio Romano. Esta “literatura” era común en ciertos círculos clandestinos de la época y la consumían los mismos que encomiaban la poesía piadosa “que purifica el alma”.

Luis Antonio de Villena, traductor y prologuista de los Sonetos Lujuriosos, dice de ellos “Ciertamente (…) tenían precedentes, pero tanto por su forma como por su sana alegría de vivir son una obra típicamente renacentista (…) En el mejor sentido de la palabra, los Sonetti lussuriosi son un divertimento, un ludus erótico, una celebración de la lujuria y del sexo que quiere ser aproblemático y gozoso. No se trata, claro, de gran poesía. Lo importante es divertirse y sentir placer, ensalzar la carne. El mañana —como cantaba Lorenzo El Magnífico— de mañana no hay certeza.

Quien quiera ser gran maestro anda loco,

que hasta el pájaro pierde la jornada

si quiere hallar contento no jodiendo.

 

Y reviente en un palacio

el cortesano esperando la muerte

solo mi rijo yo guardar espero.

El prologuista cita una carta donde el poeta declara: “Su mensaje indecente (el de los Sonetos) lo dedico a todos los hipócritas, porque ya estoy harto de su vil censura o de esa villana costumbre de cerrar los ojos ante lo que se complacerían en ver. ¿Qué daño puede haber en contemplar un hombre poseyendo a una mujer?) ¿O hay animales con más libertad que nosotros?”.

En esta ocasión no regalaré a nuestros lectores el texto de alguno de sus Sonetos para evitar la clausura de esta Tribuna, pero su morbo literario (dicen que la curiosidad mató al gato) puede fácilmente llevarlos a descargar algún archivo de esos que abundan en la fabulosa enciclopedia virtual que es la Internet.

Si el tema de las relaciones sexuales no era en absoluto una novedad literaria, y puede rastrearse en catálogos, instructivos, himnos y códices antiquísimos, el espíritu rebelde, contestatario, de crítica social de que está impregnada la obra del Aretino sí que es nuevo. El neopaganismo renacentista se manifesta en la reivindicación de una sexualidad sin tapujos y en igualdad de condiciones para hombres y mujeres, pero los Sonetos contienen también mucho de erotismo homosexual.