Quemando el Arca de Noé

Ante esta situación, ningún político puede darse el lujo de ignorar la crisis climática y menos de destruir lo único que puede salvarnos. Bolsonaro no debe, bajo ningún motivo, permitir quemas ni deforestaciones masivas.

Ciltali Aguirre Salcedo

2019-09-02
Ciudad de México

Desde sus orígenes, nuestro planeta ha estado sujeto a un largo proceso de transformaciones. La primera atmósfera que se formó no estaba oxigenada, no había seres vivos. Tuvieron que pasar miles de millones de años para que se dieran las condiciones necesarias para nuestra existencia. La vida en nuestro planeta apareció aproximadamente cuando habían transcurrido tres mil 500 de los cuatro mil 700 millones de años (ma) que se le calculan; y el ser humano, hace apenas tres millones. De esto se desprende que, así como las demás especies, el hombre necesita un rango determinado de condiciones ambientales y recursos para existir. Para que la especie perdure, dicho rango no debe ser alterado.

En la historia de la tierra ha habido varios episodios de cambio climático (calentamiento y enfriamiento), algunos fueron tan extremos que provocaron extinciones masivas y arrasaron hasta con 90 por ciento de las especies que existían en ese momento; otros obligaron a los primeros grupos humanos a migrar hacia otras áreas del planeta para salvarse. Han desaparecido miles de especies y se modificaron muchas otras que lograron adaptarse a las nuevas condiciones y a modificar el entorno donde viven. Lo que hagan o dejen de hacer las especies, incluido el hombre, influye en el ambiente y éste influye en ellas.

Las acciones del hombre, principalmente las iniciadas en la Revolución Industrial y desarrolladas en la sociedad capitalista, han provocado cambios de diversa magnitud en el ambiente y propiciado una situación de emergencia. Ahora, en el escenario del calentamiento global, ¿cómo garantizamos la sobrevivencia de nuestra especie, la disponibilidad de alimentos, medicinas, agua potable, vestidos, oxígeno?¿Cómo disminuimos la concentración de dióxido de carbono (CO2) y los demás gases de efecto invernadero que están provocando eventos meteorológicos extremos y afectando a humanos y demás seres vivos?¿Cómo evitamos que se incremente drásticamente el nivel del mar e inunde las ciudades costeras; que las sequías e inundaciones provoquen más pérdidas de cosechas en todo el mundo; o que la acidificación y el calentamiento de los océanos disminuya drásticamente la producción de alimentos provenientes del mar?

La respuesta está en la conservación y la restauración de los ecosistemas terrestres y marinos, especialmente en aquellos cuya magnitud e importancia ecológica desempeñan una función central en el equilibrio del planeta entero. Es el caso de la Amazonía, la selva tropical más grande que absorbe un cuarto del total de CO2 de la atmósfera, y que con ello contribuye a mitigar y regular el calentamiento global; que alberga 20 por ciento de las reservas de agua dulce y aporta 20 por ciento del oxígeno producido en el planeta. Además, la extraordinaria diversidad y las múltiples funciones e interacciones de sus especies proporcionan diferentes bienes y servicios, sin los cuales la población local y mundial difícilmente podría sobrevivir.

La amenaza del cambio climático es realmente seria, no estamos listos para hacerle frente una vez que se intensifique; desconocemos cómo evolucionará este fenómeno en algunas regiones del planeta, así como la totalidad de los cambios que provocará en la superficie terrestre y en la disponibilidad de los recursos, de los que dependemos. La mediana investigación científica que existe al respecto suele ser ignorada por los principales gestores de decisiones en las sociedades. Ciertos gobernantes niegan la existencia de este fenómeno (Donald Trump); otros no consideran la implementación de políticas, ni la distribución de los recursos económicos indispensables para atacarlo (Andrés Manuel López Obrador); incluso unos más insisten en mecanismos que tienden a reforzarlo, como es el caso de la explotación en el uso de combustibles fósiles y la deforestación (AMLO y Bolsonaro, respectivamente).

Ante esta situación, ningún político puede darse el lujo de ignorar la crisis climática y menos de destruir lo único que puede salvarnos. Bolsonaro no debe, bajo ningún motivo, permitir quemas ni deforestaciones masivas como las que están generando los incendios en el Amazonas para favorecer a ciertas empresas y perjudicar no solo a los 34 millones de seres humanos que habitan en esa región, sino a la población mundial. Bajo la jurisdicción del gobierno de Brasil se encuentra el pulmón del planeta, por lo que su obligación es global y de sus políticas depende, en gran medida, el futuro de la especie humana. Es decir, Bolsonaro no está en condiciones de ponerse a “jugar con fuego”.