El acuerdo Mercosur-UE, la crisis del Amazonas y el capital

Los grandes incendios que vive hoy el Amazonas, el pulmón más importante del planeta, son en realidad la consecuencia más grave que ha traído la expansión de la agricultura industrializada brasileña.

Ehécatl Lázaro

2019-09-02
Ciudad de México

El pasado 29 de junio se concretó un importante acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea (UE); se trata del Acuerdo de Asociación Estratégica (AAE), un pacto largamente negociado por los dos bloques internacionales en aras de estrechar las relaciones económicas entre el Cono Sur de América Latina y el continente europeo. La historia de este acuerdo se remonta a la década de los años 90, cuando el mundo dejaba atrás el periodo bipolar y la doctrina neoliberal se convertía en la fórmula que llevaría a todos los pueblos a un desarrollo económico sostenido. La nueva etapa no solo recetó la desregularización de los mercados en el interior de los países, sino también promovió la eliminación de las barreras nacionales para ampliar los mercados de las grandes empresas. Fue en esa época cuando los Estados del recién creado Mercosur (1991) comenzaron a proyectar una posible alianza comercial con sus pares europeos. Hoy el acuerdo se cerró.

Lo del Mercosur y la UE no es nuevo. De hecho, la historia de América Latina está llena de proyectos de integración, planes para unir a los países mediante bloques internacionales que eleven la calidad de vida de sus pueblos. Históricamente estos proyectos han sido de dos tipos: los que pretenden formar una “patria grande” latinoamericana, cuyos principales exponentes son Simón Bolívar, José Martí y más recientemente Hugo Chávez; y los proyectos que buscan anclar las economías y las sociedades latinoamericanas con las grandes potencias del mundo, sobre todo a Estados Unidos (EE. UU.) y Europa.

Los proyectos del primer tipo sostienen que la única manera que tienen las economías de la región para fortalecerse es integrar un gran mercado latinoamericano que participe en términos de igualdad con las potencias mundiales. Los otros suponen que aliarse con las economías del primer mundo beneficiará de alguna manera a sus países; en realidad se trata de continuar con la subordinación que ha caracterizado la relación de América Latina con los centros capitalistas. En este marco se inserta el nuevo acuerdo Mercosur-UE.

Aprovechando la correlación de fuerzas que vive hoy la región, la Argentina de Macri y el Brasil de Bolsonaro presionaron a los pequeños Estados de Uruguay y Paraguay –los otros integrantes del Mercosur– para expulsar a Maduro del bloque, quien siempre había rechazado la integración subordinada del bloque a Europa. No se conocen todavía los detalles del acuerdo logrado, sin embargo, es claro que tanto Argentina como Brasil buscan engrosar el flujo de sus principales productos de exportación, generados básicamente en el sector agropecuario. Aunque Argentina y Brasil poseen un desarrollo industrial considerable para los estándares latinoamericanos, sobre todo Brasil en ambas economías, la producción de carne y ciertos cultivos, como la soya, desempeñan un papel central. Serán éstos los sectores beneficiados por el acuerdo trasatlántico.

Al reeditarse las relaciones imperialistas entre las metrópolis y sus colonias, los países del Mercosur comenzarán a importar más productos de valor agregado provenientes de Europa occidental; en contrapartida, los europeos incrementarán las importaciones agropecuarias generadas en el Cono Sur sudamericano. En términos económicos, en América Latina los beneficiados del acuerdo serán los grandes empresarios estancieros, quienes en los últimos años han ampliado la frontera agrícola a grado tal que ha sido necesario acuñar términos como “la república de la soya” para referirse a la preponderancia adquirida por dicho cultivo en Argentina y Paraguay.

Pero las consecuencias no se restringen al ámbito económico. En su voracidad innata, el capital lo arrastra todo. Los grandes incendios que vive hoy el Amazonas, el pulmón más importante del planeta, son en realidad la consecuencia más grave que ha traído la expansión de la agricultura industrializada brasileña. No ha sido necesario el respaldo explícito de Jair Bolsonaro para que este poderoso sector empresarial intensifique las medidas que desde hace décadas aplica en la Amazonia. Simplemente buscan aprovechar el clima económico internacional para elevar su producción y alimentar al moderno Moloch.

La destrucción medioambiental que hoy ocupa los principales reflectores de la prensa mundial es en realidad, una de las más rancias consecuencias del desarrollo capitalista. En el caso de Brasil, Argentina y Paraguay, los cultivos y las áreas de pastoreo seguirán ganándole terreno a la selva, solo que ahora con mayor agresividad. “El capitalismo tiende a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y el ser humano”, escribió alguna vez Carlos Marx. Para detener la alocada carrera autodestructiva en que se encuentra la humanidad, solo hay una salida: socialismo o barbarie.