LA “EXTINCIÓN DE DOMINIO” EN LA NOVELA MARTÍN GARATUZA

¿qué podemos esperar los ciudadanos comunes, si basta que un poderoso extienda sobre nosotros su denuncia “anónima”?

Tania Zapata Ortega

2019-08-24
Ciudad de México

Nieto de don Vicente Guerrero, el general Vicente Riva Palacio (1832-1896) fue un liberal consecuente, un patriota durante la intervención francesa y fundador del periódico El Ahuizote. Su novela histórica Martín Garatuza, ambientada en la Nueva España, tiene como eje conductor las aventuras del astuto personaje que le da nombre, y se desenvuelve hábilmente en los entretelones de la corte virreinal, “cocinando” una conjura para deshacerse de la tutela de España. Un argumento secundario de este ilustre relato es la semejanza de aquella sociedad con la nuestra, en lo referente al autoritarismo y al despojo.

Isabel de Carbajal, nieta del emperador Cuauhtémoc, habiendo rechazado al español Baltasar de Salmerón, se casa con don Nuño. Despechado, Salmerón secuestra a la hija de ambos, cita a la madre, la secuestra, la viola y después la denuncia en forma anónima ante el Tribunal del Santo Oficio que se presenta de inmediato en su casa; la toma presa junto a sus dos hermanas y traslada a las tres mujeres a las mazmorras de la Inquisición Novohispana, donde son torturadas y finalmente ejecutadas en la hoguera por judaizantes y brujas en el primer auto de fe practicado en estas tierras.

“Don Felipe se adelantó para ver quiénes eran, y descubrió una multitud de familiares del Santo Oficio, a la cabeza de los cuales venía un comisario.

Estaba entonces recién establecido en México el tribunal de la Inquisición, y aún no había celebrado su primer auto de fe.

Esto pasaba en 1573, y era el primer inquisidor don Pedro Moya de Contreras, que después fue nombrado arzobispo de México y virrey de la Nueva España.

A pesar de todo, la Inquisición era ya el espanto de todas las naciones en donde se tenía noticia de sus crueldades y de su modo de proceder.

Don Felipe se estremeció, comprendiendo que una nueva desgracia le amenazaba.

El comisario del Santo Oficio llegó hasta la estancia en que estaba doña Isabel y dijo con voz solemne:

–Doña Isabel, doña Violante y doña Leonor de Carbajal ¿dónde están?

–Aquí estamos –contestaron las dos hermanas, que habían llegado atraídas por el rumor.

–Falta una –dijo el comisario.

–Aquí está –contestó doña Isabel, presentándose ante sus hermanas asombradas, que ignoraban que estuviese allí.

–De orden del Santo Oficio, dense a prisión las tres –dijo el comisario.

El terror privó del uso de la palabra a todos.

Los familiares se apoderaron de las tres hermanas, y el comisario tomó posesión de la casa y de todos los bienes en nombre del Santo Oficio y como una garantía para los gastos del proceso.

Don Felipe y don Nuño fueron lanzados a la calle; igual suerte tocó a los criados, y los esclavos quedaron por cuenta de la Inquisición”.

Una denuncia “anónima” de algún poderoso interesado en perjudicar la reputación, los bienes o la existencia misma de otro individuo causa la ruina y la muerte de toda una familia; mediante la ficción novelesca el autor denuncia la arbitrariedad de los procesos judiciales durante la Colonia; quien era acusado del peor delito en su tiempo, la brujería, era declarado culpable de antemano, perdiendo irremisiblemente sus bienes y la vida misma desde el momento de su aprehensión.

Felipe de Carbajal se entera de la tortura e inminente ejecución de sus tres hijas al oír esta conversación de dos obreros que preparaban el tablado para el “Auto de fe”:

–¿Con que también las carbajales salen mañana? –decía uno de ellos.

–También –contestó el familiar– que ahora se puede decir porque ya no es secreto, que mañana se leerán las sentencias.

–¿Y qué han hecho?

–¡Friolera! Están convictas y confesas de judaizantes, y de que celebraban los sábados, y la Pascua comían el cordero, y señalaban sus casas con la sangre del cabrito, como dicen que hacían los judíos, y otras mil cosas.

–¿Con que así eran de malas?

–Sí, y lo que es peor, que tenían comercio con el demonio.

–¿Con el demonio?

–En carne y hueso, y eso que yo mismo lo vi.

Miles de hombres y mujeres, acusados de judaizantes, brujas y de tener comercio carnal con el demonio fueron torturados y quemados vivos; como la Iglesia no estaba “autorizada para matar” el tribunal del Santo Oficio entregaba a los condenados a muerte a los tribunales seculares. Sus bienes pasaban a manos de la Iglesia Católica para edificación de la sociedad. Tales eran los castigos destinados a los reos de los peores delitos de aquella época, entre los que figuraban el profesar a escondidas el judaísmo; renegar de Dios, de sus santos y la Virgen, el amancebamiento, la fornicación y la sodomía; las penas, previa tortura para lograr la confesión, iban desde ahorcamiento y azotes hasta la pena de muerte, sin que apenas pudieran aspirar a un “debido proceso” o a una “defensa de oficio”.

Y en esta sociedad “democrática”, cada vez más asediada por la irracionalidad y el autoritarismo, en la que los delitos oficiales son “la corrupción” y el “enriquecimiento ilícito” ¿qué podemos esperar los ciudadanos comunes, si basta que un poderoso extienda sobre nosotros su denuncia “anónima”?