¿Por qué no hay más viajes a la Luna?

La relación entre la ciencia y el dinero, entre la técnica y el negocio, ha sido ampliamente discutida por los grandes pensadores de la humanidad.

Aquiles Celis

2019-08-21
Ciudad de México

¿Por qué no hay más viajes a la Luna?

(…) Cuando estaba en la luna

paseando por la nada como un imbécil

sentí el asco infinito de la ausencia del hombre

y me dije qué mierda estoy haciendo aquí

algo así debe haber confesado Armstrong a sus jefes

con su estrenada voz de robot disidente

y quizá por eso los dueños del poder

postergaron sine die los viajes a la luna.

 El hombre ha regresado pocas veces a la Luna desde que en 1969 Neil Armstrong alunizó y caminó pesadamente entre los cráteres lunares junto a sus compañeros de odisea. Sus palabras: “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad,” resonaron en los 500 millones de televisores que transmitieron en vivo y en directo la hazaña de la tripulación del Apolo 11. Ocho años antes, Yuri Gagarin, el cosmonauta soviético, se convirtió en el primer hombre en navegar el espacio extraterrestre y a su vuelta declaró: “No veo ningún dios por aquí arriba”. En el contexto de la Guerra Fría, por un lado, el eje comunista y por el otro, el eje capitalista compitieron por la conquista del espacio exterior y, gracias a esa lucha, la humanidad se benefició con descubrimientos.

Cincuenta años más tarde aquí estamos. Ya no hay Unión Soviética y desde 1972 el hombre no ha vuelto a pisar la superficie lunar. Esto sugiere una moraleja reveladora. No hemos regresado a la luna por varias razones, pero la fundamental se debe al capitalismo. ¿Para qué nos trasladamos allá? Los viajes son muy costosos, no son rentables y no hay materia prima que explotar, ni gente que expoliar en el espacio. A pesar de que las misiones espaciales han construido un legado científico sumamente importante, los sobrecostos de la exploración científica del espacio exterior han imposibilitado estas labores ultraterrícolas.

La relación entre la ciencia y el dinero, entre la técnica y el negocio, ha sido ampliamente discutida por los grandes pensadores de la humanidad. Como relata Carlos Marx en El Capital, en la época en que se inició la maquinización de la industria textil, John Stuart Mill puso el dedo en este renglón. En 1848, cuando publicó su libro Principios de Economía Política, Marx escribió: “Cabría preguntarse si todos los inventos mecánicos aplicados hasta el presente han facilitado en algo los esfuerzos cotidianos de un hombre”. Pero la lógica de la producción capitalista no sigue esas coordenadas, por más que se nos venda la idea de que el consumismo y la industrialización han facilitado y hecho más apacible la vida humana en la Tierra.

De este modo, la Revolución Industrial de mediados del siglo XIX, el proyecto espacial y el desarrollo de las telecomunicaciones de la segunda mitad del siglo XX, y la tecnología de comunicación electrónica de nuestra época comparten el mismo sentido: el espíritu del enriquecimiento personal y el espíritu de la explotación de la naturaleza para la continuidad de las relaciones capitalistas de producción.

Por ello resulta entendible que, en una época como la nuestra, de florecimiento tecnológico y científico, el freno para el conocimiento y la exploración del universo sea precisamente el capitalismo y su libre mercado, para el cual lo que no sea negocio ni redituable es cancelado o postergado. Éste es el caso de la odisea espacial. El capitalismo nos revela otra de sus múltiples facetas: la de ser un freno para el conocimiento.

Sin embargo, no sería justo ni verdadero afirmar que las misiones espaciales están frenadas en su totalidad. En estos años se han enviado naves tripuladas por robots que han viajado hasta las lunas de Júpiter o que han aterrizado en Marte. Esto se haría con el fin de conocer, observar las particularidades de los asteroides y sondear la posibilidad de habitar el universo en un futuro cada vez menos lejano.

Pero los programas espaciales de Estados Unidos, por ejemplo, se han amparado en el desarrollo de la iniciativa privada, como ocurre con la compañía Space X, de Elon Musk,  magnate multimillonario con ínfulas de superhéroe posmoderno; o la empresa espacial Blue Origin, propiedad de Jeff Bezos, el gerifalte de Amazon. Estos proyectos espaciales tienen pensado realizar los primeros viajes tripulados de turismo espacial; que solo podrán pagar por multimillonarios. Pero en los planes de la iniciativa privada, el afán de conocimiento científico queda relegado a segundo plano o subsumido al deseo de hacer negocios. Por ello, si se contrasta actualmente la presencia de nuestra especie en el espacio, lo único que podríamos trasladar a otros planetas del sistema solar y la Vía Láctea serían las diferencias sociales generadas por el capitalismo y su libre mercado.