Dolores Bolio Cantarell

Nació en Mérida, Yucatán, el 22 de agosto de 1880

Redacción

2019-08-18
Ciudad de México

DOLORES BOLIO CANTARELL. Nació en Mérida, Yucatán, el 22 de agosto de 1880. Provenía de una familia con recursos, por lo que en su juventud viajó a Europa, Cuba y Estados Unidos. Formó parte del Ateneo Mexicano de Mujeres, donde practicó el periodismo feminista y desarrolló un estilo lírico, sin embargo en sus cuentos, novelas y ensayos retrata fielmente las amarguras de la realidad. Su novela Una hoja del pasado (1920) es considerada la primera novela histórica de una mujer mexicana. Su obra poética se publicó en A tu oído, De tu intimidad (1917), Yerbas de olor (1924) y En silencio (1936). Murió en la Ciudad de México en 1950.  

CANTARES Y SENTIRES

Si por añeja costumbre

en mis versos me buscáis,

erradamente pensáis

al par que la muchedumbre;

en dorada servidumbre

moré en florido solar,

y estoy velando en mi hogar

los tizones del honor,

que al bien amado señor

se sirve sin vacilar.

Mi morada siempre abierta

está; podéis penetrar

la verdad de par en par

os deja franca la puerta.

No extrañéis verla desierta

de lisonjero clamor,

que «mi castillo interior»

«más alto que el alta sierra»…

ocupa el sitio en la tierra

de un nido de ruiseñor.

Me apasionan los cantares

sin que de ingenio presuma,

que es bienhechora la pluma

para mitigar pesares.

Brotaron, como en los mares…

se va forjando la espuma,

si no son perlas preciosas

perlas serán de amargura,

que en esta jornada dura

tristeza inspiran las cosas.

No canto con plecto de oro;

mi decir es una fuente

que llora secretamente

sobre la tierra que adoro.

Con las mareas a coro,

con los rumores del viento,

mi peregrina afición

exhala su pensamiento,

y desde mi pecho siento

que vuela mi corazón.

A la envidia siempre extraña,

duéleme ajeno dolor;

mas veo, que en cada flor

se posa vil alimaña…

En mi condición extraña

no doy puente a la ilusión,

pero es tal mi condición

que huyo de la vanidad,

execro la liviandad

y me entrego a la ambición.

Es la ambición que me inflama

un sacro licor divino,

me embriaga el glorioso vino

que del arte se derrama.

Es mi vivir una llama

que se alimenta de amor…

y aunque el amor es dolor,

tan fuerte es mi ambición loca

que hallo toda lumbre poca,

sintiendo en mí otra mayor!

Soy fuerte para el sentir

soy frágil para llorar;

recia soy para sufrir,

débil soy para luchar.

Por el camino allanar

trabajo en duro troquel,

gustando sorbos de hiel,

mas es bálsamo mi herida,

que en los campos de la vida

donde hay avispas, hay miel.

He concentrado el fervor

de toda mi juventud

por conquistarme quietud

y libertad interior;

mi esclavo, no mi señor,

es el dinero; sus bienes

nunca endiosé, y si acero

es mi orgullo en los desdenes,

no hace en mi alma el odio rehenes

porque perdonando muero.

Me postro ante la justicia

que no halla en el mundo espejo,

por la gracia y el consejo

de mi conciencia patricia;

entro en la santa milicia

del triste, sin credenciales;

pero fuerte en ideales,

mirra gotea mi mano,

y ofrendo al dolor humano

mis ternuras maternales.

Si amor es admiración

difícil soy de vencer,

pues no me vence el placer,

ni me rinde la pasión:

Ansiando una perfección

sedienta mi alma entregué;

su noble cetro de hinojos,

mas en la senda de abrojos

tendió las alas mi fe,

y tengo abiertos los ojos.

Y ¿por qué el humano amor

si es raudal de sufrimiento,

aguija en mi pensamiento

miedo al engaño traidor?

Un celestial Amador

solo dio la paz del alma:

quisiera hallar en la calma

de mi interior monasterio

que en tan suave refrigerio

besa el céfiro la palma.

Pero es ciencia de vivir

abnegarse por amar,

y darse para llorar

es la dicha del sufrir.

Sé por mi dueño morir

con un gozo enajenado:

toda soy del Dueño Amado,

pues en sus labios respiro

y hasta mi último suspiro

será un beso enamorado.

HACIA EL INFINITO

Él dice: Estoy sediento

de la inmensa dulzura de tus ojos,

del primoroso imán de tu sonrisa,

de tu encanto gracioso

como un amanecer, todo esperanza.

Sediento estoy del púdico sonrojo

con que una vida nueva me saluda

brotando de tu rostro.

Sediento estoy, ¡sediento!

No contemplo tu faz, ni a ti te toco

y te siento tan íntima y tan cerca

que me envuelve tu aura y que tus rojos

y frescos labios llegan a besarme

noches enteras de abrasado insomnio.

Suspiro suave, suave,

tal que resonasen en el oído

de mi corazón esos suspiros

tan tenues... y tan hondos,

y mis manos se alzan y te buscan

y no te hallan, y en sudor se hunde mi rostro

y en la sombra se ciegan doloridos

mi árido espíritu y mis yertos ojos;
y entonces, en mi aliento fugitivo

como candente soplo

no hay beso de amor. Es una llama

de mi ser encendido... ¡Estoy solo!