El Arcipreste, pionero de las serranas  (segunda de dos partes)

El Arcipreste de Hita toda una reflexión en torno a los poderes mágicos del dinero, cuya presencia facilita cualquier trato y, sin el cual, el poseedor de mercancías debe negarse al intercambio

Tania Zapata Ortega

2019-08-18
Ciudad de México

La Cántica de Serrana es una composición lírica en arte menor intercalada en la historia de Don Melón de la Huerta, en el Libro de buen amor, del Arcipreste de Hita (1283-1350). La composición previa (escrita en cuaderna vía) la titula el poeta De lo que contesció al Arcipreste con la serrana e de las figuras della, y funciona como una cómica introducción donde se relata la situación que se le presentó en uno de sus viajes. Los personajes, el propio Juan Ruiz y una serrana, protagonizan un encuentro en un paso de montaña cerca de Tablada, durante una madrugada particularmente fría; el Arcipreste apura el paso para calentarse con su propio movimiento, pero cuando está a punto de rendirse al frío y a la fatiga, aparece ante él una mujer a la que describe como poco agraciada, de enorme talla, velluda, de cuello ancho, rostro hinchado, cejas pobladas, grandes orejas, descomunales dientes, pies y manos enormes, en fin, de aspecto temible.

Sus miembros e su talla // non son para callar,

ca byen creed que era // grand yegua cavallar:

quien con ella luchase, // non’s podría bien fallar;

sy ella non quesiese, // non la podí aballar.

Non sé de quál diablo es // tal fantasma quista;

avía la cabeza mucho // más grande syn guisa;

cabellos chicos, negros, // como corneja lysa:

ojos fondos e bermejos; // poco e mal devisa;

mayor es que de osa // su pisada do pisa.

Las orejas tamañas     // como d´ añal borrico;

el su pescueço negro, // ancho, velloso, chico;

las narizes muy luengas // semejan çarapico;

bevería, en pocos días // caudal de buhón rico.

Su boca de alana, // grandes rrostros e gordos;

dyentes anchos e luengos, // cavallunos, maxmordos;

las cobreçejas anchas // e más negras que tordos.

En la Cántica, este desagradable aspecto no se manifiesta al principio, por el contrario, dice que la mujer es hermosa, lozana y tiene el rostro encendido por el frío. Entendiendo que probablemente ésta sea la única oportunidad para sobrevivir, el Arcipreste le solicita asilo. Renuente al principio, ella invita al viajero a seguir su camino, pues la condición para dar abrigo y alimento es que el hombre se case con ella y la mantenga. Soy casado, responde el poeta, pero puedo pagar con dinero el hospedaje. Los ruegos y ofrecimientos de éste logran que la pastora lo lleve a su choza donde le ofrece rústico pero sabroso banquete, al final del cual le requiere el pago por sus servicios, a lo que el huésped responde solicitando aclare la naturaleza del estipendio.

Vos, qu’ eso desides,

¿por qué non pedides

la cosa çertera?

Todavía dudando de la disposición para otorgar lo que considera el pago justo por su servicios, ella enumera los valiosos objetos que quiere a cambio: adornos, vestido, abrigo, calzado y alhajas; recibidos los cuales, ella accederá también a recibirlo como marido y a ser su “velada”, es decir, su mujer.

Ella diz´: «¡Maguera!

¿Sy me será dada?

Pues dame una çinta

bermeja, byen tynta,

e buena camisa

fecha a mi guisa

con su collarada.

Dame buenas sartas

d’ estaña e hartas,

e dame halía

de buena valya,

pelleja delgada.

Dame buena toca,

lystada de cota,

e dame çapatas,

bermejas byen altas,

de pieça labrada.

Con aquestas joyas,

quiero que lo oyas,

serás byen venido:

serás mi marido

e yo tu velada».

Y el Arcipreste, que solo estaba interesado en salvar la vida en aquella aventura, arriesgándose a sufrir el enojo de la “espantable” mujer, responde que no trae consigo todas las prendas que ella solicita; pero pide fiados los favores y promete pagar a su vuelta.

«Serrana señora,

tant’ algo agora

non trax’ por ventura;

faré fiadura

para la tornada.»

Entonces sobreviene el asombroso desenlace; en boca de la “heda”, es decir de la mujer fea, pone el Arcipreste de Hita toda una reflexión en torno a los poderes mágicos del dinero, cuya presencia facilita cualquier trato y, sin el cual, el poseedor de mercancías debe negarse al intercambio: “Donde no hay moneda, no hay mercancía, ni servicios ni buenos tratos; no hay cliente bueno sin dinero y yo no hago tratos ni le doy posada a quien no pague; los homenajes (agradecimientos) no pagan hostelajes”. Sabiduría popular, práctica, sin moralinas, en este aparentemente piadoso Libro de buen amor.

Díxome la heda:

«Do non ay moneda,

non ay merchandía

nin ay tan buen día

nin cara pagada.

Non ay mercadero

bueno sin dinero,

e yo non me pago

del que non da algo

nin le dó posada.

Nunca d’ omenaje

pagan ostelaje;

por dineros faze

ome quanto’l plase:

cosa es provada».