RODULFO FIGUEROA

cursó la preparatoria en el Instituto Nacional Central para Varones de Guatemala donde demostró gran habilidad para la composición poética; se dice que, de 25 cursos recibidos en Guatemala, en 23 ganó menciones honoríficas y medallas de oro.

Redacción

2019-08-13
Ciudad de México

RODULFO FIGUEROA. Nació el cuatro de agosto de 1866 en Cintalapa, Chiapas. Vivió su infancia en la hacienda ganadera Santiago del Valle de Cintalapa; cursó la preparatoria en el Instituto Nacional Central para Varones de Guatemala donde demostró gran habilidad para la composición poética; se dice que, de 25 cursos recibidos en Guatemala, en 23 ganó menciones honoríficas y medallas de oro. En 1888 publicó sus primeros poemas en la revista Juventud Literaria y El Mundo Ilustrado junto a grandes literatos como Ignacio M. Altamirano y Justo Sierra, posteriormente fungió como director y redactor de la revista científica La Escuela de Medicina y editor de La Juventud Médica, órgano homónimo de la sociedad que creó. En 1893 se tituló como médico cirujano por la Universidad de San Carlos, Guatemala; el presidente de ese país, José María Reina Barrios, le otorgó la Medalla del Mérito como premio a su tesis. Existen dos antologías que compilan su obra poética: Lira Chiapaneca (1927) y Poesías completas (1958). Falleció el siete de julio de 1899, a los 32 años.

EL COLIBRÍ

Yo soy el colibrí que al sol extiendo

mis alas de esmeralda y de topacio,

yo estoy en este instante construyendo

en el limbo de una hoja mi palacio.

Yo nací acariciado por las brumas

de un cocotero en el penacho de oro,

yo soy el ave que en mis tenues plumas

los cambiantes del iris atesoro.

Yo jamás con mis cantos importuno

del bosque umbroso la vibrante orquesta,

yo soy tan inocente que ninguno

me causa daños cuando estoy de fiesta.

Porque me encuentro de ilusiones rico

me miran todos revolar travieso,

yo vivo de esperanzas, y en el pico

la miel conservo que libé de un beso.

Soy amigo de todas las violetas

que a la sombra se ocultan pudorosas,

yo soy la inspiración de los poetas

y el amor imposible de las rosas.

En los instantes en que siento frío

me voy al nido que dejé desierto,

y cuando tengo sed, bebo el rocío

del cáliz perfumado y entreabierto.

Hoy que me está aguardando mi adorada

en un reclamo, manantial de arrullos,

no volverá a encontrarme la alborada

soñoliento y huraño en los capullos.

Y escuchando a los pájaros cantores

cifraremos los dos nuestros anhelos

en llevar de las urnas de las flores

la embriagadora esencia a los polluelos.

¡Oh cuando vengan las primeras lluvias

y ornen al nido exuberantes galas,

se adormirán las cabecitas rubias

al vibrante rumor de nuestras alas!

Y estaremos de fiesta cada día

que en el fondo mullido del palacio

aparezca un plumón, orfebrería

de esmeralda, de oro y de topacio!…

Soy del bosque el orgullo, soy el ave

que más sonrisas a la hermosa arranca,

soy tan pequeño que mi nido cabe

en una diminuta mano blanca.

Solo en horas de amor y de arrebato

se hallan en el labio humedecido y rojo,

néctar tan suave, delicioso y grato

como la miel que de la flor recojo.

Yo no tengo inquietudes: la paloma

que anidó en el tupido limonero,

temblando a veces la cabeza asoma,

porque la asecha el gavilán artero.

Pero yo sin temor al sol extiendo

mis alas de esmeralda y de topacio,

porque estoy afanoso construyendo

en el limbo de una hoja mi palacio!

EL NÚMERO 339

I

Estudiando una vez histología

del anfiteatro en el salón desierto,

una historia encontré, grave y sombría

en la substancia cerebral de un muerto.

¿Cómo la descifré? yo la atribuyo

a la extraña aberración del microscopio;

dejo al lector con el criterio suyo,

la someto a su juicio y se la copio.

 

II

“Sabes el nombre que sin pompa y gala

usé muy poco en mi existencia breve,

tanto, que me llamaban en tu sala

el número trescientos treinta y nueve”.

“Mi profesión, mi edad, mi patria hermosa,

todo lo viste en el papel estrecho

que colocó la Hermana cuidadosa

bajo el número negro de mi lecho”.

“Me llevó al hospital la dura suerte

que en ser adverso al infeliz se aferra;

no lo creerás, pero encontré la muerte

por enfermarme en extranjera tierra”.

“Por orden del Doctor me examinaste

con esa falsa gravedad que ensayas,

y en tu libro de errores anotaste

la enfermedad que en mi cerebro no hallas”.

“Lo recuerdo muy bien: no hubo ninguno

que no inquiriese por mis males fieros,

y ante mí desfilaron uno a uno

con orden singular tus compañeros”.

“Fue en verdad, el Doctor muy bondadoso

cuando hablaba de mí por vez primera:

–Es un caso, Señores, muy curioso

que estudiarán cuando el enfermo muera”.

“El diagnóstico es fácil... la necropsia

dirá después cuanto explicar me resta;

jamás me canso de elogiar la autopsia

por los grandes servicios que nos presta”.

“En la substancia gris, al microscopio

esto y aquello encontrarán ustedes...

Y de lógica haciendo extenso acopio

habló el Doctor de lo que hallar no puedes”.

“Después mi extraño mal fue más complejo

más implacable y fiero cada día

hasta que vino al fin con su cortejo

de tremendos dolores la agonía…”

“En ese instante en que la vida siente

que su organismo a disgregarse empieza,

por mi familia y por mi patria ausente

una lágrima tuve de tristeza”.

“Llorar así por los que más me hicieron

llevaderas del mundo las espinas,

fue el postrer pensamiento que tuvieron

estas células muertas que examinas”.

“¡Mi postrer pensamiento!... Me propuse

decir verdad y sin querer te engaño;

¡Mi postrer pensamiento lo traduce

solo un ser que me adora y no un extraño!”

“¡Cuántos adioses por doquier miraran

de mis últimas noches intranquilas,

si a ese ocular obscuro se acercaran

de una hermosa que adoro las pupilas!”

“¡Aquel largo estertor de agonizante

hubiera sido pasajero y breve

si ella hubiera podido en ese instante

cerrar mis ojos con su mano leve”.

“¡Ah! cuando tuve esa ilusión que alegra

como rayo de sol tras noche obscura,

vi dibujarse como mancha negra

la silueta fatídica del cura!”

No recuerdo qué dijo: solamente

perdidos ecos de su voz cristiana

llegaban hasta mí confusamente

con el ora pro nobis de la hermana”.

“Como ave prisionera en el vacío

que al asfixiarse con horror se agita,

así mi ser se estremeció de frío

al sentirse rociar de agua bendita”.

“Con galvánicas fuerzas combatieron

todos mis nervios por la vida hermosa,

y al concluirse esa lucha, me trajeron

de esta sala anatómica a la losa”.

“Después rompiste sin temor mis sienes

porque sabes muy bien que mis dolores

se acabaron por fin... ¡y aquí me tienes

trasladado a estos mundos inferiores!”

“Aquí me tienes con la extraña marca

de este nuevo organismo que me apropio,

tan pequeño, que á veces no me abarca

en su campo visual el microscopio”.

“¡Que si pienso en mi amada! Me sorprende

tu pregunta tan llena de miseria,

¿No sabes tú que por amor se entiende

esa eterna atracción de la materia?”

“¿No sabes que dos gotas de rocío

si se funden en una es porque se aman,

que hasta en el seno del sepulcro frío

los átomos se buscan y se llaman?”

“Y ella al fin morirá... cortos instantes

dura en el mundo la existencia breve,

y se unirá a las células errantes

del número trecientos treinta y nueve!”

 

III

Dejo al lector con el criterio suyo

al concluir esta historia que le copio:

Yo de mí sé decir que la atribuyo

a extraña aberración del microscopio.