La Cartilla moral y el México real

El Presidente no puede atenerse únicamente a los discursos morales, debe combatir la pobreza en serio; debe abatir la marginación de fondo y no con programas asistenciales que apuntan al cálculo electoral y a los dobles juegos políticos.

Marco Antonio Aquiáhuatl Rivera

2019-08-11
Ciudad de México

La equiparación anticipada de una gestión política, que apenas luce como una promesa de cambio histórico con las hazañas realizadas por Miguel Hidalgo y Benito Juárez, no solamente representa un absurdo autotratamiento de “héroe nacional” carente de fundamentos, sino también la clara intrusión de un político que tiene demasiada buena opinión de sí mismo y que usa esta mentira como una estrategia para acusar a sus críticos de opositores al progreso nacional y traidores a la Patria. Frente a la práctica sin matices de este truco historicista y maniqueo, nadie tiene derecho a disentir del discurso oficial pese a que, en la pasada campaña electoral, su pragmatismo le permitió pactar, por un lado, con intelectuales progresistas de izquierda, y por otro con actores políticos de derecha.

En el discurso del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) hay propuestas de renovación política que muchos mexicanos anhelamos; pero el hecho de que gire en torno a la figura única de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) provoca tanto críticas muy agudas como reacciones viscerales de sus seguidores, que recurren a la calumnia y al linchamiento. Esta figura absoluta del Presidente propicia que Morena, que se muestra como partido con amplia participación colectiva, padezca de centralismo excesivo en la toma de sus decisiones. En el pasado reciente, por ejemplo, hubo serios cuestionamientos por la asignación de candidatos cuyo principal mérito era su afinidad con el jefe morenista, lo cual resultó en detrimento de la voluntad de la base. La imposición de Claudia Scheinbaum fue la punta del iceberg del verticalismo en ese partido; pero todo lo justifica la falsa idea de que AMLO es ya un “héroe nacional”.

Esta misma idea, por cierto, explica por qué AMLO, en un afán monomaniaco y moralizador, ha pasado del discurso a la distribución de la Cartilla moral, escrita hace 70 años por Alfonso Reyes. Este documento, cuya tesitura quizás sea igual a la del Código Hammurabi o a la del Huehuetlatolli de los antiguos mexicanos, es sin embargo más literario que práctico y su destino en manos de la gente puede no ser el esperado. Mi pesimismo no deriva solo de la ausencia del hábito de lectura en nuestro pueblo sino, sobre todo, de las condiciones socioeconómicas paupérrimas en las que vive la mayoría de los mexicanos; no se puede esperar que profese el bien sin antes cambiar sus deplorables condiciones materiales, causantes de sus males. Varios estudiosos del tema han demostrado que una personalidad agresiva o suicida –casi en todos los casos– surge en un ambiente hostil; la maldad no brota de la nada, sino de las malas condiciones concretas de vida.

Esto parece una verdad incontrovertible, pero se olvida pronto. Para muestra un botón: hace meses, los medios de comunicación lanzaron un linchamiento mediático unánime contra los pobladores veracruzanos que “rapiñaron” ganado de un transporte volcado. Frases como: “si robas, no te quejes de tus políticos, los mereces”; o aún más: “bestias, animales, hijos de...”, por mencionar las menos peyorativas. En estricto sentido fue un robo; y a diferencia de quienes tienen influencias económicas poderosas en las cortes de justicia, esos infractores pudieron ser señalados públicamente como inmorales y aun ser sancionados legalmente; pero la prensa olvidó, acaso a propósito, que los saqueadores eran, en su inmensa mayoría, gente humilde que cometió el “vergonzoso” acto impulsada por la necesidad. Esa misma cobertura mediática no parece interesada en percibir a ningún pudiente acaparando con brutalidad lo que cotidianamente apaña de la producción de sus empleados, o los consumidores de sus mercancías, donde la rapiña se revela igualmente insatisfecha y horrorosa. A propósito de esto, viene a colación lo que la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) dice en su conclusión de que México tiene las jornadas de trabajo más largas entre sus países miembros y lo que, por su parte, afirma la Comisión Económica para América Latina (Cepal) cuando revela que los trabajadores mexicanos tienen uno de los salarios más bajos de la región. Aquí la pregunta: ¿Solo con aforismos morales se hace a los hombres buenos?

El Presidente no puede atenerse únicamente a los discursos morales, debe combatir la pobreza en serio; debe abatir la marginación de fondo y no con programas asistenciales que apuntan al cálculo electoral y a los dobles juegos políticos. Por ello la publicación y distribución masiva del opúsculo moral de Alfonso Reyes tiene más contenido de propaganda perfilada a ofrecer a AMLO como un “patriota” y un “paladín del bien”, para que su imagen pública obtenga mayor aprobación que la de una campaña de verdadera educación política para las masas. Esta ambigüedad se evidencia, asimismo, en una explicación incompleta del desastroso estado del país, que se debe a que no se proponen medidas prácticas para contener los efectos negativos del modelo económico neoliberal, principal causante de la inaudita injusticia social.

Es urgente combatir la pobreza en los hechos, con base en una política económica que genere más empleos y salarios bien remunerados; que ponga en práctica una política fiscal progresiva en la que paguen más quienes más tienen y que habilite un gasto público suficiente con mayor orientación social, que propicie condiciones socioeconómicas en las que puedan desarrollarse hombres buenos en el sentido amplio de la palabra.