Acuerdo Mercosur-UE agudiza la subordinación del sur

El anunciado Acuerdo Mercosur-Unión Europea es un pacto de élites entre dos bloques en crisis, ya que el primero se halla paralizado y sin logros, y el segundo enfrenta aún las secuelas de la crisis de 2008 y el actual sesgo centrífugo de sus miembros.

Nydia Egremy

2019-08-11
Ciudad de México

El anunciado Acuerdo Mercosur-Unión Europea es un pacto de élites entre dos bloques en crisis, ya que el primero se halla paralizado y sin logros, y el segundo enfrenta aún las secuelas de la crisis de 2008 y el actual sesgo centrífugo de sus miembros. Resulta ser una asociación peligrosa para el mercado sudamericano porque destaca como el socio débil, porque tiene más qué perder que ganar y se le impone un rol de proveedor inconsulto, lo que impactará a los productores involucrados: agricultura, industria y las pequeñas y medianas empresas (Pymes); está únicamente suscrito por las élites sudamericanas que lo usan con fines electorales y empresariales. En cambio, favorece a Europa que así desafía al aislacionismo de Estados Unidos (EE. UU.) y el creciente dinamismo de China y Rusia. Finalmente representa un plan antidemocrático de origen, pues nadie conoce su contenido.

Del falaz “libre mercado” se pasó a una relación sistémica: ésa es la esencia del Acuerdo de Asociación Estratégica entre el Mercado Común del Sur (Mercosur) y la Unión Europea (UE), firmado el cuatro de julio. El capitalismo corporativo, con su plan estratégico: “competir, vetar y ganar”, pasó de los llamados Acuerdos de Libre Comercio (ALC) de los años 90 a los “acuerdos integrales”, donde las multinacionales dominan todos los ámbitos de la vida político-económica y social de los Estados y sus pueblos.

Los promotores de este pacto de élites comerciales –representados por el presidente argentino Mauricio Macri y el titular de la Comisión Europea. Jean-Claude Juncker– insisten en que fomenta la integración de un mercado birregional de 770 millones de personas con un comercio bilateral de bienes y servicios por más de 100 mil millones de dólares.

Su presentación, al inaugurarse la Cumbre del G20 en Osaka, confirmó que para ambas partes representa un instrumento en la disputa geopolítica que se libra entre el proteccionismo de EE. UU. promovido por Donald John Trump y el multilateralismo que promueven China, Rusia y una “agónica” UE.

Este escenario geopolítico se anticipaba en enero de 2018 con la nueva Estrategia de Defensa Nacional de EE. UU., del exsecretario de Defensa, James Mattis. Ahí indica que “la competencia estratégica entre los Estados, no el terrorismo, es ya la principal preocupación de seguridad nacional de EE. UU”. Con ese giro, Washington identifica a China y Rusia como sus principales amenazas y a Norcorea e Irán en un segundo nivel.

Bajo la óptica geopolítica el pacto Mercosur-UE, diseñado por los grandes capitales, también exhibe la pugna entre las potencias por América Latina, botín “suculento” tras el fin del ciclo progresista, apunta el analista Eduardo Lucita. En la región, el capitalismo promercado está en plena reestructuración y los gobiernos acatan el interés del agro-negocio y extractivismo trasnacional.

Al analizar la vertiente geoeconómica y el impacto de esa asociación estratégica resulta innegable su contenido político, pues expande la influencia político-económica del bloque europeo en la subregión sudamericana y, adicionalmente, fortalece a las derechas regionales. 

Para los escépticos del equilibrio entre potencias y países dependientes, el pacto Mercosur-UE significa la integración subordinada del sur a los vaivenes del mercado mundial. La perspectiva apunta hacia la proletarización de los trabajadores respaldada por las derechas neoconservadoras en ambas regiones. Es decir, se relaja la emancipación y se posiciona el imperio de las multinacionales que rechazan al sindicalismo y a cualquier forma de organización contra la explotación, refiere Decio Machado.

El cierre de este acuerdo representa el ocaso de un monumental proceso negociador de 20 años. Se pactó casi de urgencia por el fin de mandato de las autoridades de la UE (Juncker en la Comisión Europea y Cecilia Malström como comisaria de Comercio) y las elecciones en Suramérica.

Secreto y desigual

Paradójicamente, se ignora el contenido del acuerdo, pues hay oscurantismo en temas sensibles, como la lista de productos protegidos, lo cual destaca por comunicados europeos, filtraciones rumores; eso confirma la relación desigual entre dos bloques asimétricos (política, industrial, agrícola y tecnológicamente). Ese acuerdo integral consolida un vínculo del tipo centro-periferia que reedita en este siglo una nueva división internacional del trabajo.

Es el primer paso de un proceso irreversible cuyo avance debía vincularse con la convicción política sobre hacia dónde y cómo se quiere avanzar en el desarrollo de los pueblos comprometidos, que genere empleo de calidad y exporte valor agregado. “Y por lo que se ha visto, queda claro que no es el caso”, señala Francisco Castaño.

Avances y retrocesos de un plan capitalista

1991•    Nace el Mercosur con cinco miembros: Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Venezuela, suspendido en 2017. Hay siete Estados asociados: Bolivia (en proceso de adhesión), Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú y Surinam.

1992• Mercosur y la Comunidad Económica Europea (CEE) avanzan contactos.

1993-2009• Nace la UE, cuya personalidad jurídica se funda en la CEE.

1999-2000• Proceso de acercamiento con mandato de reunión.

2004-2010• Se suspenden negociaciones. Hay discrepancias por el monto de las cuotas y plazos para eliminar aranceles.

2016-2017• Se reanuda el diálogo. Surgen nuevos obstáculos.

2019•    Se rubrica el pacto político. Viene la revisión jurídica en la UE.

2020•    En espera de firma, las partes buscan la aplicación provisional.

2021• Proceso de ratificación de Parlamentos.  (Mercosur, cuatro y 28 de la UE; si un país europeo no lo ratifica, el tratado cae).

2025•    Conclusión y entrada en vigor definitiva.

 

Aunque no es definitivo, pues falta que concluyan las negociaciones técnicas y lo ratifiquen los congresos, resulta obvio que se trata de un acuerdo integral, no de “libre comercio”. Ya no solo se negocia el acceso a mercados de bienes y servicios; tiene mayor alcance en propiedad intelectual, normas de origen e inversiones, información geográfica, solución de controversias y adquisiciones gubernamentales.

Además, por las restricciones que le impone al sur, no es un Tratado de Libre Comercio (TLC). Es un “acuerdo integral” que regulará todos los ámbitos de la economía del Mercosur en su relación con la UE. Aunque aquélla suprimirá 92 por ciento de las tasas a bienes de su nuevo socio, no las eliminará en productos que le son sensibles (carnes, azúcar y biocombustibles), precisamente los que más interesan al bloque del sur.

Para ingresar al mercado europeo se imponen cuotas, preferencias y precios de entrada a los bienes agrícolas del Mercosur, debido a la Política Agrícola Común (PAC) y a los reclamos de trabajadores agrícolas de ese continente. Así ingresaría a la UE un límite de 99 mil toneladas de carne con una tasa preferencial de 7.5 por ciento, con lo que un mayor volumen pagará altísimos aranceles.

A su vez, el Mercosur deberá eliminar –en un plazo de 10 a 15 años– aranceles para bienes europeos como vehículos automotores, autopartes, maquinaria, medicamentos, productos químicos, textiles, calzado, pesca en conserva y vinos. Según la agencia francesa AFP, esos aranceles representan unos cuatro mil millones de euros.

Ante la denuncia de los trabajadores y empresarios de Argentina, Uruguay, Brasil y Paraguay en torno a tal inequidad, Francia anunció que “no está lista aún” para ratificar el documento. En la UE también se oponen al acuerdo granjeros de Irlanda y Polonia, protegidos por el PAC.

Organizaciones y sindicatos de ambas regiones denuncian que el acuerdo beneficia al sector de servicios (en software y otros profesionales), por ello solamente lo celebran las cámaras del sector agroindustrial y lo rechazan las industriales.

Región sin proyecto

Al concluir el ciclo progresista, se tiene la percepción de que América Latina –y en particular Sudamérica– es una región de golpes de Estado (duros y blandos), guerrillas, paramilitarismo, corrupción y asesinatos sistemáticos. En esa área se vive otro escenario caracterizado por el auge de nuevas derechas en varios países y el retorno del neoliberalismo más salvaje en un contexto de fuerte crisis, dice Julia Martí.

Esas fuerzas están detrás de la casi total apertura de mercados de obras públicas y adquisiciones gubernamentales que han destruido las Pymes argentinas, brasileñas, paraguayas y uruguayas. Por tanto, tras acumular fiascos estrepitosos en sus gestiones, a los ejecutivos neoliberales sudamericanos les urgía mostrar algún triunfo.

Por tanto, el acuerdo es estratégico, para la Argentina de Mauricio Macri, de cara a la política de “inserción inteligente” en el mundo. El empresario representa a la oligarquía terrateniente poseedora de inmensos territorios y beneficiaria de divisas por su renta agraria; además, considera a ese paraíso como su propiedad y reclama el “despojo” de sus derechos ante cualquier logro de las mayorías, explica Carlos A. Larriera.

Mientras renegociaba el vencimiento de su deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI), que le exige más reformas neoliberales, a Macri le urgía tener algo que mostrar y allanar su reelección. Le era vital ese “logro histórico” con la UE y fomentar el imaginario colectivo, subraya el investigador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico Claudio della Croce.

De ahí que en un desplante de marketing político haya afirmado que es el acuerdo “más importante firmado en nuestra historia”. Pero los argentinos saben que tanto el gobierno como el acuerdo favorecerán al sector agroexportador y afectarán al fruti-hortícola, vitivinícola y de otros productos regionales.

Cambios políticos

En el corto plazo, tanto el Mercosur como la UE enfrentan cambios gubernamentales decisivos para el Acuerdo. El 27 de octubre, Argentina y Uruguay elegirán nuevo presidente, y los comicios en Bolivia podrían coincidir en esa fecha. En Argentina, las encuestas marcan el ascenso de la dupla del Frente Todo para Todos, con Cristina Fernández de Kirchner y Alberto Fernández, cuyo eventual triunfo daría un vuelco al plan neoconservador de Macri, pues el acuerdo debe renegociarse y podría incluso ser vetado.

Alberto Fernández declaró: “No me asusta firmar un acuerdo con la UE, lo que sí me asusta es que ese acuerdo nos castigue más de lo que nos han castigado. No quiero vivir en un país cuya única posibilidad de progreso sea seguir vendiendo granos y carne vacuna”.

En la UE se concluye la gestión de los defensores del Acuerdo: Juncker en la Comisión Europea y Cecilia Malström en la Comisaría de Comercio. Por tanto, preocupa a Bruselas que el documento sea blanco de euroescépticos, nacionalistas y ambientalistas.

Igual ocurre en el Brasil de Jair Bolsonaro, que se encuentra en medio de una crisis que no logra estabilizar y donde ese acuerdo nace sometido al lobby agroindustrial. El ministro de economía Paulo Guedes y el canciller Ernesto Araújo son los botones que Europa activa para garantizar sus exportaciones casi ilimitadas, contra un Mercosur que apenas gana unas cuotas arancelarias sin grandes exenciones.

La UE en crisis

La aprobación de un pacto con cuatro países de Sudamérica es una forma con la que Bruselas pretende ocupar los espacios que ha cedido ante la política aislacionista de Donald Trump, y así recuperar su presencia perdida en Sudamérica. Aspira a reducir los daños ocasionados por su propia crisis, por el bloqueo de Trump al Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) y al Tratado Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) que negociaba con la UE, y a la que además aplicó aranceles al acero y aluminio.

Pese a su fragilidad económica, las amenazas centrífugas que ha atizado la escisión del Reino Unido y el auge de los nacionalismos en su interior, las élites de la UE debieron mostrar el músculo. Animadas por la rivalidad Washington-Pekín, desafiaron a Trump al conceder un empréstito a Irán para que enfrente las sanciones de EE. UU., a cambio de no abandonar el acuerdo nuclear y mantener sus vínculos comerciales.

El pacto también representa una prueba de confianza entre la Francia de Emmanuel Macron y la Alemania de Ángela Merkel, que lideran una globalización mercantilista con China. Cabe recordar que la industria automotriz germana impulsó ese acuerdo, explica Eduardo Lucita.  Sin embargo, los hipersubvencionados agricultores europeos critican la firma, no por el desequilibrio de los mercados y las subvenciones en detrimento del sur, sino por el impacto para la producción local ante la importación de carne y azúcar, recuerda el economista Della Croce.

¿Por qué ahora?

El repentino anuncio del fin de las negociaciones y la firma del acuerdo birregional se debe, según Francisco Castaño, al cambio de la situación política en Argentina y Brasil, la llegada de Trump a la Casa Blanca, la falta de acuerdos del Mercosur con otros socios importantes y los relevos de funcionarios en ambos bloques ante el futuro próximo.

Los términos en que se ha planteado serán muy perjudiciales para la industria de los miembros del Mercosur –Brasil y Argentina en principio– ya que reduciría sus exportaciones al sector primario, desaparecerá el empleo industrial y cimentará un comercio deficitario con la UE.

Sus efectos serán muy similares a lo que ocurrió en Argelia, Chile, Egipto, Marruecos, México y Sudáfrica tras las firmas de sus TLC con la UE. Urge transparentar el contenido.