Un Arcipreste humano y pecador

Juan Ruiz no duda en decir que él mismo, con todo y ser un clérigo, participó de las pasiones humanas

Tania Zapata Ortega

2019-08-04
México

Sus biógrafos suponen que Juan Ruiz, Arcipreste de Hita (1283-1350) escribió, hacia 1330, El libro de buen amor, obra miscelánea (que alterna prosa y verso), considerada la más importante del siglo XIV, mientras se encontraba preso por orden del cardenal Gil de Albornoz, Arzobispo de Toledo, entre 1337 y 1350.

Juan Ruiz fue clérigo, y así lo atestiguan las más de mil 500 estrofas que forman este largo poema, compuesto fundamentalmente en cuaderna vía, es decir, estrofas de cuatro versos alejandrinos (14 sílabas) divididos en dos hemistiquios de siete sílabas cada uno y separados por un espacio llamado cesura; éste era el metro preferido por los poetas cultos pertenecientes al mester de clerecía. Pero Juan Ruiz no es un almidonado clérigo que persiga con su censura toda libertad y condene las debilidades humanas. A los giros populares de una lengua castellana en formación, se suma el espíritu de la transgresora poesía goliardesca de los dos siglos precedentes, que anima el Libro de buen amor, dedicado a distinguir el amor divino del mundano, que vendría a ser loco amor; en él conviven una visión moralizante y una jocosa y comprensiva inclinación a criticar la hipocresía de la jerarquía eclesiástica. Cuando el Arcipreste no escribe en primera persona, reconociendo su propensión al pecado, lo hace a través de Melón de la Huerta o Melón Ortiz, que viene a ser versión de sí mismo y que expone en primera persona las técnicas para enamorar a las mujeres. Juan Ruiz no duda en decir que él mismo, con todo y ser un clérigo, participó de las pasiones humanas; porque habiéndose enamorado de una dama, envió con una mensajera una cantiga compuesta para ella, a la que respondió la dama con recelo, recordando que es mejor aprender en cabeza ajena la forma de huir de los peligros, representados aquí por una raposa.

DE CÓMO EL ARÇIPRESTE FFUE ENAMORADO

Assy fue que un tiempo //      una dueña me priso,

del su amor non fuy //            en ese tiempo rrepiso:

ssiempre avía d'ella //             buena fabla e buen rriso,

nunca ál por mí fiso, //                       nin creo que fer quiso.

 

Era dueña en todo, //              e de dueñas señora,

non podía estar solo //            con ella una hora,

muncho de ome se guardan // allí do ella mora;

más mucho que non guardan //          los judíos la Tora

 

Ssabe toda nobleza //              de oro e de seda,

muy conplida de byenes //      anda manssa e leda,

es de buenas costunbres, //     sossegada, e queda:

non se podrá vençer //            por pintada moneda.

 

Enbiél' esta cantiga, //            que es deyuso puesta

con la mi mensajera, //                       que yo tenía enpuesta;

dize verdat la fabla: //             que la dueña conpuesta,

si non quiere el mandado, //   non da buena rrespuesta.

 

Dixo la dueña cuerda //                      a la mi mensajera:

«Yo veyo muchas otras //       creer a ti, parlera,

e fállanse mal ende: //            castigo en su manera,

bien como la rraposa //           en agena mollera.»

 

Para el Arcipreste, la esencia humana está más cerca de los animales que de la divinidad. Rompe con la tradición que considera superiores a los hombres y argumenta que hay dos impulsos comunes a humanos y animales: buscar el sustento y procurar la compañía de las hembras de su propia especie. Y no lo digo yo, que sería culposo, dice Juan Ruiz, lo dice, ni más ni menos, que Aristóteles, y de un sabio como éste no debe dudarse.

 

AQUÍ DIZE DE CÓMO SEGUND NATURA LOS OMES E LAS OTRAS ANIMALIAS QUIEREN AVER COMPAÑÍA CON LAS FENBRAS

Como dice Aristóteles, //                   cosa es verdadera:

el mundo por dos cosas //                  trabaja: la primera,

por aver mantenençia; //                    la otra cosa era

por aver juntamiento //                       con fenbra plazentera.

 

Si lo dexies' de mío, //                                   sería de culpar;

dízelo grand filósofo,   //                      non só yo de raptar;

de lo que dize el sabio   //                    non devedes dudar,

ca por obra se prueba //                      el sabio e su fablar.

 

Que diz' verdat el sabio //                  claramente se prueva

omes, aves, animalias, //                    toda bestia de cueva

quiere, segunt natura, //                     conpaña sienpre nueva;

e muncho más el ome //                     que toda cosa que s' mueva.

 

Digo muy más del ome, //                  que de toda criatura:

todas a tienpo çierto //                        se juntan con natura,

el ome de mal sesso //                        todo tiempo syn mesura,

cadaque puede e quier' //                   facer esta locura.

 

El ffuego ssiempre //                          quiere estar en la çeniza,

comoquier que más arde, //                quanto más se le atiza:

el ome quando peca, //                       bien vee que desliza;

mas non se parte ende, //                    ca natura lo enriza.

 

Et yo, como soy ome, //                     como otro, pecador,

ove de las mugeres //                         a vezes grand amor;

provar ome las cosas //                      non es por ende peor,

e saber bien e mal, //                          e usar lo mejor.