ERASMO CASTELLANOS

Su estudio y dedicación a la lengua española le ganó el título del “Primer cervantista de América”

Redacción

2019-07-29
Ciudad de México

Nació en Santiago Tuxtla, Veracruz, el tres de agosto de 1879. Aunque se graduó como abogado, dejó la carrera para dedicarse a las letras, fue profesor de la Escuela Nacional Preparatoria y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. Su estudio y dedicación a la lengua española le ganó el título del “Primer cervantista de América”. Su vida la dedicó prácticamente a la enseñanza y fue mentor de varios poetas del grupo de “Los Contemporáneos”. Formó parte de la Academia Mexicana de la Lengua de 1920 a 1953. Durante su periodo como maestro publicó Del fondo del abra (1919), y después de su muerte apareció Poesía inédita (1962). Murió el 12 de julio de 1953. 

OPTIMA MORS

Las calaveras ríen ¿por qué los hombres lloran?

Si las cenizas vuelan ¿por qué la vida toda

se arrastra cual reptil?

Las llamas de las tumbas se elevan a los cielos

¿por qué las triste lágrimas que van en lluvia al suelo

son signo de vivir?

 

Ayer los ojos vieron, cerrados por el brillo,

mil torres escalando los cielos de zafiro

para besar el sol;

ayer fueron palacios miríficas techumbres,

encajes de granito que hambrienta servidumbre

llorando levantó.

 

Voraces los incendios sus fúlgidas melenas

prendieron  en las torres, y dio contra la tierra

la excelsa magnitud.
Volátiles cenizas los muros se volvieron, y el humo

de las ruinas se levantó a los cielos  buscando

excelsitud.

 

La vida de los hombres es nube que se arrastra;

como las nubes llora, como las nubes pasa

y esconde tempestad;

su luz es solo el rayo que alumbra, pero mata;

su canto solo el trueno que vibra, pero espanta;

su sueño obscuridad.

 

Por eso tanto ríen las calaveras mudas,

por eso en fuegos fatuos las grietas de las tumbas

exhalan su fulgor,

por eso las cenizas sus alas dan al viento,

por eso tanto alumbran las llamas del incendio,

y el humo tiende al sol.

 

Cantad, árboles secos de ramazones de oro;

dejad que os arrebaten las ráfagas de otoño

las hojas al pasar,

que acerca las neblinas la pompa de las ramas,

y en medio a las verduras las yedras enmarañan

su tiña montaraz.

 

En su bandera el iris, por la cerúlea esfera,

signo de paz difunde, odio de las tormentas,

nuncio de eternidad;
y cuando el sol expira sobre la tierra mustia,

una corona de astros, entre la noche obscura,

prende la inmensidad.

 

Muerte, divina Muerte, todo a tu beso es grande,

todo a tu beso es vida, mas dulce vida; salve,

vaso de eterno amor:

sobre las tumbas llamas, risa en las calaveras,

tras la tormenta el iris, tras el ocaso estrellas

y tras la noche el sol.

CARIDAD PÓSTUMA

Vivías, y tus labios sobre el rostro afligido

las lágrimas secaban con sus besos de amor;

hoy el rocío que llora sobre el desierto nido

cae en tus muertos labios convertidos en flor.

 

Y no hay viuda haraposa, ni anciano desvalido

a quienes no consueles en su amargo dolor,

porque para prestarles tu sueño, que es olvido,

te haces beleño y abres tus flores de sopor.

 

A los pobres hambrientos los ricos inhumanos
las migajas que sobran en sus mesas les dan;
tú no les das limosna con oro de tus manos.

 

Les das tu propio cuerpo con abnegado afán:

subes por las espigas, revientas en los granos,

y por calmar sus hambres te conviertes en pan.

LA FATIGA ETERNA

El camino es tan largo que cansada la vida

se detuvo un momento la ruta a recordar,

y no tuvo memoria del punto de partida.

¿Quién lo recuerda, oh almas, que lo pueda contar?

 

Una niebla de estrellas cada vez más tupida

velaba el horizonte del éter sin cesar,

y era apenas un paso la ruta recorrida,

y un infinito en sombras la ruta por andar.

 

Y continuó la marcha… Sus pasos de tormenta

por la lumínea escala de Jacob seguirán,

aunque los siglos pierdan aturdidos la cuenta

 

de escalones innúmeros de luceros, que están

como un puente colgante de luz que Dios sustenta

sobre la hondura eterna, cual un eterno afán.

LA VIDA

La vida es río perenne de manantial ignoto,

vejez eterna en gracia de eterna juventud,

recuerdo de laureles que olvida en flor de loto

y fenecer en cuna que nace en ataúd.

 

Nota que va cantando del viento al alboroto

aun reventada y muda la cuerda del laúd;

rayo de luz que baja del cielo más remoto

de una apagada estrella que aun brilla en su virtud.

Savia que en los jardines a las rosas se entrega,

vuelve marchita al polvo con pétalo senil,

y va a pudrirse al fango corrupto de la vega

 

para entreabrir botones más pura y juvenil;

que cuando el áureo otoño del Sur las hojas riega,

ya en el opuesto polo retoña el verde Abril.

BOSQUEJO

Bajo topacio de aire en temblores

el río de plata dormita y rueda,

entre bejucos llenos de flores

que en sus remansos copia y remeda.

 

Tardos se mecen bosques de palmas,

bosques de plumas verdes y blondas,

y hay mediodías de ardientes calmas,

y brillan lunas en claras ondas.

 

Los horizontes el sol inflama

con encendidas ráfagas de oro,

y en los vergeles pinta y derrama

la Primavera su alado coro

de mariposas ebrias de llama,

de mariposas, flores que vuelan

besando flores de rama en rama,

 

cuando pululan relampagueantes

sobre dormidos lagos azules,

en los espacios siempre brillantes,

de los arroyos entre los tules,

 

como si el iris, desmoronado

por el etéreo fulgor dorado,

lloviera luces de sus fragmentos,

y se llenaran de alas los vientos.

 

En esa tierra toda fulgores,

toda palmeras, nubes y flores,

oí de niño los cuentos de hadas

entre lagunas iluminadas,

 

Besó mi madre, con sus carmesos

labios, mi rubia cabeza loca,

y resbalaron mis pies traviesos.

 

¡Cuántos recuerdos mi vida evoca!

¡Nada más dulce que aquellos besos!

¡Nada más dulce que aquella boca!