LOS HERMANOS ARGENSOLA (segunda de dos partes)

Lupercio, el mayor de los hermanos Argensola (Huesca, 1559 – Nápoles, 1613) es autor de tres tragedias, Filis (cuyo texto desapareció), Isabela y Alejandra, que fueron elogiadas por Miguel de Cervantes en El Quijote.

Tania Zapata Ortega

2019-07-22
Ciudad de México

Lupercio, el mayor de los hermanos Argensola (Huesca, 1559 – Nápoles, 1613) es autor de tres tragedias, Filis (cuyo texto desapareció), Isabela y Alejandra, que fueron elogiadas por Miguel de Cervantes en El Quijote. Se opone a la estética gongorista y se caracteriza por la sencillez de sintaxis, estilo y por la ausencia de cultismos; su obra puede dividirse en poemas amorosos, de circunstancias, satírico burlesco y poemas morales. En el siguiente soneto, de perfección formal y espíritu renacentista, Lupercio Leonardo critica la desmedida e insaciable ambición humana, a la que resulta insuficiente la conquista del mundo entero, aún a costa de la guerra y el sufrimiento, la violación las leyes y el derecho de otros; a esta ambición desmedida por acumular riquezas y posesiones opone, en el terceto final, la vida despreocupada del hombre sencillo, con los pies sobre la tierra y obedeciendo solamente a las leyes del amor; clara evocación del tópico horaciano de la vida retirada, del aurea mediocritas.

 

Quien voluntariamente se destierra,

y deja por el oro el patrio techo,

y aquel que apenas queda satisfecho

con cuanto trigo en África se encierra;

 

el que para usurpar la mar y tierra

le parece que tiene capaz pecho,

y enmudece las leyes y el derecho

con el estruendo y máquinas de guerra;

 

no tiene corto fin el pecho humano,

que como en ambición su gusto funda,

siempre está cosas nuevas deseando.

 

Dichoso quien camina por el llano,

sin pedir a la suerte otra segunda,

ni bien mayor que obedecer amando.

 

Bartolomé fue el menor de los hermanos Argensola (1562-1588), fiel a los ideales clásicos, también en su lírica es evidente la influencia de Horacio y Virgilio. La perfección de cada verso habla de su concienzudo oficio poético y de una erudición que explica por qué el Conde de Lemos le dispensó siempre sus favores, desde que, en 1608, junto a un destacado grupo de poetas y escritores, fundara en Nápoles la Academia de los Ociosos. Su poesía amorosa muestra cierta afectación, y el propio Bartolomé confesaría a su sobrino (a quien se debe el rescate de la obra de ambos hermanos poetas) que jamás había estado enamorado; sin embargo, el siguiente soneto parece desmentir en parte la conseja; puede no tratarse del amor ideal, cortesano, “políticamente correcto”; pero amor carnal sí que es, con todo el simbolismo del agua que baña los pies de la pastora, objeto del deseo del poeta. La riqueza de las imágenes en movimiento hace aquí la novedad, como en una escena filmada hace cinco siglos.

 

Tajo, producidor del gran tesoro

(si a la fama creemos), cuya arena

de zafiros y perlas está llena,

tus aguas néctar, tus arenas oro;

 

tú pues, acrecentado con mi lloro,

serás testigo de mi amada pena,

como sujeto a lo que amor ordena,

buscando vida, a quien me mata adoro.

 

Cuando mi pastorcilla en tu ribera

busca las conchas que creciendo arrojas,

y con su blanco pie tu orilla toca,

 

el bien que gozas, agua lisonjera

(que al fin lo has de besar, pues que lo mojas),

lo usurpas al oficio de mi boca.

Solo nos queda espacio para un último soneto; una exquisita muestra de poesía rebelde del siglo XVI. Bartolomé Leonardo de Argensola expresa en las tres primeras estrofas, y en forma de preguntas retóricas, su condena a una sociedad injusta en la que las cárceles se encuentran repletas de inocentes mientras los jueces e impartidores de justicia cometen fraudes; en planteamiento atrevido para su tiempo, el poeta pregunta a Dios por qué la fuerza se impone a las leyes mientras los hombres honrados deben humillarse ante los tiranos; ¿por qué –pregunta– prevalecen los malvados y festejan su triunfo sobre los virtuosos? El desenlace es sorprendente: de las alturas desciende una ninfa celestial y le explica, sonriente, que ésa, y no otra, es la naturaleza terrenal. Si bien insinúa que en la esfera superior la realidad es distinta, no deja de estremecer la forma en que describe la descomposición social de su época.

 

Dime, Padre común, pues eres justo,

¿Por qué ha de permitir tu providencia

que, arrastrando prisiones la inocencia,

suba la fraude a tribunal augusto?

 

¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto

hace a tus leyes firme resistencia,

y que el celo, que más la reverencia,

gima a los pies del vencedor injusto?

 

Vemos que vibran victoriosas palmas

manos inicuas, la virtud gimiendo

del triunfo en el injusto regocijo.

 

Esto decía yo, cuando riendo

Celestial ninfa apareció, y me dijo:

“¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?”