El chamanismo panfletario del Plan Nacional de Desarrollo

El pueblo los sufre a diario, pero un buen día sus hijos más conscientes y organizados tomarán las riendas del país y traerán la justicia social que tanta falta nos hace. 

Capitán Nemo

2019-07-15
Ciudad de México

El Plan Nacional de Desarrollo (PND) es el documento rector del Ejecutivo Federal en el que se precisan los objetivos nacionales, estrategias y prioridades del desarrollo integral y sustentable del país; al menos eso reza la definición. En los sexenios anteriores, el PND estuvo lleno de buenas intenciones y muchas generalidades, cuyos resultados en materia de crecimiento económico y bienestar fueron evaluados por los electores el 1º de julio de 2018 con un rotundo no, porque no se alcanzaron los objetivos. Si bien México se encuentra entre las economías que producen más riquezas, la economía nacional está estancada desde los últimos siete sexenios y la brecha entre pobres y ricos se ha ensanchado. Esto es tan evidente que basta observar a las colonias populares y las comunidades rurales para concluir que son muy pocas las familias beneficiadas por el modelo económico, las que contaron con mayor presencia y peso político en los planes de desarrollo.

Esos planes, sin embargo, fueron bien estructurados, tuvieron objetivos claros y sirvieron de guía a los tomadores de decisiones, al menos para regular la actuación de los entes públicos y privados; eran planes de desarrollo con una política neoliberal para seguir impulsando este modelo económico. Lo diferente ahora es que se ha abusado tanto del discurso de “primero los pobres” que esperábamos que el PND fuera efectivamente un documento rector en el que quedarían plasmados con claridad los objetivos y las estrategias nacionales para cumplir esa loable encomienda.

Pero no es así, dicho plan ni siquiera está estructurado con el nivel que debiera tener un documento de esa envergadura. Está lleno de frases sin sentido y afirmaciones sin sustento que no tienen relación con ninguna teoría científica y que además se basan solo en creencias. Todo su soporte se apoya en el combate a la corrupción de los gobiernos neoliberales anteriores. Las palabras “corrupción” y “neoliberal” se repiten una y otra vez, pero el documento dice poco o casi nada sobre cómo va a lograrse un crecimiento económico sostenible. Tampoco habla de la estrategia que va a implementarse para favorecer a las masas populares y de qué forma se reducirá la brecha entre pobres y ricos. Se critica al modelo económico neoliberal pero no se propone ningún modelo alternativo.

Bajo la premisa de que al separar el poder político del económico, éste desaparecerá por sí mismo como si se tratara de borrar una cara de la misma moneda, lo único que se logrará es afianzar más al modelo que dice combatirse. Se critica la migración y se promete acabar con el problema de raíz, pero se desconoce la forma en que la iniciativa privada y el gobierno promoverán la inversión interna para crear los empleos bien remunerados que necesitan los mexicanos.

Se le apuesta a proyectos sin ningún estudio de factibilidad técnica y económica e impacto ambiental, como son los caso del Tren Maya y el aeropuerto de Santa Lucía. Los programas asistencialistas son parte medular del Plan, pero éstos no impactan en el aparato productivo. En la política económica tampoco hay claridad para sacar del rezago al campo mexicano. ¿Y qué puede esperarse de un gobierno que menosprecia la ciencia, que demuestra ser incapaz de pensar y actuar con congruencia lógica, como se nota en su PND? Por ello, lo que más resalta en sus anunciadas acciones de gobierno son las imprecisiones, los ataques viscerales y los odios desmedidos que no logran ocultar la incapacidad intelectual y política de sus autores.

Eso mismo hemos visto en un Presidente que hace rituales a la “Madre Tierra” y afirma que gobernar no es ninguna ciencia; en un subsecretario de Marina  (Eduardo Redondo) que organiza homenajes a una perrita y se dirige a ella como si entendiera sus logros y méritos; en una procuradora de Justicia de la Ciudad de México haciéndose limpias; un inculto comisionado de Cultura incurriendo en sandeces o un ignorante secretario de Educación con una pobre visión de la importante tarea que tiene enfrente. ¡Y éstos solo son algunos ejemplos del chamanismo y superficialidad de quienes hoy nos gobiernan!

Mientras tanto, los grandes problemas nacionales siguen acentuándose y haciéndose cada vez más complejos. El pueblo los sufre a diario, pero un buen día sus hijos más conscientes y organizados tomarán las riendas del país y traerán la justicia social que tanta falta nos hace.