ALÍ CHUMACERO

Su pasado humilde lo dotó de una gran sensibilidad que se muestra en sus versos, acompañados de un fino talento lírico.

Redacción

2019-07-08
Ciudad de México

Poeta mexicano nacido en Acaponeta, Nayarit, el nueve de julio de 1918. Desde muy joven se trasladó a la Ciudad de México para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras y  pasó sus primeros años en la capital en extrema pobreza, aunque en su madurez, tras su éxito literario en 1940, mejoró su situación económica. Sin embargo, su pasado humilde lo dotó de una gran sensibilidad que se muestra en sus versos, acompañados de un fino talento lírico. Se autodescribía como “obrero de las letras” y su labor es innegable; en 1940 fundó la revista Tierra nueva y a partir de ahí se dedicó a la crítica literaria, entre cuyos trabajos destaca su edición de Pedro Páramo, de Juan Rulfo.

Como poeta es considerado precursor de la poesía moderna del país, sus dos primeras obras poéticas, Páramo de sueños (1944) e Imágenes desterradas (1948), denotan tópicos como el silencio, la soledad, el sueño, el tiempo, etc. con una concepción romántica y una estructura barroca, influencia de Xavier Villaurrutia y Ramón López Velarde, a quienes analizó exhaustivamente en su obra Los momentos críticos: ensayos y reseñas (1987). José Emilio Pacheco describió estos poemarios como “la muerte que señala el sepulcro como destino final de toda carne y la desnudez en que la vida se afirma y el placer que niega, así sea por un momento, la fatalidad de la desdicha”. En Palabras en reposo (1966), su tercera y última colección de poemas, aborda en un sentido anecdótico las penas y goces del hombre como raza humana, con una visión menos subjetiva y más cruda de la vida.

Cosechó varios premios por su labor y difusión literaria, como el Premio Xavier Villaurrutia (1980), Premio Internacional Alfonso Reyes (1986), Premio Nacional de Lingüística y Literatura (1987), Premio Estatal de Literatura Amado Nervo (1993), Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde (1996), Medalla Belisario Domínguez (1996) y el Premio de Poesía Jaime Sabines-Gatien Laponite (2003). Falleció en la Ciudad de México el 22 de octubre de 2010. 

A una estatua

Cesa tu voz y muere
sobre tus labios mi alegría.
No habrá palabra que en tu piel levante
ni un incierto sabor de brisa oscurecida
como el recuerdo que en mis ojos deja
el paso de tu aliento,
porque vives inmersa en tu silencio,
impenetrable a mis sentidos
y si mis manos en tu piel se posan
inclinas la cabeza,
navegas en un tiempo que escucha tu latido,
y entre sus aguas, inundándote
bajo la tersa forma de su espejo,
estás abandonada,
próxima a ser violenta permanencia,
enemiga de olvidos,
casi perdida en íntima zozobra
y sin más voluntad
que la crueldad entre tus labios muda.

Toma tu cuerpo ahora, vuelve el rostro,
mírate así, segura y desplomada
hacia un estanque donde mora el miedo,
donde solo hay imágenes
y el cuerpo deja su cautivo duelo
para entrar en la fuente de su origen.
Verás nacer el sueño de tu cuerpo
anegando en pureza toda vida,
todo impulso negado en puro movimiento
y toda forma sostenida en puro resplandor
ya no será la flor sino su aroma,
ya no serás tú misma.

No importa entonces que de pronto mueras
y pierdas toda sombra
quedándote en escombros defendida,
si toda tú pereces,
náufraga de tu propio mar,
presa dentro de ti, vencida
como ángel que asolado por el fuego
lanzara su impotencia,
y solo un desengaño
entre rocas de olvido y de tinieblas
dejan tus labios mudos
y la pureza inútil de tu cuerpo.

Muere, desnuda forma,
hielo que mata mi alegría,
crueldad vertida en mármol fatigado;
muere ya, y deja que contemple
la lucha de tu cuerpo con la sombra,
el debatir inútil de tus labios
contra el vacío olvido de tus ruinas,
que en ataúd o tumbas duermes
entre un querer o no de tus sentidos.

 

 En la orilla del silencio

Ahora que mis manos

apenas logran palpar dúctilmente,

como llegando al mar de lo ignorado,

este suave misterio que me nace,

túnica y aire, cálida agonía,

en la arista más honda de la piel,

junto a mí mismo, dentro,

ahí donde no crece ni la noche,

donde la voz no alcanza a pronunciar

el nombre del misterio.

 

Ahora que a mis dedos

se adhiere temblorosa

la flor mas pura del silencio,

inquebrantable muerte ya iniciada

en absoluto imperio de roca sin apoyo,

como un relámpago del sueño

dilatándose, cándido desplome

hacia el abismo unísono del miedo.

 

Ahora que en mi piel

un solo y único sollozo

germina lentamente, apagado,

con un silencio de cadáver insepulto

rodeado de lágrimas caídas,

de sábanas heladas y de negro,

que quisiera decir: “Aún existo”.

 

Comienzo a descubrir cómo el misterio es uno

nadando mutilado

en el supremo aliento de mi sangre,

y desnudo se afina, agudiza su sombra

para cavar mi propia tumba

y decirme la fiel palabra

que solo para mí conserva

escondida, cuidada rosa fresca:

“Eres más mío que mi sombra,

en tus huesos florezco

y nada hay que no me pertenezca

cuando a tientas persigo, destrozando tu piel

como el invierno frío de la daga,

el vaho más cernido de tu angustia

y el poro más callado de tu postrer silencio”.

 

Entonces me saturo de mí mismo

porque el misterio no navega

ni crece desolado,

como germina bajo el aire el pájaro

que ha perdido el recuerdo del nido allá a lo lejos,

sino que es piel y sombra,

cansancio y sueño madurados,

fruta que por mis labios deja

el más alto sabor y el supremo silencio endurecido.

 

Y empiezo a comprender

cómo el misterio es uno con mi sueño,

cómo me abrasa en desolado abrazo,

incinerando voz y labios,

igual que piedra hundida entre las aguas

rodando incontenible en busca de la muerte,

y siento que ya el sueño navega en el misterio.

 

 

SALÓN DE BAILE

Música y noche arden renovando el espacio, inundan 
sobre el cieno las áridas pupilas, relámpagos caídos 
al bronce que precede la cima del letargo.

De orilla a orilla flota la penumbra 
siempre reconocible, aquella que veían y hoy miramos 
y habrán de contemplar en el dintel 
donde una estrella elude la catástrofe, airosa 
ante el insomnio donde nacen la música y la noche 
como si un viento o la canción dejaran restos de su humedad.

Puesta la boca sobre el polvo por si hay esperanza 
o por si acaso, en el placer la arcilla anima la memoria 
y la conservación violenta de la especie.

Porque amados del himno y las tinieblas, aprendiendo a morir, 
los cuerpos desafían el sosiego; 
descienden sierpes, águilas retornan con áspero sopor, 
y en lucha contra nadie tejen la sábana que aguarda 
como la faz al golpear un paño oscuro 
hace permanecer el miedo en una fatiga inagotable.

Sudores y rumor desvían las imágenes, 
asedian la avidez frente al girar del vino que refleja 
la turba de mujeres cantando bajo el sótano.

A lo humo reducido, los ojos de la esclava, 
alud que en vano ruega, ahí holgará la estirpe confundida 
por bárbaros naufragios, desoyendo 
la espuma de la afrenta, el turbio eco al compartir 
con islas que desolan armonías. 
la sofocante forma del lecho vencedor.

Desde su estanque taciturno increpan los borrachos 
el bello acontecer de la ceniza, y luego entre las mesas 
la tiranía agolpa un muro de puñales.

Sobre la roca inerte se disipa el nombre que grabó 
la cautelosa bestia: asolada la máscara 
en la sombra, tranquilo escombro que antes del desplome 
ignora la espesura colmada de la herrumbre, 
en su orfandad exige, implora, accede 
al signo de la vid propicia a la simiente.

Cuando cede la música al fervor de la apariencia, grises 
como las sílabas que olvida el coro, 
casi predestinados se encaminan los rostros a lo eterno.

Vuelve la espada a su lugar, arrastra 
hacia el asombro de Caín el dócil resplandor 
del movimiento, impulsos y distancia mezclan la misma ola 
y sólo en su heredad persisten los borrachos, 
vulnerables columnas que prefieren 
del silencio elegido la sapiencia de la desesperanza.