La danza de la muerte (segunda de dos partes)

En la primera parte de La danza de la muerte, extenso poema anónimo castellano del siglo XIV, la sátira social va dirigida contra los estamentos superiores de la sociedad feudal.

Tania Zapata Ortega

2019-06-18
Ciudad de México

En la primera parte de La danza de la muerte, extenso poema anónimo castellano del siglo XIV, la sátira social va dirigida contra los estamentos superiores de la sociedad feudal; no se escapa ninguno de los vicios del papa, el rey, el emperador, el obispo, el cardenal, el patriarca, el duque, el arzobispo y el condestable. Al obispo acusa directamente:

Don rico avariento, deán muy ufano

que vuestros dineros trocastes en oro,

a pobres e viudas cerrastes la mano

e mal despendistes el vuestro tesoro. (1)

Non quiero que estedes ya más en el coro,

salid luego fuera sin otra pereza,

yo vos mostraré venir a pobreza.

De ninguno proporciona nombres el poeta, resultando en una exquisita generalización en la que un individuo representa a todo el estamento, a quien así se etiqueta de codicioso, avariento, lujurioso, glotón, holgazán y un largo etcétera.

No podía faltar, sin embargo, el resto de los estamentos. Uno por uno, la muerte va llamando a su macabra danza al representante de cada profesión u oficio, comenzando por el comerciante, a quien dice que no se preocupe de ir a Flandes, pues ha traído “bubas e landres” (bubas y tumores) que lo obligarán a comprar, olvidando su soberbia, en la botica de la muerte, aunque sea un local muy reducido. Al arcediano llama “amigo”, reconociendo las bondades de algún personaje que realizara obras de caridad bajo tal investidura; le advierte que sus actos piadosos hablarán en su favor y, mientras tanto, ha de danzar con todos los demás. A los abogados no los tiene en la misma estima, y a su representante hace reconocer que las leyes terrenales no le valdrán esta vez:

¿Qué fue hora mezquino de quanto aprendí,

de mi saber todo e mi libelar?

Quando estar pensí, entonces caí

cegóme la muerte, non puedo estudiar.

Recelo he grande de ir al lugar

do non valdrá libelo nin fuero.

Al cura lo acusa de haber equivocado el camino y lo invita a devolver ya el hábito, para entrar más liviano en el reino de la muerte:

Dar vos he un consejo que vos será sano,

tornad vos a Dios e faced penitencia,

ca sobre vos cierto es dada sentencia.

Al médico hace reconocer la inexactitud de su ciencia y de las recomendaciones de Avicena, que no le han redundado en vida perdurable. Sí en cambio, el poeta apunta simpáticamente a las importantes ganancias de los médicos a costa de los enfermos.

Mintóme sin duda el Fen (2) de Avicena

que me prometió muy luego vevir

rigiéndome bien e yantar e cena,

dejando el beber después de dormir.

Con esta esperanza pensé conquerir (3)

dineros e plata enfermos curando,

mas agora veo que me va llevando

la muerte consigo: conviene sofrir.

Toca su turno al labrador, que intenta escapar diciendo que es malo para ello y defendiendo la importancia de su oficio para la sociedad:

¿Cómo conviene danzar al villano

que nunca la mano sacó de la reja?

Busca si te place quien dance liviano,

déjame, muerte, con otro trebeja,

que yo como tocino e a veces oveja,

e es mi oficio, trabajo e afán

arando las tierras para sembrar pan,

por ende non curo de oír tu conseja.

Si con el labrador muestra el poeta simpatía, toda su condena se deja sentir cuando toca su turno al contador, al recaudador real o al usurero; a éste hace decir:

Non quiero tu dança, nin tu canto negro,

mas quiero prestando doblar mi moneda;

con pocos dineros que me dio mi suegro

otras obras fago que non fizo Beda. (4)

En esta danza igualadora dejan de tener importancia el dinero, el poder o el conocimiento; cierran la lista el rabino, el alfaquí y el santero, regalándonos un muestrario completo de los tipos sociales del medioevo español en el que no podían faltar los elementos judío y musulmán. Al rabino dice la muerte:

Don rabí barbudo que siempre estudiastes

en el Talmud e en los sus doctores,

e de la verdad jamás nos curastes,

por lo qual abedes penas e dolores.

Llegad vos acá con los dançadores

e diredes por canto vuestra barahá;

dar vos han posada con rabí Azá:

El alfaquí se duele de tener que abandonar la placentera vida que lleva, al lado de su mujer y pide irse cuando ya sea viejo, mientras que el santero lamenta abandonar la ermita donde tiene comida en abundancia y la muerte le contesta que no podrá emborracharse más:

Non vesitaredes la bota de cuero

con que a menudo solíades beber,

zurrón nin talega non podrédes traer,

nin pedir gallofas como de primero.

Fuente: Poetas cortesanos del siglo XV. Edición a cargo de José Onrubio de Mendoza, doctor en Filología Románica.

NOTAS:1) malgastaste. 2) Se refiere a la obra La fuente de la vida, de Avicena (980-1037), célebre médico musulmán. 3) Conquistar.

4) Se refiere al venerable Beda, monje benedictino británico (673-735).