IGNACIO RAMÍREZ.

 Nació el 22 de junio de 1818 en San Miguel el Grande, Guanajuato. Murió en la Ciudad de México el 15 de junio de 1879.

Redacción

2019-06-10
CIUDAD DE MÉXICO

 Nació el 22 de junio de 1818 en San Miguel el Grande, Guanajuato. Murió en la Ciudad de México el 15 de junio de 1879. Es uno de los hombres más ilustres  del siglo XIX mexicano no solo por su labor académica sino también por su actividad política, es uno de los fundadores del Estado laico en México, por lo que se ganó el título de El Voltaire mexicano. Se graduó en jurisprudencia en la Universidad Pontifica de México; en 1845 fundó, junto a Guillermo Prieto, el periódico Don Simplicio y adoptó el seudónimo de El Nigromante (hechicero). Su obra escrita refleja sus ideas anticlericales y ateístas sosteniendo la inexistencia de Dios. Justo Sierra lo describió como “el sublime destructor del pasado y obrero de la Revolución”.

DESPUÉS DE LOS ASESINATOS DE TACUBAYA

Guerra sin tregua ni descanso, guerra

a nuestros enemigos, hasta el día

en que su raza detestable, impía

no halle ni tumba en la indignada tierra.

 

Lanza sobre ellos, nebulosa sierra,

tus fieras y torrente; tu armonía

niégales, ave de la selva umbría;

y de sus ojos, sol, tu luz destierra.

 

Y si impasible y ciega la natura

sobre todos extiende un mismo velo

y a todos nos prodiga su hermosura;

 

anden la flor y el fruto por el suelo,

no les dejemos ni una fuente pura,

si es posible ni estrellas en el cielo.

 

POR LOS GREGORIANOS MUERTOS

Banquete fraternal de la Sociedad Gregoriana, 1872

 

Cesen las risas y comience el llanto.

Esta mesa en sepulcro se convierte.

¡Vivos y muertos, escuchad mi canto!

 

Mientras que vinos espumosos vierte

nuestra antigua amistad, en este día,

y con alegres brindis se divierte;

 

y en raudales se escapa la armonía;

y la insaciable gula se despierta;

y va de flor en flor la poesía;

 

y el júbilo de todos se concierta

en una sola exclamación: ¡gocemos!,

y gozamos… La muerte está a la puerta.

 

Rechazar unas sombras, ¿no las vemos?

¡Ellas nos tienden suplicantes manos!

Ese acento, esos rostros conocemos.

 

¿No los oís?, ¡se llaman gregorianos!

Permíteles entrar, ¡oh muerte adusta!

He aquí su asiento… Son nuestros hermanos.

 

Pudo del mundo la sentencia injusta

proscribirlos, mas no de mi memoria:

conversar con los muertos no me asusta.

 

Algunos de ellos viven en la historia;

otros, en florecer ocultamente

cifraron su placer, su orgullo y gloria.

 

Villalba asoma su tranquila frente

y el fraternal abrazo me reclama…

Y yo no puedo declararlo ausente.

 

¡Ay! en Fonseca ved cómo se inflama

el paternal cariño, no olvidado,

y, por nosotros, lágrimas derrama.

 

¿Será de nuestro seno arrebatado

Domínguez que constante nos traía

un fiel amor y un nombre venerado?

 

¿No guarda nuestro oído todavía

los brindis que en el último banquete

pronuncian Soto, Iglesias y García?

 

Pero ¿será la Parca quien respete

los votos del dolor? ¡Empeño vano!

¡Turba de espectros, a tus antros vete!

 

¡Separóse el hermano del hermano!

Para sentarnos a la mesa es tarde;

¡para irnos con vosotros es temprano!

 

Para vosotros, ¡infelices!, no arde

ya un solo leño en el hogar; ni miro

cuál copa nuestros ósculos aguarde.

 

 

¡Solo va tras vosotros un suspiro!

Idos en paz; y quiera la fortuna

no cerrar a la luz vuestro retiro.

 

Odio el sepulcro convertido en cuna

de vil insecto o sierpe venenosa

donde jamás se asoman sol ni luna.

 

Arraigue en vuestros huesos una rosa

donde aspire perfumes el rocío

y reine la pintada mariposa.

 

Escuchad con temor el rayo impío;

y sonreíd al contemplar cercano,

vida esparciendo, un caudaloso río.

 

¡Para irnos con vosotros es temprano!

Aguarde, por lo menos, la Impaciente

que la copa se escape de la mano.

 

Más que a vosotros ¡ay! rápidamente

¿por qué de la existencia nos desnuda?

A éste despoja la adornada frente;

 

al otro dobla con su mano ruda;

a unos envuelve en amarillo velo;

y algunos sienten una garra aguda

 

en las entrañas, y en las venas hielo.

¡Ay! otra vez vendrá la primavera

y hallará en nuestro hogar el llanto, el duelo,

 

y este festín veremos desde fuera.

Tal vez alguno a despedirse vino.

Turba de espectros, al que parte, espera.

 

¿Sabéis cuál es el puerto, del camino

que llevamos?. La tumba. Ya naufraga

nuestra nave; en astillas cae el pino;

 

quién en las aguas moribundo vaga;

quién a la débil tabla se confía,

y el que a la jarcia se subió, no apaga

 

la luz de la esperanza todavía,

y conciertan sus golpes viento y olas,

y el cielo inexorable un rayo envía…

 

AL AMOR

 

¿Por qué, Amor, cuando expiro desarmado,

de mí te burlas? Llévate esa hermosa

doncella tan ardiente y tan graciosa

que por mi oscuro asilo has asomado.

 

En tiempo más feliz, yo supe osado

extender mi palabra artificiosa

como una red, y en ella temblorosa,

más de una de tus aves he cazado.

 

Hoy de mí mis rivales hacen juego,

cobardes atacándome en gavilla,

y libre yo mi presa al aire entrego.

 

Al inerme león el asno humilla…

Vuélveme, Amor, mi juventud, y luego

tu mismo a mis rivales acaudilla.

 

SONETO

 

Heme al fin en el antro de la muerte

do no vuelvan las penas y dolores,

do no brillan los astros y las flores,

donde no hay un recuerdo que despierte.

 

Si algún día natura se divierte

rompiendo de esta cárcel los horrores,

y sus soplos ardientes, erradores

sobre mi polvo desatado vierte,

 

yo, por la eternidad ya devorado,

¿gozaré si ese polvo es una rosa?,

¿gemiré si una sierpe en él anida?

 

Ni pesadillas me dará un cuidado,

ni espantará mi sueño voz odiosa,

ni todo un Dios me volverá a la vida.

 

EN EL ALBÚM DE ROSARIO

 

Ara es este álbum; esparcid, cantores,

a los pies de la diosa, incienso y flores.