Maravillas ocultas en el Valle de Allende

Valle de Allende es el único sitio de esta entidad ubicado en lo que fue el Camino Real de Tierra Adentro, incluido en la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Froilán Meza

2019-06-04
Ciudad de México

Actualmente, como hace tres siglos, los usuarios designan un “aguador” que manipule las compuertas de la Acequia Madre (“portañuelas”, les llaman aquí) en el tramo de Allende y que asegure que fluya el agua hacia los poblados aledaños y a las huertas. Igual que antaño.

El templo de San Bartolomé y los Portales, ambos ubicados en la Plaza Central, están considerados los mayores atractivos arquitectónicos de Valle de Allende, pero no son lo único que los turistas pueden apreciar de esta pequeña población de Chihuahua. Existe una cara oculta que se pierde en las trastiendas del patio central y que, a pesar del dispar estado de conservación de sus diferentes porciones, revela una indiscutible unidad arquitectónica.

Valle de Allende es el único sitio de esta entidad ubicado en lo que fue el Camino Real de Tierra Adentro, incluido en la lista del Patrimonio Cultural de la Humanidad, nombramiento otorgado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Esta denominación obligó a las autoridades locales a proteger también otras riquezas culturales de la población mediante el decreto del nueve de marzo de 2001, que catalogó como Monumentos Históricos de la Nación a otros 110 inmuebles, entre los que figuran fincas, edificios y plazas.

Los españoles llamaron al Valle de San Bartolomé la “región fértil de la cuenca del río Florido”. Gracias a la abundancia de agua en el lugar, se convirtió en el granero y el proveedor de carnes de la Nueva Vizcaya, dones que aún conserva.

El asentamiento colonial data de 1562 a partir de la fundación del pueblo de Santa María; allí Francisco de Ibarra donó a Alonso Martín Ronquillo una reducción de indios; este último, a su vez, donó un terreno a la orden franciscana, que levantó ahí un convento, cuya construcción, iniciada en 1563 por cuenta de la primera misión franciscana en lo que hoy es el estado de Chihuahua, se realizó con mano de obra de indígenas locales y de otras regiones del centro de México, entre ellos nahuas.

La fundación de las villas de Santa Bárbara y Valle de San Bartolomé marcó el inicio de las relaciones de explotación esclavista impuesta por los españoles a la población indígena, la cual se logró previamente mediante el uso de la violencia armada.

Entre los actuales pobladores de Valle de Allende, Santa Bárbara y Parral aún existe polémica sobre cuál de estas villas se fundó primero, aunque la mayoría de los historiadores afirman que fue la segunda. Sin embargo, nadie disputa a Valle de Allende su primacía como proveedora de alimentos de la región de minas del Real de San José del Parral.

A finales del siglo XVII, San Bartolomé llegó a ser un centro comercial importante debido a su ubicación en el Camino Real de Adentro y a su producción agropecuaria. Los hacendados construyeron las casas monumentales que en la mayoría de los casos solo habitaban en diferentes épocas del año.

Entre éstas, ahora catalogadas como monumentos históricos, destaca Los Portales, conjunto arquitectónico armónico que abarca toda una cuadra; éste es conocido popularmente como Casa Consistorial o Los Arcos y a lo largo de casi tres siglos ha tenido numerosos propietarios.

Su fachada forma parte del rostro de la Plaza Principal y en fecha reciente se inició un proceso de restauración integral, cuyo primer paso consistió en consolidar su estructura mediante el cambio del maderamen del techo de sus portales para evitar filtraciones en la temporada de lluvia.

Además de la sustitución de la madera, los restauradores tomaron un molde de lo que sobrevivía de su cornisa original –unos pocos metros– con el propósito de rehabilitársela integralmente en el futuro próximo.

El conjunto se construyó en el siglo XVIII y en la actualidad sus 11 propietarios lo utilizan para albergar diferentes negocios: tiendas donde se venden mercancías distintas; una nevería, una licorería y dos restaurantes, aunque hay también espacios usados como casas habitación.

Debido a que por ahora la restauración ha dado prioridad a la techumbre de los portales y a la fachada, el resto del conjunto arquitectónico es variado y anárquico, pues sus distintos dueños lo han pintado, remodelado y aun destruido parcialmente, según sus gustos e intereses individuales.

Frente al hecho resalta la ausencia de las autoridades de los tres órdenes de gobierno para evitar abusos o rescatar “la cuadra de Los Portales”, como se le conoce aquí. Sin embargo, la incipiente restauración de la fachada permite alentar el surgimiento de un proyecto de rescate mayor.

Deterioros ocultos

Si se entra por el restaurante que está en la parte posterior, frente al Casino del Valle, es posible apreciar las características que se repiten en todos los locales de la cuadra: una disposición regular de puertas y ventanas; las mismas medidas originales de los cuartos y los mismos accesorios.

Llama la atención el remate del enrejado de las puertas, que es un gajo abierto con varillas que irradian desde el centro. Según la arquitecta Cecilia Calderón, quien ha estudiado a profundidad las partes ocultas y fue encargada del proceso de consolidación de la fachada, éste técnicamente es “un vano rematado en arco de medio círculo con jambas extendidas”.

Del restaurante hacia el patio, lo primero con que uno se encuentra es con esa repetición de detalles, aunque llama la atención la pérdida de recubrimiento de cal y mezcla en la parte inferior de los muros de adobe, que lucen desnudos, al igual que las columnas de piedras, las cornisas y los remates.

El patio, que originalmente fue común e indiviso, se encuentra con bardas y cercas de todo tipo de materiales, hasta de tela de gallinero. En otra de las propiedades que colindan con aquél, ha crecido la maleza en el suelo, en los muros y hasta en el techo.

Una señora, que separa su casa de un área vecina con tela de alambre, riega sus plantas en la parte de patio que le corresponde, mientras que las hierbas silvestres de esa maleza penden sobre su cabeza.

En la esquina poniente de la cuadra hay un elemento arquitectónico inacabado que sugiere que el diseñador quiso, por lo menos, insinuar la hechura de un arco adicional, que de haberse concluido se hubiera elevado hasta la mitad de la calle. El arco debió ser decorativo.

Del mismo lado del conjunto, pero aledaño a los arcos, está otro de estos arcos “inconclusos” o insinuados. Y lo más misterioso es que aquí está esculpida en la cantera una figura de manos: unas “manitas” que nadie sabe qué función cumplen y de las que cuelgan dos ínfulas que son como “golpes” de hombrera militar, que en siglos pasados eran accesorios de los ropones de las órdenes religiosas.

Cecilia Calderón tiene una hipótesis al respecto: “La representación de manos aisladas aparece frecuentemente en los grabados españoles de los siglos XVI y XVII. Han sido representadas figurativamente para la alquimia, la astrología, e incluso han sido usadas como referencias demonológicas, como la llamada mano de gloria; por otra parte, la mano relicario, que representa a las manos de las ánimas del purgatorio, se encuentra más cercana a la mnemotecnia, la técnica de la memoria”.

Un tesoro bajo tierra

La Acequia Madre de Valle de Allende, escondida para el turismo porque corre por debajo del nivel del suelo, y oculta también para la mayor parte de la población, es una obra hidráulica del siglo XVII que tiene derivaciones hacia a las huertas y casas mediante túneles, compuertas de piedra y bóvedas perdidas en la penumbra.

Además de surtir de agua a algunas de las huertas de esta cabecera municipal, la Acequia Madre conduce el líquido vital hacia los poblados de San Miguel y San Antonio.

En una situación que se antoja increíble, en el presente siglo subsiste la organización comunal que desde siempre ha operado y ha dado mantenimiento a esta red. Actualmente, como hace tres siglos, los usuarios designan un “aguador” para que manipule las compuertas (“portañuelas”, les llaman aquí) en el tramo de Allende y de esa manera asegure que, por las tardes, el agua fluya hacia los poblados aledaños. Igual que antaño.

El “aguador” pasa a las cinco de la tarde en un recorrido que inicia por el rumbo del río, en seguimiento del agua que los valleros hacen subir de la Presa del Rosario.

Es costumbre que cada comunidad nombre a su respectivo “aguador” por un periodo que fijan todos los usuarios. Esta práctica sigue vigente después de más de 300 años.

Se supone que el “aguador” tenía libre entrada a todas las propiedades que atraviesa la corriente subterránea, y son muy conocidos por los pobladores los pasillitos estrechos que se dejaron a un costado de la Acequia, precisamente para que se desplace el cuidador del agua.

Su función principal aún es bajar las portañuelas para cortar el suministro a las huertas adyacentes y así enriquecer el caudal de la Acequia que surte a los otros sectores.

Es por demás interesante y reveladora la visita a los patios y traspatios de las casonas. Por ejemplo, las casas de la calle Cuauhtémoc, tienen las huertas atrás, separadas de la propiedad habitada por altas bardas, y se llega a ellas por puertas y rejas que las comunican con los patios. Pero a su vez, las huertas están intercomunicadas por pasajes que discurren al lado de una pequeña acequia derivadora que se desprende de la Acequia Madre.

El paisaje aquí está colmado de misterios, porque uno se encuentra con bóvedas tapiadas por encima de la Acequia, o con escalones de cantera peligrosamente sueltos; si alguien cayera en el agua, se enfrentaría tal vez con una muerte espantosa, atorado o ahogado en un lugar donde las sombras añaden un ingrediente de terror.

Pero además de la ingeniosa obra hidráulica que después de varios siglos aún sigue contribuyendo al desarrollo económico de la región, las huertas ofrecen otra maravilla que no es oculta ni industriosa pero sí bella y natural: los gigantes y añosos nogales del Valle de Allende.